26 marzo, 2021

Los 41: el baile y la ciudad

por Christian Mendoza

Se puede afirmar que el llamado mito fundacional de la lucha por los derechos de la comunidad LGBT fue iniciado por un hecho urbano. En 1969, los clientes asiduos del bar Stonewall Inn, hartos del asedio policiaco, iniciaron los disturbios que después se transformarán en manifestaciones; es decir, en organización política. Sin embargo, lo que se ha asimilado como el inicio de una “revolución” para la ciudadanía LGBT, en realidad narra solamente la historia de una sola comunidad y de una única ciudad. Lo que propone la aparición de un disidente sexual en el espacio urbano se entiende a partir del territorio, físico y político, de Occidente. Por supuesto, existen otras historias sobre cómo la comunidad LGBT gestionó su vida en espacios urbanos, pero la de la Ciudad de México es por demás particular ya que no puso del todo en la superficie las realidades negadas de la otredad sexual, así como no legó nombres de activistas que pudieran ser recordados por la memoria colectiva. Lo nuestro se trató de un baile conformado por quienes se piensa que fueron aristócratas prominentes; baile que  causó un verdadero revuelo, pero uno que dejó en el anonimato a los involucrados. 

Hace 120 años, el 17 de noviembre de 1901, la policía arriba a la calle de la Paz en el Centro Histórico para detener un baile en el que fueron sorprendidos 41 hombres, la mitad de ellos vestidos de mujer. Antes de comentar brevemente la naturaleza sexual de este encuentro, quisiera proponer una hipótesis: la Ciudad de México inició el siglo XX con dos escándalos que le dieron mucha tela a la nota roja, a la crónica y a la literatura de la época. El primero sucedió en 1899 y concierne a Sofía Ahumada, quien se arrojó desde una de las torres de la Catedral Metropolitana. La diferencia en la manera como la prensa trató la nota de su muerte y el baile de los 41 es importante, ya que, en el caso de Sofía Ahumada, en casi toda la prensa de la época (desde la sensacionalista hasta la más seria) se habló no sólo sobre el suicidio sino sobre qué había motivado a una muchacha joven a quitarse su propia vida. Algunos periodistas criticaron la impudicia de la mujer, ya que sus paños menores (y sus entrañas) quedaron expuestos en la vía pública. Otros rastrearon a la familia y al supuesto novio que la orilló a cometer el pecado mortal. 

Por otro lado, lo sucedido en 1901 tuvo como respuesta uno de los mejores grabados de José Guadalupe Posada, quien dedicara una imagen acompañada de una copla que hacía escarnio a los que afrontaron la virilidad. Por supuesto que la prensa no dejó de reprobar enérgicamente la degeneración que se vivió en la calle de la Paz, pero no se conoce la lista de los asistentes al baile, así como no se sabe mucho sobre sus destinos. Se ha propuesto que la posición social de quienes fueron aprehendidos por la policía fue un factor que les ganó el anonimato. Sofía Ahumada vivía en una vecindad del centro, por lo que recibió algo que en términos contemporáneos se entendería como revictimización mediática, mientras que, en otro extremo, se ha llegado a decir que Ignacio de la Torre y Mier, entonces yerno de Porfirio Díaz, estaba entre los asistentes en el Baile de los 41. Entre ambos hechos, las jerarquías están así de contrastadas. También, la misma condición de hombres de los 41 es una posibilidad de que hayan conseguido el anonimato: suele pasar que la reputación masculina es más importante que la femenina. Pero, si bien estos aspectos son significativos, también lo es que la época pudo nombrar con mayor facilidad un suicidio femenino que la homosexualidad masculina, porque así de grave era la falta que se había cometido. En el caso de los 41, el anonimato y la ridiculización fue una manera de materializar al deseo homosexual en la Cuidad de México. 

El crítico literario Robert McKee Irwin, en un texto dedicado a este baile, comenta que, para 1901, “el paisaje sexual cambiaba”: 

La modernización rápida de la ciudad provocaba cambios en papeles de género, las obras más sexualmente escandalosas de la literatura francesa y las nuevas teorías de sexología europea circulaban entre los letrados, […]. En cuanto al tema de lo que se llamaría la homosexualidad masculina, el proceso de Óscar Wilde [se comentó] con reacción de espanto y disgusto en los periódicos de 1895.

El autor señala que, a pesar de que la sexualidad se volvía parte de la discusión pública, el baile de los 41 fue narrado en la prensa popular a través del humor al tiempo que no se decía mucho si estos hombres habían sido debidamente procesados por la ley o si tenían el derecho a defenderse. En la misma medida en que un acto de travestismo apareció en el discurso público, las historias de quienes fueron sorprendidos en la calle de la Paz fueron desvanecidas. McKee Irwin no deja de mencionar la jerarquía social de los asistentes al baile, pero establece que “la prensa no publica entrevistas con los 41 sino que inventa su autoexpresión a través de la farsa. Todos  –la prensa, los policías, el gobernador, los comandantes militares, ‘las comadritas’– tienen mucho que decir sobre estos hombres, pero a nadie le interesa saber su punto de vista.” Si partimos de la idea de que la ciudad tiene una relación cercana con las vidas que se viven en sus calles, podemos esbozar que la capital que vivieron los 41 estuvo cifrada más por la necesidad del anonimato que por la de ocultar el deseo con el fin de incrementarlo.

