27 octubre, 2013

When attitudes become Form

por Miquel Adrià | @miqadria

En 1969 se expuso en Berna “Live in your head: when attitudes become form”. Esa muestra fue el parteaguas del arte contemporáneo donde irrumpió el postminimalismo, el arte povera, el land-art y el arte conceptual, privilegiando la idea del proceso por encima de la obra acabada.

Ahora la misma exposición se reproduce literalmente en el palacio Venecia Ca´Corner de la Regina que alberga a la Fundación Prada, curada por Germano Celant con Thomas Demand y Rem Koolhaas. Se trata de una reconstrucción exacta de la muestra emblemática que posicionó al curador -por primera vez en la historia- como un medium entre el artista y el público. Harald Szeemann aunó en 1969, en la Kunsthalle de Berna, a los autores más radicales que experimentaban con los potenciales de los materiales retando los cánones de las formas estéticas: a veces desde la representación lingüística, fotográfica o numérica, creando usos innovadores del lenguaje; en otras erradicando la tridimensionalidad a favor del gesto. Caracterizada por un nuevo enfoque que se focaliza en el proceso (donde no hay barreras de protección de las obras) la exposición se convierte en un territorio dialéctico entre el curador y el artista, entre el evento y la arquitectura: un lugar donde las obras instauraban relaciones recíprocas, creando un tejido orgánico en convolución continua. Szeemann como “exhibition maker” –el hacedor de la exposición- daba mucha libertad a los artistas, colaborando con ellos durante la instalación de la muestra según una estrategia sin precedentes que se percibía como azarosa y fortuita. En palabras del curador “el significado de esa expresión artística reside en que una nueva generación de artistas se entregó en dar forma a la naturaleza del arte, como un proceso natural.”

Reproducir en 2013 una exposición tal y como era en 1969, manteniendo las relaciones visuales y formales entre los trabajos expuestos, abre el debate sobre la relación entre lo artístico, lo arquitectónico y lo curatorial. La decisión de insertar literalmente la exposición a escala 1:1 –las obras, los pavimentos, las paredes- extrapolando las salas modernas del museo suizo a los salones con frescos del siglo XVIII en el palacio veneciano, evidencian el pasaje del pasado al presente. Obras de artistas como Joseph Beuys, Alighiero Boetti, Carl André, Walter De Maria, Richard Serra, Mario Merz, Robert  Smithson, Sol Hewitt, entre otras muchas, vuelven a dialogar cuarenta y cuatro años después. Un remake de una fiesta memorable en la que estaba todo permitido partiendo de que “todo es arte”, en un escenario (casi) literal que deja ver entre sus grietas la falsedad del escenario, como si fuera El mundo de Truman.

Szeemann estableció la afinidad entre procesar y producir, entre construir e instalar, entre funcionar y usar. El tema que abrió Walter Benjamin sobre la reproducción de la obra de arte, se lleva al extremo al reproducir literalmente no sólo la obra de arte sino la exposición en su totalidad. Si la muestra de 1969 solemnizó el carácter caótico y fortuito, su permeabilidad a todos los lenguajes posibles y a todos los materiales disponibles, del plomo al agua, del fuego a la cera, de la margarina al tubo fluorescente, del cuero al fieltro, del vidrio al hielo, de la ceniza al algodón o del papel al cartón, convirtiéndose en la celebración del significado de lo insignificante, una realidad en sintonía con el carácter efímero que se contrapone a los valores del pasado.

La inédita y radical sobreposición de las plantas de dos edificios de épocas y lugares distintos –el museo suizo dentro del palacio veneciano- es un acontecimiento en sí mismo, es un acto de doble ocupación: así como los espacios de la Kunsthalle fueron invadidos por una generación de jóvenes artistas revolucionarios en 1969, los espacios barrocos del palacio han sido ocupados por las salas del museo. Una recontextualización precisa y detallista que reproduce hasta los zóclos y los radiadores, dejando entrever la fractura espacial y temporal por los centímetros que separan los muros sólidos del palacio y la tablarroca que reproduce el injerto. Una pulgada de autor que delata la mirada iconoclasta de Rem Koolhaas. No cabe duda que el carácter arqueológico de esta rasgadura arquitectónica reactiva la energía histórica y contemporánea de la relación entre las obras expuestas, los espacios de exposición y los espectadores, recordándonos cuando las actitudes se convirtieron en Forma.

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