1 octubre, 2015

Walking City

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

De joven, antes de dedicarse a estudiar filosofía, Michel Serres fue por un tiempo marino mercante. De esos años cuenta, entre otras cosas, el momento en que el barco donde viajaba prendió fuego: la dificultad de respirar cuando el humo se hacía más denso, el calor, cada vez mayor, y tener que escapar por una claraboya donde su cuerpo apenas cabía. Y al hacer el esfuerzo por salir, Serres describe la sensación de estar afuera cuando la mitad de su cuerpo, de la cintura a la cabeza, había pasado por la claraboya. No era una cuestión de porcentaje de masa corporal ni de la innegable prioridad de la cabeza sobre los pies en cuestiones de supervivencia, sino algo de lo que Serres saca una lección filosófica: ¿dónde nos encontramos en nuestro propio cuerpo? Sí, por supuesto: no es mi cuerpo, soy yo: yo soy mi casa, como dijo Pita Amor, pero extrañamente me siento más en casa de la cintura para arriba, según nos hace pensar Serres: Si del fuego en el barco sólo quedan restos de mi pie, será difícil decir que yo he sobrevivido; si en el incendio pierdo las piernas, seré yo quien las ha perdido.

En otro texto Serres escribió que los marinos no viajan realmente pues su ciudad va con ellos. Los marinos que tripulan el barco hacen ciudad: son una forma de organización social que, además, se instala dentro de un espacio físicamente determinado, su urbe, digamos. Sólo que, a diferencia de otros tipos urbanos, el barco tiene la capacidad de desplazarse, en este caso sobre la superficie del agua. Podría también, por ejemplo, caminar.

En 1964 Ron Herron, miembro de Archigram, propuso The Walking City, una ciudad que se desplazaba, como los marinos, las caravanas que viajan a territorios lejanos o los constructores de catedrales. Una ciudad ambulatoria, como dice Geoff Manaugh. Herron nació el 12 de agosto de 1930 en Londres. Estudió dibujo y luego arquitectura en el Politécnico de Regent Street. En 1965 entró como profesor a la Architectural Association, donde enseñó hasta 1993, un año antes de su muerte, el primero de octubre de 1994, poco después de haber cumplido los 64 años.

Manaugh dice que “Herron tenía intenciones abiertamente utópicas para su proyecto: si a la ciudad no le gusta donde está, si los residentes encuentran su entorno aburrido, opresivo o cuasi-fascista, toda la ciudad puede simplemente levantarse y marcharse caminando, asentarse de nuevo en otra parte, liberada de las constricciones de la ley y de la geografía.” A la ciudad andante de Herron sólo le hace falta, para funcionar plenamente, encontrar un lugar en el que se pueda conectar —como en la propuesta de otro participante de Archigram, Peter Cook: Plug-in City. Ambas ideas se complementan: mientras una ciudad se mueve, la otra se forma de partes que se conectan unas con otras. Cook y Herron y sus otros compañeros de Archigram, anticiparon temas que hoy se juzgan fundamentales en el la vida urbana: la conectividad y la movilidad, pero tratándolos como asuntos de la colectividad que se resuelven al nivel de lo común, no como condicionantes multiplicadas por el número de individuos que las padecen. Y aunque la analogía entre la ciudad y un organismo hoy ya no es ni tan simple ni tan clara, esa manera de entender lo urbano también puede hacer pensar en la relación entre lo social y lo que lo encarna: el cuerpo social.

Si, según Serres, hay un momento al escapar por la claraboya en el que puedo pensar que yo ya salí, ¿en qué momento la ciudad móvil e interconectable empieza a serlo o, al contrario, se disuelve? El barco, ¿es una ciudad realmente por derecho propio o es sólo un fragmento que, como en la geometría fractal, replica una totalidad que la determina? ¿El barco es ciudad aun sin puerto, la caravana lo es sin origen ni destino? Ludwig Wittgenstein llegó a preguntarse cuántas casas y gentes hacían falta para que una ciudad pueda considerarse una ciudad. Quizá para la ciudad que camina o la ciudad armable, habría que hacerse la misma pregunta pero en el sentido inverso: ¿hasta dónde podemos reducir una ciudad a conexiones entre piezas móviles y seguir considerándola una ciudad?

ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./

Publica

Cambiar la casa para cambiar al mundo

La cuestión de la vivienda no encontrará solución justa y equitativa para todas las personas si no se modifican, entre otras, la nociones de propiedad y privacidad, pues, como afirmó Bertrane Russell, “la fealdad, así como la inquietud y la pobreza, son parte del precio que pagamos por ser esclavos de los motivos del beneficio privado.” Y ese cambio implica y depende de una transformación arquitectónica profunda.

Ver más
Publica

Joan Didion, muchas mansiones y una villa

En dos ensayos incluidos en su libro “The White Album”, Joan Didion escribió de arquitectura: de la Mansión del Gobernador que los Reagan mandaron construir en Sacramento, California, y jamás habitaron, y de la Villa-museo de Jean Paul Getty, también en California, y que tampoco fue jamás visitada por quien la encargó. Ejemplos, ambos, de “una arquitectura de posibilidades limitadas”.

Ver más