2 julio, 2015

Walmart

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

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Sam Walton nació el 29 de marzo de 1918 en Kingfisher, Oklahoma. Su padre tenía una granja pero después de 1923 se dedicó junto con sus hermanos al negocio de hipotecas y cobranzas para otras granjas a las que no les iría nada bien tras la Gran Depresión en el 29. La familia se mudó de Oklahoma a Florida y de ahí a Missouri donde Sam estudió para graduarse en economía en 1940. Al terminar trabajó en J.C.Penney hasta 1942, antes de ser llamado al servicio militar. Al terminar la guerra entró como gerente en una pequeña tienda y poco después, con un préstamo de su suegro, compró una franquicia y abrió su tienda en Newport, Arkansas. La habilidad de Sam para los negocios le permitió crecer su tienda y luego comprar otra junto con su hermano. Para 1962 entre ambos tenían 16 tiendas en Arkansas, Missouri y Kansas.

El 2 de julio de 1962, en el 719 de West Walnut Street, los hermanos Walton abrieron el primer Wal-Mart Discount City Store. El domingo 5 de abril de 1992, cuando Sam Walton murió, la noticia se transmitió vía satélite a las 1960 tiendas de la compañía: Wal-Mart, Sam’s Club y Supercenter. Jesse LeCavalier escribió que, para el 2008, 16 años después de la muerte de Walton, la compañía tenía ganancias por más de 400 mil millones de dólares anuales y una superficie de piso total mayor al área de Manhattan. “Si Walmart fuera un país —explica—, sería la 26ª economía del mundo, después de Austria. Es el empleador privado más grande de los Estados Unidos y sus 1.4 millones de empleados sólo son superados por los del gobierno federal.” Charles Fishman escribió un libro con un título que se ha empleado al hablar de museos como Beaubourg y el Guggenheim de Bilbao: The Wal-Mart Effect. Y sin duda, por sus dimensiones territoriales, el efecto Wal-Mart es mayor que el de cualquiera de los grandes museos y centros culturales construidos por arquitectos reconocidos en las últimas décadas. LeCavalier dice que, “dado que las operaciones de Wal-Mart conciernen fundamentalmente al territorio, examinarlas atentamente arroja luz sobre algunos mecanismos que hoy trabajan conformando las ciudades.”

Para Barbara White Bryson la mayoría de los arquitectos ven —o, tal vez haya que decir, veían— a Wal-Mart como una simple gran caja rodeada de espacio para estacionarse. Digamos que es el grado cero del tinglado decorado de Venturi y Scott-Brown donde la decoración se limita a un logotipo. Para Wal-Mart la arquitectura está en otra parte. La misma precisión que se exige a los procesos que hacen disponibles cientos o miles de productos al consumidor y, al mismo tiempo, ponen al consumidor a disposición de los productos, se le exige al diseño y sobre todo a la construcción de las simples grandes cajas de las tiendas y almacenes. Algo que, según White Bryson, el ego de la mayoría de los arquitectos parece rechazar de entrada. Esa arquitectura implica otro modelo: “en varias maneras —dice— la tienda Wal-Mart es el Ford T de la arquitectura: simple, efectivo y construida en un proceso a penas en su infancia.”

Pero más importante que la arquitectura de las tiendas es su efecto territorial. LeCavalier escribe que “Wal-Mart ha construido su imperio desplegando una selección de tipologías de edificios propios, pre-diseñados, que se adaptan a los requerimientos locales. Individualmente estas grandes cajas, rodeadas de hectáreas de estacionamiento y paisaje comercial suburbano, tienen un impacto limitado; pero su efecto acumulativo —multiplicado por 4,300 tiendas sólo en los Estados Unidos— es considerable.” Y en otra parte insiste:

Las preocupaciones espaciales han sido un aspecto significativo del método de Wal-Mart, ya que está consistentemente basado en una estrategia territorial para expandir sus operaciones. Ya que la compañía se originó en áreas rurales que atendían a una clientela dispersa, adoptó un procedimiento de saturación del mercado periférico. Según Walton, «pensamos que debíamos construir nuestras tiendas de manera que nuestros centros de distribución y bodegas pudieran atenderlas, pero también controlarlas: cada tienda debía estar a no más de un día manejando desde el centro de distribución.» Esa declaración supone un entendimiento de las operaciones de Wal-Mart más como una totalidad dinámica que como una colección de de puntos de venta aislados.

LeCavalier agrega que la dinámica territorial de Wal-Mart implica a la arquitectura en prácticas de poder y control —que no están ausentes en otros modelos, de las fortalezas y conventos a los palacios y las catedrales, pero más visible, probablemente, ante la radical desnudez de la gran caja. Los efectos de suburbanización económica y territorial del efecto Wal-Mart están, probablemente, aun por verse.

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