Una representación reciente de este suceso toma en cuenta esta relación entre la ciudad y las posibles vidas de quienes acudieron al encuentro: la película El baile de los 41 (2020).  Dirigida por David Pablos, los personajes recorren una ciudad que por lo general vemos vacía. La explanada del Palacio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, hoy Museo Nacional de Arte, así como las calles de Madero y de Tacuba son algunas de las locaciones por las que estos homosexuales, burgueses acaudalados, transitan sin que sean espiados por una ciudad que, para ese momento, era populosa y en la que coexistían la clase alta con los habitantes de las vecindades. Pareciera que Pablos imagina una ciudad en la que los secretos sexuales pueden fraguarse porque la alta sociedad la puede dominar, al borde de que no vemos a nadie más que a los protagonistas encontrarse en casonas y en hoteles sin que ninguna otra presencia urbana interrumpa la construcción de sus afectos. Sólo estos aristócratas en específico pueden expresar su deseo sexual en la ciudad. Pablos propone que el baile de los 41, más que una reunión concebida en una clandestinidad forzada, es una sociedad secreta que lamentablemente fue disuelta por una redada policial, más por una serie de descuidos que porque la homosexualidad fuera de por sí penada por la ley.

Irónicamente, una novela publicada en 1906, titulada Los cuarenta y uno: novela crítico-social y firmada con el seudónimo de Eduardo A. Castrejón puede darnos una idea mucho más precisa de cómo los 41 fueron partícipes de una ciudad que comenzaba a ser moderna en su infraestructura y en su vida cotidiana. Escrita con un tono pedagógico y aleccionador, la historia de Castrejón no sólo denuncia el vicio de la homosexualidad sino como éste es detonado por “la pobreza que se vive en la ciudad: sin un correcto dominio de las pasiones –acrecentado por el hacinamiento– las personas dan rienda suelta a sus instintos”, a decir de José Antonio Martínez Díez Barroso en su artículo “Hombría y ciudad”. Para el autor de la novela crítico-social, que un grupo de homosexuales pudiera disfrutar de su sexualidad es porque la misma urbe, al concederles el anonimato, permitía que esos hombres pudieran construir su identidad, definir entre iguales sus prácticas afectivas, reconocerse en la clandestinidad sin temer a las represalias. Díez Barroso comenta: “En la ciudad, el anonimato propició la libertad individual que, a su vez, liberó algunos tabúes sexuales. En el campo y la provincia sólo se murmuraba, porque todos se conocían entre sí. La mancha urbana y la era del crecimiento industrial (con todo y su inestabilidad económica y ambiental) colocaron a la ciudad como un bastión de lo novedoso y lo innovador.” No es que a los 41 les perteneciera la capital por su posición social sino que, a pesar de ésta, tuvieron que concebir sus encuentros en el anonimato. Ni siquiera hombres poderosos del siglo XIX pudieron declarar su verdadera inclinación sexual, como señala Carlos Monsiváis en “Los 41 y la gran redada”: “En las operaciones de la mentira, lo que afianza el control del patriarcado es el temor a ser descubierto.” 

Para Díez Barroso, “al nombrar las cosas cobran sentido, realidad”. Las formas de visibilizar a los 41 tuvieron repercusiones en la ideología y en el espacio urbano. Por una parte, se sabe que Eduardo A. Castrejón fue un militar y político con una carrera medianamente exitosa. Un teniente y diputado narró la historia de los 41 y, según relata McKee Irwin, sucedió que en los colegios militares se saltara el número 41 en el conteo de los cadetes. Esta cifra representó a la homosexualidad misma y, como tal, fue negada en instituciones masculinas como la militar. Asimismo, el grabador José Guadalupe Posada presentó su caricatura de los 41 de una manera contundente: “¡Aquí están los maricones! / Muy chulos y coquetones”. Desde 1901, la palabra maricón es sinónimo de homosexual y tiene equivalentes en otras descripciones como puto o joto, las cuales se materializan en una diversidad de espacios y situaciones que van del insulto en la calle, pasando por el coro en los estadios de fútbol hasta llegar a las recientes pintas en la Universidad Autónoma de Nuevo León. No se conocen los nombres de los 41, pero sí se conoce una caricatura de ellos que nos deja muy en claro qué es lo que eran. A su vez, en su novela, Castrejón dejó en claro qué hombres eran los que sí hacían un verdadero aporte a la vida social y urbana: los obreros, una idea que fue replicada por el muralismo mexicano, cuya imagen de la masculinidad puede ser consultada en casi todos los espacios institucionales de la capital. 

Sin embargo, el Baile de los 41 es paradójico. Aquella madrugada de 1901, anónima y caricaturizada, es el primer antecedente de una ciudad que no sólo se modernizaba en su infraestructura. Es el primer antecedente de que en la ciudad no sólo estaban coexistiendo el matrimonio heterosexual, la iglesia y el gobierno. Ese anonimato, contradictorio como es, es lo que inicia otras historias sobre ciudad y vividas en la ciudad, unas que, afortunadamente, ya pueden ser nombradas con mayor precisión.

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