17 enero, 2013

Arquitectura habitada

por Arquine | @arquine

Los museos miran hoy con nuevos ojos a lo doméstico y lo ordinario. Sólo hace falta observar como el MoMA de Nueva York adquirió recientemente la pieza «IKEA Disobedients» de Andrés Jaque o cómo Gabriel Orozco rastreaba sus excesos y desechos (Objetos imposibles). Mirar a la experiencia sobre el espacio que habitamos supone entender en realidad cómo todas aquellas facetas del quehacer diario pueden ser repensadas, reflexionadas y entendidas en su dimensión global. Más allá de lo aparentemente visible, en esos temas se mueve la exposición Arquitectura habitada que se exhibe hasta el 19 de mayo en el Guggenheim de Bilbao. La selección de piezas está fundamentada en las ideas de William Morris para quien la noción de arquitectura no solamente tiene relación con los edificios sino que se extiende a todo lo que está hecho por el hombre. En lo que repercute: ciudades, edificios, calles y mobiliario. Los cinco artistas que participan en la exposición se enfrentan a esta premisa desde óptimas particulares estableciendo una mirada múltiple sobre el espacio y la experiencia del habitar.

Liam Gillick reconstruye su instalación «¿Cómo te vas a comportar? Un gato de cocina habla» con la que representó a Alemania en la Bienal de Venecia de 2009, colocando en el interior del museo una cocina genérica con la que intentaba crear un lugar de descanso del que no dispone el pabellón alemán, abriendo un nuevo espacio para el debate y la reflexión que puede cuestionar las nociones de utilidad en la arquitectura. La artista Doris Salcedo crea muebles híbridos a partir de armarios y puertas que contienen historia de una violencia silenciada, al tiempo que rellena sus huecos con hormigón, creando piezas que funciona como testigos elevados a la categoría de arte de un pasado violento. Una reflexión que parece recoger también Mona Hatoum en su «Hogar» al situar tras una valla metálica y sobre una mesa una serie de objetos cotidianos a su vez se encuentran conectados a una toma de corriente que convierte las piezas en elementos potencialmente letales y luminosos construyendo un escenario inquietante alejado del confort que solemos asociar al espacio domestico. Por último, los trabajos de los artistas Pello Irazu y Cristina Iglesias construyen obras a medio camino entre la escultura y la arquitectura que incorporan el mismo espacio del museo como parte de su propuesta.

Las obras de los artistas participantes invitan a reflexionar y cuestionar el espacio que habitamos. Como si el museo permitiera deslocalizar la arquitectura y al situarla radicalmente en otro contexto, dentro de un cubo blanco que reduzca el ruido en torno a ella, hacernos cómplices de ese pensamiento. Al volver a nuestro espacio cotidiano, podremos ser capaces de verlo con nuevos ojos, desvelando relatos desconocidos en lo doméstico o simplemente construyendo otros nuevos.

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