5 agosto, 2015

Babel

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Casi todos los hombres se habían puesto a fraguar esa iniquidad. Unos daban órdenes, otros hacían proyectos, otros más levantaban muros y otros los alineaban; unos los pulían con llanas, otros se proponían tallar la piedra y otros más transportarla por mar y por tierra; se dedicaban cada uno a distintas labores cuando fueron castigados por el cielo con tan grande confusión que todos los que empleaban la misma lengua mientras trabajaban, tuvieron que separarse por la diversidad de la misma y nunca más pudieron volver a la anterior comunicación.

En su Tratado de la lengua vulgar, Dante explica así el momento en que Dios, para impedir la erección de la torre de Babel, confundió la lengua, que hasta entonces era sólo una y, de cierta manera, fundó los lenguajes. Es interesante que para Dante, tras la confusión, no surge el griego, el latín, el hebreo y todo el resto de lenguas sino que, en principio, “cada lengua quedó para los que se dedicaban a una misma tarea: por ejemplo, una para los arquitectos, una para los que transportaban piedras, una para todos los que se dedicaban a tallarlas y así pasó con cada grupo de trabajadores.” Así, cuando hoy un arquitecto se queja de no entenderse con su ingeniero o su maestro de obras, puede culpar directamente a la soberbia de los constructores de Babel por el enredo. Desde entonces, sigue Dante, “el género humano se dividió en tantos idiomas cuantas variedades de trabajo había y, cuanto más era excelente el trabajo que realizaban, más rudo y bárbaro fue su lenguaje.”

Para Peter Sloterdijk, el mito de Babel habla también de otra cosa: “relata la escena originaria de la pérdida del consenso entre los hombre, el principio de la perversa pluralidad.” Por supuesto eso de la perversa pluralidad lo dice con ironía. Lo que Babel muestra es que la unidad —esa unidad que se manifiesta en la unidad de la torre que se alza queriendo alcanzar los cielos–, el consenso, es un mito y que la necesidad de construir y reconstruir siempre desde cero y sin jamás concluir, es el resultado de la pluralidad, no sólo de lenguas sino de seres. Para decirlo en los términos de Hannah Arendt, es el resultado de la singularidad y, al mismo tiempo, la condición de la política. La política es necesaria precisamente porque no podemos terminar eso que construimos debido no a la falta sino a la imposibilidad del consenso. Jacques Derrida escribió:

La torre de Babel no sólo figura la irreductible multiplicidad de las lenguas; exhibe la incompletud, la imposibilidad de terminar, de totalizar, desatorar, de completar algo en el orden de la edificación, de la construcción arquitectural, los sistemas y la arquitectónica.

Antes de morir, Paul Zumthor dejó sin acabar un libro titulado, apropiadamente para el tema y la circunstancia, Babel o lo inacabable. Paul Zumthor nació en Ginebra, Suiza, el 5 de agosto de 1915 —aunque las versiones francesa y alemana de Wikipedia dicen que el 5 de marzo (la versión española, además dice que era hermano del arquitecto Peter Zumthor, 28 años menor). Estudió en París y enseñó en las universidades de Ámsterdam y Montreal, ciudad en la que vivió hasta su muerte, el 11 de enero de 1995. Historiador de la literatura y lingüista, El último libro que publicó en vida se tituló La medida del mundo: representación del espacio en la Edad Media. “El espacio es creador de mitos,” dice en la introducción. Su libro póstumo, trata de entender uno de esos mitos donde la ciudad y el lenguaje, dice, se cruzan.

Zumpthor empieza analizando las pocas líneas que en el libro del Génesis nos hablan de Babel, pues “Babel existe sólo como un relato, no de otro modo, pero como un relato abierto e incompleto.” Babel, dice Zumthor, es un texto, antes que una torre o, como la llama Sloterdijk, una catástrofe. “La tierra era toda: un solo labio, únicas palabras.” Zumpthor explica que sâphâh, en hebreo, significa labio, pero también borde o límite, mientras la mayoría de los traductores escriben lengua o lenguaje. A Zumpthor eso le interesa porque, para él, la unidad anterior a la torre es espacial y lingüística al mismo tiempo: un solo labio/borde/lengua/frontera. Pero la conclusión de Zumpthor es acaso tan interesante como el inicio. Lo inacabado e inacabable es lo que abre la posibilidad para toda acción humana. Si hay lenguajes, así, en plural, y ciudades, y arquitecturas y literaturas, es porque, desde un principio —o al menos desde Babel— todo está condenado a no terminarse —y no hay por qué leer ahí un fracaso. “El inacabamiento —escribe en el último párrafo del libro— no es ruptura. No es tampoco provocación. Es simple rechazo de esa clausura por la cual todo se acaba, se lleva a cabo o a la cabeza, según la etimología de la palabra: se somete a la autoridad de lo razonable, al nombre de una filosofía triunfante.” Nada se acaba porque, aunque nadie se entienda, el lenguaje del arquitecto no dice ni más ni menos que el de quien talla la piedra.

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