15 septiembre, 2013

Cuestión de educación

por Miquel Adrià | @miqadria

 

Rumbo y ritmo. Éstas son las coordenadas del educador de arquitectura. O al menos eso afirmaba desde su cátedra en el ETH de Zurich José Luís Mateo. La enseñanza de la arquitectura ya no pasa por la transmisión de conocimiento ni por la transferencia del maestro al aprendiz de los gajes del oficio, de una profesión cambiante y difusa donde el profesional liberal del pasado siglo encuentra escasas oportunidades, y donde el arquitecto estratega tiene que redefinir nuevas combinaciones de tácticas y herramientas. Desde distintos foros académicos la discusión sigue abierta, sin líneas claras ni rutas de consenso. Con pocos días de diferencia lo discutimos en Madrid, Berlín y Querétaro. Con Federico Soriano de la Escuela de arquitectura de Madrid y con Víctor Pérez Escolano de la de Sevilla, después de participar en el tribunal de la tesis Doctoral de Fernanda Canales sobre “La modernidad arquitectónica de México: una mirada a través de los medios impresos”. En Querétaro lo abordaron en el Arquine SummitJosé Luis Uribe de la Escuela chilena de Talca, David Barragán de Al Borde, Ecuador, y los mexicanos de TOA y Somosmexas. También en el3rd International Architectural Education Summit de la Aedes berlinesa se expusieron caminos, donde Beatriz Colomina de Princeton,Winka Dubbeldam de Penn University, Mark Wigley de Columbia, Mathías Klotz de la Universidad chilena Diego Portales, Hubert Klumpner del ETH de Zurich y otros veinte ponentes, esbozaron sus propias sendas. Grandes mentes, buenas intenciones y notables recursos para certificar un panorama incierto.

En este universo, sin una línea dominante, sin un main-stream definido, de repente las posiciones marginales surgen como tablas de flotación, y experiencias rurales, fuera de circuito, brillan con luz propia. Es el caso de la Escuela de Talca, en Chile, de la que acabamos de publicar la monografía TALCA/Cuestión de educación (el libro más bonito del mundo según Andrea Griborio, su editora).

Talca tiene algo de mítico. A priori es el lugar de una utopía, precedida por imágenes de objetos arcaicos, de miradas ocasionales, de experimentos formales que dialogan con el paisaje. Si Chile es un territorio lejano para el mundo, los objetos remotos de la escuela talqueña pareciera que están más apartados todavía que aquellas cajas de Mathias Klotz, que pusieron a Chile en el mapa de la arquitectura contemporánea. Sin embargo, Talca resultó ser un lugar, una pequeña y anodina ciudad de provincia que bien pudiera estar en cualquier otra parte. Una ciudad olvidable. Genérica quizá. Intercambiable.

Pero emerge por un proyecto académico que ha liderado Juan Román, un animal sin manada que se construyó creando la escuela, dando línea, apuntando el rumbo. Como Albin Boyarsky en la Architectural Association o Samuel Mockbee en el Rural Studio de Alabama, cruzó el desierto para llegar al páramo y darse cuenta que sus herramientas docentes, sus armas ideológicas, no eran suficiente para construir una escuela con identidad propia. Román entendió que en la diferencia iba a encontrar su identidad, sin dejar de asegurar profesionales capaces de oficiar, innovar y operar: oficiar está limitado a aquello que la ley dice que le compete a un arquitecto, es decir, que sabe hacer espacios habitables que no se inunden y que no se caigan, para lo cual debe saber dibujar y proyectar. Operar consiste en saber lidiar en un medio adverso y competitivo. Innovar tiene que ver con aportar valor, en convertir el conocimiento en riqueza. Dicho en términos menos alquímicos, se trata de utilizar el conocimiento para agregar valor.

Sin embargo, Juan Román se topó con un alumnado con una capacidad de abstracción muy baja. Trató de orientar la mirada hacia los valores de la arquitectura, a la definición del espacio. Pero resulta que el espacio, como concepto, quedaba muy lejos y decidió abordar la arquitectura desde la experiencia de lo material. Reclutó profesorado muy joven, recién salido de la universidad, que todavía se podía formar y orientó sus programas de postgrado –de Barcelona al Berlage-, en lo que se contrataban otros profesores. Así formaron a unos alumnos que terminaban confrontándose con la realidad, con los requisitos y programas de la comunidad para gestionarlos debidamente, dando muestras de su capacidad profesional y oficio, y eventualmente, siendo capaces de innovar. “Los futuros arquitectos –asevera Román- deben trabajar con los recursos al alcance, más allá de los económicos, como son “la inteligencia, el entusiasmo y la solidaridad de la gente”.

El rumbo está trazado y su liderazgo hizo mella. La poética del espacio de Gastón Bachelard dio paso a la poética de El mapa y el territorio de Michel Houellebecq, y en la formación de la materia. “Es la poética de lo que conecta materia y territorio” recordaba Román. Sin duda el proyecto de la Escuela de Arquitectura de Talca ya tiene su lugar en el firmamento académico global, por más que desde los límites del mundo se reivindicara cierta otredad. Y su futuro pasa por consolidar este modelo de éxito basado en la experiencia, en la materia como protagonista, en el aprendizaje, el oficio y el pragmatismo.

Habrá que ver en el Jams que viene (Espacios de aprendizaje, en el que participarán importantes líderes académicos) como se establecen vínculos que transfieran experiencias entre escuelas e instituciones, y como orientan el rumbo y el ritmo de la arquitectura.

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