9 junio, 2016

El manual mexicano

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

La representación mexicana en las distintas ediciones de la Bienal de Venecia ha sido errática. Con propuestas muchas veces planteadas con poca anticipación y recursos limitados y el dominio de las estructuras burocráticas o del centralismo que parecen inevitables en estos temas. Tras haber seleccionado al equipo de curadores mediante un concurso hace dos años, esta vez Bellas Artes decidió volver al tradicional método de asignar directamente el encargo. El curador elegido fue Pablo Landa, antropólogo de formación pero con interés por la arquitectura, además de suficiente cercanía, y quien ya había tenido a su cargo exposiciones como la dedicada a la obra de Mario Pani hace algunos años. Landa estuvo acompañado por un comité técnico conformado por Javier Sánchez, Juan José Kochen, Ernesto Alva, Dolores Martínez, Xavier Guzmán Urbiola, y Francisco Serrano.

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Sin una idea curatorial definida con anticipación, Landa y sus asesores retomaron las líneas generales planteadas por Alejandro Aravena y convocaron a la presentación de proyectos y propuestas, además de recorrer distintas regiones del país buscando aquello que tal vez no llegaría por aquél medio. De casi trescientas propuestas eligieron treinta y tres. Algunos de los casos seleccionados podrían haber bastado por sí mismos para dar contenido al pabellón. El trabajo de Oscar Hagerman o el de Valeria Prieto, las experiencias de Torolab en Tijuana o del Narval en Monterrey, o la tradición de los tablados construidos de manera comunitaria en la península de Yucatán, por ejemplo. Cada uno de éstos y otros más podrían haberse desplegado de manera más amplia y sus historias habrían sido suficientes para interesar a los visitantes, muchos de los cuales tienen acceso a esa información por primera vez y, por lo mismo, quizá hubieran requerido mayor profundidad. La abundancia de propuestas resultaba arriesgada si tenemos en cuenta que, en ocasiones anteriores, pabellones de otros países que han resultado muy efectivos, tanto al comunicar como a ojos de la crítica, y por tanto memorables, presentan un tema y variaciones al mismo, como el pabellón chileno en la bienal anterior, ganador del León de Plata en 2014 —aunque no es imposible que un pabellón con visión enciclopédica resulte potente.

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A partir del material reunido, una idea central al rededor de la cual giran los distintos casos presentados, según lo explica el mismo Landa, es el modo como se construye y distribuye el conocimiento arquitectónico. La arquitectura no son sólo edificios. Esa es la premisa para desarrollar esa idea —con la que algunos estaremos probablemente de acuerdo. La arquitectura es ante todo el conjunto de conocimientos que se requieren para, entre otras cosas, construir edificios. Junto con los tratados, las obras teóricas, los reglamentos y normativas y los estudios que fijan estándares de distinta índole, los manuales son una manera de organizar el cuerpo de saberes que hacen falta para construir un edificio. Esos manuales pueden cumplir con varios cometidos, que no son necesariamente excluyentes. Pueden tener una vocación pedagógica, proporcionándole al inexperto, de manera fácilmente comprensible, los conocimientos básicos del arte de construir. Pueden servir, por otro lado, como registros de técnicas y modos de hacer que se han perfeccionado a partir de tradiciones populares, ayudando a mantenerlas vivas. En ese caso, algunas maneras de saber hacer específicas se han consolidado y comunicado escapando a codificaciones escritas —al menos en el sentido común del término: ya sabemos que para Derrida, por ejemplo, esos procesos en los que se constituye cierta tradición son, finalmente, formas de la escritura: son textos. La selección de Landa incluye, además de los manuales pedagógicos, los documentales y los tradicionales, por llamarles así a los antes descritos, otros cuyo objetivo no es primordialmente hacer algo sino construir los acuerdos necesarios para decidir qué y cómo hacerlo: manuales para la participación —un tema de moda dirán algunos, probablemente por la urgencia de entender esos modos de producción que no son nuevos sino, al contrario, ancestrales.

Sin embargo, pese a clara y propositiva lectura que el pabellón mexicano plantea de la arquitectura como un proceso de construcción y transmisión de conocimiento, acaso no resulta suficientemente contundente en tanto exhibición. Los manuales, pieza central en la concepción del pabellón, se presentan en una mesa que no lo es en el espacio y la manera como se muestran los distintos casos es, como ya se dijo, apenas un atisbo a las características que los vinculan a esa idea. Cuando uno de esos casos nos resulta conocido, la lectura se queda corta: el viaje del León de Tampiquito a visitar a su primo veneciano, con todo su encanto, no alcanza quizás para entender todo el trabajo del Narval y Hola vecino. Lo mismo se podría decir de otros casos que se nos presentan casi como revelaciones. La idea de continuar la investigación y poner a disposición del público el material investigado, es prometedora y sobre todo necesaria, pero en el contexto de la Bienal de Venecia, al pabellón mexicano le faltó concentración o, al menos, lograr concentrar la mirada de un visitante acaso ya saturado.

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