21 febrero, 2020

Yona Friedman (1923-2020)

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Nuestra época es una productora de utopías

Yona Friedman

Yona Friedman nació el 5 de junio de 1923 en Budapest. Hijo y nieto de abogados, estudió arquitectura en esa ciudad. Aunque las leyes raciales se lo impedían por ser judío, gracias al apoyo del profesor Ivanas Kostis pudo asistir como oyente a las clases. Los nazis ocuparon Hungría en 1944 y Friedman se unió a un grupo de resistencia, pero pronto fue apresado por la Gestapo. Tras la liberación, Friedman dejó Hungría y estuvo un tiempo en Rumania antes de ir al recién fundado estado de Israel. Allí continuó estudiando arquitectura y se graduó. En 1956 participó en el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM X) en Dibrovnik. Después se mudó a París, donde empezó a trabajar en diversas propuestas como Architecture mobile, que planteaba la posibilidad de construir una nueva ciudad sobre la existente sin destruirla, mediante estructuras elevadas. Desde aquel momento, las propuestas de Friedman apostaron por estructuras —desde a escala territorial y urbana hasta doméstica— que permitieran la mayor libertad a sus ocupantes: «La flexibilidad es el concepto clave de la Arquitectura móvil. Sirve para aumentar la libertad de elección del individuo, el uso flexible del espacio de la ciudad, y ofrecer a sus habitantes el control para darle sentido a su entorno.»

Pero como escribió Maria Inés Rodríguez en el catálogo de la exposición que le dedicó el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, «abordar el trabajo de Yona Friedman implica, en primera instancia, comprender que éste no se limita exclusivamente al campo de la arquitectura, y que cuando de ella se trata, es para ir más allá del oficio de diseñar y construir. La arquitectura vista como la posibilidad de construir de forma articulada, de producir sus propias reglas en función de las necesidades.» En ese mismo catálogo, el propio Friedman afirmaba:

«La tesis principal que defiendo en arquitectura, es que el personaje central no es el arquitecto sino el usuario del edificio. Este habitante no es el «hombre promedio», una entidad imaginaria de los estadistas, sino una persona física, un individuo que es diferente a todos los otros. Además, hoy, él es diferente de aquel que fue ayer y del que será mañana. Por lo tanto, tiene su propia percepción del espacio del que dispone para habitar: debe poder organizarlo en un momento dado y poder reorganizarlo de otra forma mañana.»

Esa defensa del usuario era, finalmente, una defensa de la igualdad y una defensa del otro. «Sociedad entorno significan lo mismo. Es esta misma c osa que yo prefiero denominar los otros.» Ahí la utopía —realizable, como afirma el título de uno de sus libros. Para Friedman, «el entorno depende de «quien» habla de él.» Una posición sobre todo ética que, pese a la insistencia de algunos de seguir concibiendo al arquitecto como «autor» y, por lo mismo, con «autoridad», gana cada vez más peso entre las nuevas generaciones, no sólo de arquitectos y arquitectas, sino también entre habitantes de la ciudad y sus edificios.

Ese renovado interés en la posición y las propuestas de Friedman, tuvieron eco en las varias invitaciones a bienales y exposiciones que recibió en este siglo. Entre los proyectos que realizó a partir del 2002, cuando participó en la Documenta de Kassel, destaca la serie de museos callejeros y efímeros que realizó con la idea de que un museo no es un edificio:

«La imagen pública de un museo es la de un edificio más o menos clásico en el que se exhiben objetos de interés, de arte, etc. Los edificios de los museos son muy a menudo considerados como excelente arquitectura y se convierten en símbolos culturales. Vivimos en una civilización de «embalajes». Los productos se asocian más con una caja. […] Pongámonos de acuerdo: un museo es un ensamblaje de soportes para exposiciones, una instalación de paneles, vitrinas, etc. No hay necesidad de alojarlos en un edificio.»

 

Desde sus propuestas de megaestructuras urbanas, de arquitectura para refugiados, de museos callejeros, hasta sus esquemáticos dibujos en los que no estuvo ausente su amor por los perros —de los que se puede aprender que su universo no es una colección de objetos sino un campo fluctuante—, Friedman se empeñó en demostrarnos, siempre con una sonrisa, que «la utopía es necesariamente fruto de una invención colectiva.»

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