Columnas
Empezar de cero. Los metabolistas japoneses
Una planeación urbana sistemática, que responde de manera flexible a las circunstancias debería dominar, o al menos ser parte clave [...]
26 agosto, 2015
por Mónica Arzoz | Twitter: marzozcanalizo
Modificando drásticamente el paisaje de las ciudades, los rascacielos se han ido insertando como iconos de modernidad en las retículas urbanas. Tomando manzanas enteras dentro de la traza urbana y creando mundos aislados verticales, esta arquitectura –tal y como menciona Rem Koolhaas en su famoso libro Delirious New York– es una construcción estructurada en bandejas (plantas), totalmente independientes entre sí, discontinuas y con usos distintos. La geometría de los rascacielos y la colocación de estas singulares piezas o fragmentos en el contexto urbano –que coexisten sin necesidad de relacionarse– abrió la posibilidad de superponer diferentes usos y actividades en una misma parcela.
Los rascacielos poseen dos arquitecturas diferentes, una hacia el exterior, a través de las fachadas, y otra destinada a ser habitada, en los interiores del edificio. La fachada envuelve y neutraliza los distintos usos interiores; algo que Koolhaas compara con una lobotomía, ya que busca erradicar la “locura” que la superposición de las bandejas supone. Lograda esta neutralización, se resuelven problemas entre forma y función y se crea una ciudad de monolitos que contienen la inestabilidad de la congestión. Cada rascacielos se vuelve una isla, y la sumatoria o congestión de éstas, una ciudad. Por ello, los rascacielos llegaron para transformar la manera en que se habita y vive pero, sobre todo, la manera en que se concibe el hacer ciudad. Como bien dice el autor: “Tendremos que aceptar el rascacielos como algo inevitable y pasar a estudiar como puede hacerse saludable y bello”. Los rascacielos son iconos del mundo contemporáneo, iconos de arrogancia y poder, y llegaron para quedarse.
Los rascacielos han regresado para hacer más rentable el escaso suelo céntrico de las grandes ciudades. La construcción vertical ha venido a solucionar las necesidades de suelo en todo el mundo. El futuro de las ciudades hoy en día se bifurca cuando se considera a los rascacielos como vía de crecimiento, llevando a algunas a reconstruir con ellos su identidad y tejido urbano y a otras a replicar el modelo del crecimiento horizontal.
En ciudad de México, la fiebre por los grandes edificios iniciada en la década de los veinte no tardó en llegar. Los primeros rascacielos de la ciudad fueron considerados así por el simple hecho de sobrepasar la altura del pináculo de la Catedral Metropolitana de tan solo 61 metros de alto. En ciudad de México, actualmente se vive un delirio por los rascacielos. Cada vez se construyen obras más cercanas al cielo, derivado de la necesidad de más suelo habitable en las zonas centrales de la ciudad. Reforma, Insurgentes, Periférico y Santa Fe son la muestra de ello.
Próximos proyectos de Megatorres en ciudad de México | vía El Financiero
El trono por la torre más alta globalmente es una competencia sin fin, en la cual la fama y el poder solo dura hasta que la siguiente torre emerge. Dentro de ciudad de México también existe competencia. Hoy, la Torre Reforma, diseñada por el arquitecto Benjamin Romano, con una altura de 246 metros, 57 niveles y más de 80 mil metros cuadrados de construcción, ocupa el puesto de honor. Éste es un proyecto innovador en todos los sentidos, desde su diseño, estructura y método de construcción. Criticado o admirado por expertos, no sólo representa un gran reto y logro arquitectónico, sino que es un símbolo de poder a nivel ciudad.
Su imponente altura, y simbolismo intrínseco, nos hace pensar en Charles Jenks y su “edificio icónico”. Para el, un edificio que posee esta cualidad es aquel que, más allá de ser creado exclusivamente con fines de lucro, presenta un diseño pensado para generar el factor “Wow”. Un edificio icónico debe resaltar del resto, ya sea por su altura o forma, pero sobre todo, por su significado. De igual manera, un icono debe de tener la capacidad de transformar su entorno no sólo físicamente. Un icono debe tener un significado suficientemente fuerte para desvirtuar su significado real como objeto, y así permanecer en el tiempo y generar un cambio en el comportamiento de los habitantes de la ciudad.
Hasta el momento, la Torre Reforma –incluso en fase de construcción– es el ejemplo del edificio icónico de Charles Jencks, pues no sólo ha buscado fuerza por medio de su forma sino, también, por medio de su sistema constructivo y su manera de concebir los espacios interiores y exteriores. Aún nos queda por esperar y observar si es que realmente tiene la capacidad y fuerza de generar identidad y lograr un cambio en las dinámicas y procesos de su entorno y de la ciudad, o si es, simplemente, la materialización del delirio por la admiración y el poder.
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