26 abril, 2019

El mal de la ciudad

por Christian Mendoza

En mayo de 1899, Sofía Ahumada subió las escaleras de una de las torres de la Catedral Metropolitana, con una carta en el regazo que declaraba que no se culpara a nadie de su muerte, ni siquiera a su presunta pareja, ya que era tan “poco hombre” como para endilgarle su suicidio. Era su decisión, y de nadie más. Su cuerpo cayó en el atrio. Según se lee en el expediente hemerográfico recogido por Miguel Ángel Castro en 2008, el cual acompaña la edición de la novela corta El de los claveles dobles de Ángel de Campo inspirada en la muerte de Sofía, periódicos como El País, El Mundo Ilustrado, El Chisme y El Diario del Hogar publicaron la noticia desde diversos registros. Abundaron las descripciones del cuerpo desecho de la mujer –la nota roja–, así como juicios morales y de género –la prensa decimonónica operando como aleccionadora de las costumbres. ¿Cómo una mujer se atrevía a dar ese espectáculo tan indecente de su propio cuerpo, volando por los aires de la capital? ¿Es por eso que se puso ropa interior, para cubrirse de la curiosidad y la lujuria que inevitablemente provocaría su cadáver?

La cobertura mediática que Sofía recibió, así como la interpretación ficcional de Ángel de Campo, han sido profusamente reseñadas. Lo que busco ahora es esbozar algunas ideas sobre la ciudad. Hacia finales del siglo XIX, Porfirio Díaz ya había inventado a la capital de México. El alumbrado público, las avenidas y los escaparates de la calle Plateros fueron algunos de los objetos que indicaron que comenzaba una ciudad, y esta escenificación también reordenó algunos aspectos de la vida cotidiana. Por ejemplo, la calle y el bar se volvieron sitios con importancia cultural. El escritor Rubén M. Campos dedica todo un libro de memorias a los traslados en tranvía, realizados por sus colegas escritores, para llegar a las casas o a los bares donde tendrían lugar banquetes y tertulias. El recuerdo de Ciro B. Ceballos de cuando conoció al pintor Julio Ruelas describe cómo el alumbrado se prendía mientras la calle iba llenándose de “mundana muchedumbre”. 

Se había construido la modernidad urbana, y pareciera que, como consecuencia también se dio el surgimiento de la salud pública, aunque una que estuvo permeada por el espíritu del positivismo. El nulo sistema de desagües o el hacinamiento en la vivienda popular no se explicaban solamente como males estructurales, sino también como signos sociales que por lo general iban emparentados con la pobreza. Y la perspectiva del positivismo era que, a los gérmenes, simplemente se les tenía que erradicar. Las vecindades y los estratos sociales que las habitaban eran, en sí mismos, impedimentos para el progreso urbano. Algo similar ocurría con la enfermedad mental o con prácticas sexuales que se volvían visibles en el espacio de la calle. Más que correlatos de la modernidad, se interpretaban como una corrupción moral que, incluso, anunciaban el advenimiento de algo mucho más grave. El suicidio de Sofía Ahumada, según una hoja volante atribuida a José Guadalupe Posada, era una señal evidente de que se acercaba el fin de los tiempos. Metáforas aparte, lo que sí se estaba acercando era el fin de siglo. 

Pero, ¿por qué el cadáver de una muchacha  a los pies de la Catedral puede considerarse una de las imágenes que, además de otras tantas, definen las ansiedades colectivas del fin de siglo? En esto, la prensa sigue jugando un papel importante. Las noticias, a veces sensacionalistas, sobre los índices de criminalidad urbana, al igual que los de suicidios o de los solicitantes de servicios sexuales, suelen ser recibidas por una lamentación por la corrupción de las buenas costumbres, si es que no están acompañadas de los propios juicios del autor. Basta leer cualquier nota de Héctor de Mauleón para encontrar evidencias textuales como “esta es la ciudad que nos dejaron”, “nunca habían robado tanto y con tal violencia”, “los hallazgos son descorazonadores” (“El crimen no había golpeado tanto a la CDMX como en 2018”, El Universal, 2019).  

En lo que respecta puntualmente al suicidio, la Ciudad de México sigue anulando la realidad de quienes, como señala Georgina Cebey, deciden volver pública su muerte: “Si la infraestructura hace posible la parte material de la civilización de las urbes, también hace posible nuevas formas de morir. Una ciudad diferente se revela a los ojos del suicida. Quien decide renunciar a la vida en la calle, también hace pública su expresión de desesperación y dolor y, aunque una cicatriz de tragedia marca el espacio, la ciudad permanece estoica: bastan un par de horas para que los peritos levanten un cuerpo sin vida de algún espacio público.” Si bien, Sofía Ahumada no permaneció anónima, tampoco puede decirse que la conozcamos. Algunos reporteros escribieron que era apenas una adolescente, otros que ya alcanzaba la veintena. Dijeron que se arrojó al vacío por amores, entrevistaron al presunto novio y comentaron la precocidad sexual de la muchacha.

Lo que en el XIX se entendió como el “mal del siglo”, sigue ocurriendo en el entorno urbano. Y si la ciudad porfirista fue una escenografía –un espejismo tan complejo que sigue definiendo no sólo al trazo, sino también a la idiosincrasia mexicana–, la ciudad de hoy no es mucho más tangible. La opinión pública mexicana sigue construyendo a la ciudad cuando sucede un hecho violento, al extremo de que una bruja aparece, en pleno siglo XXI, para exorcizar a los demonios de Paseo de la Reforma, algunas noches después de un accidente automovilístico que tuvo lugar en la avenida.

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