27 enero, 2021

Zócalo pintado

por Christian Mendoza

Madrid y París: dos ejemplos de ciudades peatonalizadas. Los carriles para automóviles se han transformado en calles y, si acaso, se siembran árboles en las zonas que ya pueden transitarse a pie, como sucedió en el caso parisino. Las noticias internacionales colocan estas decisiones urbanas como ejemplos a seguir y parecieran guiarse bajo la premisa de que la gente necesita más espacio para caminar por una ciudad que visita o la ciudad en la que vive. Esta estrategia puede conllevar una dosis de espectacularidad. Recientemente, se presento la extensión peatonal de parte del Zócalo de la Ciudad de México. La estrategia, según es contada por el mismo Gobierno de la Ciudad, no sólo consistió en devolverle espacio a los caminantes. La repavimentación fue acompañada por la ornamentación: un patrón pintado y la instalación de macetas y mobiliario urbano; una inversión que representa 7.5 millones de pesos y una superficie 2,963 metros cuadrados. El acceso al Zócalo está controlado aunque no es recomendable acudir. Aún así, visitantes y personas que deben transitar por ese espacio por razones laborales siguen arribando al Zócalo, por lo que el aumento del espacio público resulta más que pertinente: más sitio para caminar implica menos aglomeración. La intervención se realizó mediante la aplicación de pintura y de la instalación de mobiliario urbano. 

¿Se trata de obstáculos para la circulación, escenografías fotogénicas? Las aportaciones y las limitantes de esta estrategia pueden mirarse desde aristas diferentes. En su artículo “Urbanismo para la negociación”, el crítico Xavier Monteys, refiriéndose a Barcelona, comenta que la pintura decorativa en los cruces peatonales no es más que “ruido”, una contaminación visual que interrumpe la negociación entre peatones y automovilistas. Para el Zócalo, tal vez eliminar el tránsito para vehículos hubiera sido una opción para obviar la pintura sobre el pavimento.

La pintura como ornamentación ha tenido apariciones que se han juzgado como exitosas. El estudio Snøhetta fue el encargado de duplicar el espacio para peatones de la avenida Times Square, planteando plazas que aumentaron el tamaño de los circuitos para el paso de la gente. Aunque no todo fue pavimento para el paseante. También hubo pintura y piezas de mobiliario urbano cuya funcionalidad fue lapidariamente descrita por Fran Lebowitz en el documental Pretend it’s a city: “No hay nada más necesario que bancas largas en una zona altamente transitada”. Por otro lado, los estudios Topotek 1, BIG Architects y Superflex diseñaron espacio peatonal en Nørrebrogadeen, un barrio en Copenague. Para Superkilen, un proyecto definido como un parque, la pintura fue todavía más fundamental que el pavimento. Lo que vuelve monumental a su diseño es la gran área de pintura rosa que puede apreciarse en fotografías aéreas. 

¿Qué es lo que enfatiza la pintura o, también podría decirse, lo que está cubriendo? Las intervenciones en Times Square o Superkilen pueden entenderse como capas nuevas a labores de mejoramiento —y también de una probable gentrificación— que han sido sostenidas por diversas gestiones gubernamentales. El perfeccionamiento de sitios de interés turístico no ha durado sólo el periodo de una alcaldía y “una mano de pintura” es asimilada con relativa facilidad por una ciudadanía acostumbrada a entender ciertos espacios como sitios de interés turístico. En México la pintura puede revestir contextos más complejos, como ocurrió en el Macromural de Pachuca, una iniciativa con la que Comex, junto al Ayuntamiento de Pachuca, dio una nueva fachada a un asentamiento irregular con altos índices de crimen. 

En lo que respecta al Zócalo, el cuestionamiento es más o menos similar. En Carne y piedra: El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, el sociólogo Richard Sennett esboza algunas ideas sobre la pertinencia de los estímulos sensoriales para la ciudad. Si la percepción de lo urbano se modifica a partir de intervenciones que la vuelvan algo más que calles y muros, se ofrecen mayores posibilidades para que sus habitantes puedan apropiársela no sólo desde actividades programáticas, como el desplazamiento de un sitio a otro. Una ciudad que se mire de maneras diversas produce subjetividades más complejas. Pero sucede que el Zócalo ya tiene los suficientes estímulos. El colorido de los grafitis que dejan las manifestaciones feministas —menos monocromáticas que otras causas que dejan su huella en las calles—, las cuadrillas de bailadores de break dance que ocupan casi todos los parques del centro o la paleta del comercio ambulante son algunas de las capas que vuelven cuestionable el uso de la pintura en un sitio con los estímulos visuales suficientes.

Además, aquella pintura delimita no sólo el camino de los peatones sino también el sitio de las bancas, las plantas y los paraguas. Lebowitz podrá oponerse a que una banca obstaculice la libre circulación de un peatón que asume que siempre va de prisa, sin embargo, es posible que una banca sirva a alguien que lleva muchas bolsas y que para continuar su camino necesita un descanso. Visto así la intervención en el Zócalo puede resultar un tanto tímida, ya que predetermina que las bancas son para el esparcimiento o el ocio y sólo pueden ser ocupadas dentro de un perímetro limitado. Más mobiliario y más dispositivos que puedan dar sombra tal vez sean mejor ayuda para quien no sólo necesita caminar por donde el camino lo indica. ¿Podemos imaginar una plaza que, en su totalidad, facilite no sólo la circulación sino también el descanso, un descanso que no esté constreñido por las lógicas de los parques y que simplemente ofrezca una banca a quien necesite sentarse en cualquier lugar?

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