21 marzo, 2016

Lo que la arquitectura debe (y no debe) hacer (I)

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

Al contrario que la medicina o el periodismo, la arquitectura y la política son profesiones que carecen del denominado Código deontológico, un documento que recoge un conjunto de criterios, normas y valores que deben asumir correctamente quienes ejercen una actividad profesional. De ser así, quizás el debate en torno a dos temas –distintos pero de misma esencia– no habría encontrado su eco fuera de la propia arquitectura y, claro, la política.

Caso uno. ¿Diseñarías un muro para separar dos países?

Con el ascenso mediático de Donald Trump y su obsesiva idea de construir un muro que aísle a Estados Unidos de todo país al sur del Rio Bravo, el debate se ha ido haciendo cada vez más presente hasta que, como era de esperar, ha acabado por servir de negocio a alguien. Third Mind Foundation lanzó Building the Border Wall, un concurso a arquitectos para diseñar soluciones posibles al muro, alentando que su propuesta “es completamente neutral”, puesto que el muro “ya existe” y que la competencia busca tan sólo “soluciones alternativas” al problema. Al tiempo, su twitter (@Bldg_BorderWall) expone las controversias de las políticas migratorias de Trump y aquellas webs que han publicado tan polémico concurso.

Quiero imaginar que alguien de esa organización se preguntó, sin “mala” intención alguna, algo como ¿quién si no lo arquitectos –esos diseñadores de límites por excelencia– debiera estar a cargo de llevar a cabo tal proeza en el caso de que gane Trump?

El asunto ha desbordado las redes con cientos de comentarios de menos de 140 caracteres. Hay de todo: desde defensores de que pueden salir propuestas críticas a las visiones del propio concurso a quienes lo tildan de racista. Gran parte de esta difusión se debe a que Archdaily –el blog de mayor visitas en el campo de la arquitectura– decidió publicar integro el enunciado del concurso sin establecer ninguna postura –ni a favor ni en contra– sobre el mismo. Cierto es que el blog chileno está en su derecho de publicarlo así, cierto es que la publicación ha servido para sacar el tema a debate –uno, de hecho, muy necesario– entre qué debe o no debe hacer un profesional dedicado a la arquitectura, pero también es cierto que uno podría esperar algo más de actitud por parte de quien difunde la arquitectura, especialmente en esos niveles y que ha desbocado en una petición de boicot al portal desde la oficina FIG Projects de Montreal.

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La arquitectura, como el mundo, ha cambiado. ¿Dónde quedan ahora las iniciativas bienintencionadas o sociales que tanto se defienden durante la formación arquitectónica? Sirva de consideración un detalle aportado por el arquitecto argelino Nacym Baghli en su blog, al recordar que, mientras que AD saca ahora este enunciado, una revista como Domus se atrevía a imaginar, sólo 5 años antes, un concurso que retaba a los arquitectos a trazar un puente entre Europa y África.
Así mismo, y sin ánimo de ofrecer un momento auto-publicitario, desde Arquine se convocó hace tres años un concurso llamado Umbral de las Américas que buscaba vincular, a través de la arquitectura, las localidades de San Diego y Tijuana, en el mismo momento que ambas ciudades optaban por orientar su economía de forma conjunta a fin de funcionar —al menos económicamente— como una sola ciudad, con la construcción de un único aeropuerto internacional para ambas que las hiciera competitivas dentro del exigente mercado global actual.

Proyectos como éste del aeropuerto demuestran, además, lo lejos que están las políticas de Trump de la realidad. Y es que, como advierte Wendy Brown en su libro Estados amurallados, soberanía en declive, la construcción cada vez más sofisticada de los muros transfronterizos –que complejizan más allá de la valla con imbricados sistemas de vigilancia– no buscan impedir la entrada de personas o mercancías, en espacial en una época de hiperconectividad global, sino “consagrar la misma corrupción fronteriza que quisiera impedir, representando, de forma teatral, una soberanía que ha entrado en una crisis irreversible.” Las ideas de Trump, de su muro, obedecen más a una escenografía de un mundo puramente estadounidense, libre de toda intromisión externa, que no hace sino reflejar un marcado discurso racista. Su “Make America Great Again” –esa América que acaba encima de la frontera de México, por cierto– refleja una aspiración de autoaislamiento y una muestra de exponencial agresividad hacia lo exterior que debiera –es mi deseo– tener escasas consecuencias reales. La idea que expone el magnate inmobiliario llega, incluso, a situaciones delirantes. Si primero dijo que el muro lo pagaría México –algo. de por sí, extraño– y luego, al escuchar la protesta de Vicente Fox, afirmó que, como consecuencia, no sólo lo haría, sino que sería más alto. Trump demuestra así que usa el muro sólo como estrategia en su campaña, la imagen de un país fuerte frente a sus ‘amenazas’, y no como una fórmula migratoria convincente. Parece que poco le importa añadir centímetros sin con ello puede arañar un voto.

Así, celebrar las posibilidades estéticas de un muro imaginado en el contexto de este concurso –que las tiene, de hecho– no debe hacernos olvidar el drama real que refleja o no advertir el leguaje xenófobo que se esconde detrás de la propuesta.

Más aún, cualquier asunto relacionado con los movimientos migratorios en condiciones de exclusion social no es para tomarlo de forma parcial o desenfadada. A la ocultación sistemática que sufren muchas de las migraciones transfronterizas –recordemos, por ejemplo, que sólo en el Mar Mediterráneo fallecieron más de 30,000 personas ahogadas en 2015– hay que sumar las noticias mal contadas, que criminalizan a las víctimas y que no hacen sino sembrar el odio, alimentando el ascenso de movimientos políticos populistas y racistas.

En tales circunstancias, y más en un año que aspiraba a identificarse con una arquitectura desde el frente, capaz de atajar los problemas más inmediatos, propuestas como ésta deben ser consideradas desde sus problemas éticos y no estéticos, entendiendo en qué posicionamiento político implícito tras ella.

La inexistencia del mencionado código deontológico lleva, sin duda, a la imposibilidad de una respuesta comin como gremio profesional. Por cada arquitecto que diga que, habrá otro que responda con júbilo a la posibilidad de materializarlo.

Si no, ¿cómo se explica que, como apunta el portal de noticias Bustler haya, al menos, 34 participantes dispuestos a construir y diseñar el gran proyecto arquitectónico Donald Trump?


Nota al pie: Revisando la web del concurso existen muchas dudas sobre sí es solo una propuesta crítica que busque, como finalidad última, producir cierto debate sobre los límites mismos de la disciplina. Revisando el jurado, por ejemplo, uno puede encontrar nombres como Barragán, Fuller o Diego Rivera ¿Es sólo un borrador o una pista para saber que, en realidad, el concurso no es un concurso tan oficial como parece? En cualquier caso, el debate que abre es importante.

Próximamente: Caso 2. ¿Son 16m2 una casa? Las viviendas “sociales” de Nayarit.

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