20 noviembre, 2019

Suerte en Venecia

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Strada Novissima, 1980

Desde que en 1980 Paolo Portoghesi organizó La presencia del pasado hasta la más reciente, el año pasado, cuyo título más que tema fue Freespace, dirigida por Shelley McNamara e Yvonne Farrell, la Muestra Internacional de Arquitectura de la Bienal de Venecia ha mantenido su prestigio pese a algunos altibajos y la cada vez mayor cantidad de bienales y trienales de arquitectura en diversas ciudades del mundo. Quizá el prestigio se deba en parte al haber abierto camino y al peso de la más que centenaria bienal de arte veneciana, a la que se suman junto a la de arquitectura, las de teatro, danza, música y la paralela muestra de cine. Pero ese prestigio también se debe a las propuestas presentadas tanto en la exhibición central como en los pabellones nacionales, para lo que resulta fundamental entender cómo se realizan los procesos curatoriales.

Monolith Controversies, Chile, 2014

En Chile, por ejemplo, las personas a cargo de la curaduría son elegidas mediante un concurso en el que proponen tanto las ideas centrales de su pabellón —asumiendo que en este tipo de muestras no se trata sólo de enseñar planos, fotografías o maquetas de edificios—, como el contenido y la manera de presentarlo. Así el caso de Monolith controversies, a cargo de Pedro Alonso y Hugo Palmarola y que recibió el Leon de plata en el 2014, o Stadium, en el 2018, a cargo de Alejandra Celedón. Pero el caso mexicano no ha sido muy afortunado. Las causas son varias. No menor, la premura con la que se prepara la exhibición, pues aunque evidentemente la Muestra ocurre cada dos años, hay países en los que lo expuesto se basa en trabajos de investigación que llevan a veces ya varios años en desarrollo —y para encontrar el más apropiado en la ocasión es que sirven los concursos curatoriales. Eso quizá explique que lo expuesto en el pabellón mexicano durante la Muestra de Arquitectura en Venecia haya corrido en general con menor suerte de público y nunca haya sido realmente memorable.

Para hacer un repaso breve por la historia más reciente de nuestro pabellón, en el 2014 se organizó un concurso para seleccionar a quien estaría a cargo de la curaduría. Fue un pequeño paso en avance pero no garantizó el buen resultado y, para el 2016, el Departamento de Arquitectura del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura reculó y, en vez de concurso, se designó directamente al curador y se convocó a presentar proyectos sin que aun se hubiera definido explícita y públicamente la visión de dicho curador. En esa ocasión la idea que guió Despliegues y ensambles, a cargo de Pablo Landa, era clara, no así el montaje. Dos años después, en el 2018, se repitió el método. Se designó a la curadora —Gabriela Etchegaray— y se convocó a presentar proyectos que, seleccionados por un Comité técnico, se agregaron confusamente a la propuesta curatorial, Echoes of a land, supuestamente basada en una lectura del territorio y su relación con la arquitectura. Lo que el pabellón ganó en diseño —de la mano de Jorge Ambrosi— lo perdió en claridad de ideas respecto a la vez anterior.

Quizá para ver si la tercera es la vencida y la suerte les ayuda a tener una buena idea y presentarla de la mejor manera al mismo tiempo, el Departamento de Arquitectura del INBAL decidió repetir el modelo de “selección.” Primero convocaron otra vez sin que hubiera, de menos clara y abiertamente, alguien a cargo de la curaduría ni, en consecuencia, un planteamiento curatorial. A cambio presentaron sólo un burdo copy-paste de lo propuesto como idea general por el director de la muestra en el 2020, Hashim Sarkis.

Ahora se anuncian los doce proyectos seleccionados de entre 153 inscritos provenientes de catorce estados del país. También se anuncia un vago “proyecto curatorial” que “consistirá en un espacio que permita plantear algunas ideas sobre cómo la arquitectura puede ayudarnos a existir, en medio de la diversidad cultural, lingüística y territorial, opiniones, críticas, prácticas, historias y perfiles distintos. el pabellón se nutrirá de los aprendizajes de quienes han construido sitios que aportan reflexiones sobre esta pregunta.” No sabemos qué proyectos fueron seleccionados, pero sí que hay oficinas con sede en la Ciudad de México, en Guadalajara, en Mérida, y no muchas otras ciudades del país, así que cabe preguntarse cómo se tratará “la diversidad cultural, lingüística y territorial” que se enuncia. Además se nombró un “comité curatorial” —compuesto por Natalia de la Rosa, Isadora Hastings y Elena Tudela— sin que se explique por qué y cómo se decidió hacerlo así y qué relación tiene con el planteamiento “curatorial” con el que se seleccionaron las propuestas y, finalmente, un miembro del comité técnico, Mauricio Rocha, fue designado —autodesignado, pues— como “coordinador del proyecto curatorial”.

Si ese es el método que el INBA y el comité técnico juzgan apropiado para desarrollar una curaduría, no queda más que desearles que, en lo que deciden hacer las cosas de mejor manera, esta vez sí tengan suerte en Venecia.

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