20 febrero, 2021

Vivienda chatarra

por Ernesto Betancourt

Decide y construye así llaman al nuevo programa de asistencia y financiamiento que lanza la Secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU) dirigido principalmente a la autoconstrucción de vivienda llamada popular. La Secretaría Federal, en alianza con otras instituciones encargadas de atender estos temas —como INFONAVIT o FOVISSTE— encamina fondos financieros y recursos humanos para que quien así lo decida —literalmente, con sus propias manos—construya o amplíe su vivienda.

Ante este anuncio convendría repasar y repensar algunos datos previos: la población de la Ciudad de México creció, entre 1940 y 2015, de poco más de un millón 448 habitantes a casi 9, es decir, la población se multiplicó por seis.Sin embargo su extensión pasó en el mismo periodo de 80 a 1,850 km2, lo que significa que mientras la población creció 6 veces, el área metropolitana aumento 23 veces (1).

Vale la pena comparar estos datos con los de la Ciudad de Nueva York que durante el mismo periodo pasó de poco menos de 7 millones de habitantes, a 8.5 millones en un área construida que pasó de 545 a solo 779.5 Km2 —es decir su población creció 1.2 veces en 75 años y su superficie construida apenas 1.43 veces, a pesar del proceso de suburbanización, principalmente hacia Queens. La superficie de la huella se expandió menos de 2 veces, en tanto la de la Ciudad de México se incrementó 23 veces considerando la totalidad de la Zona Metropolitana del Valle de México (2).

¿Y qué quiere decir esto? Pues que en apenas dos generaciones, 75 años, llegaron o nacieron en la Ciudad e México 60 personas por cada 10 que ya vivían ahí, ocupando 23 veces más espacio del antes ocupado. El resultado: una extensión interminable de habitáculos unifamiliares, cada vez más precarios y cada vez menos adecuados conforme se alejan del centro financiero y de servicios Asentamientos en su mayoría “irregulares” autoconstruidos por los migrantes que llegaron a la ciudad y la zona metropolitana después de la Revolución.

A estos migrantes desposeídos les tomó dos generaciones construir sus viviendas con los escasos medios que tenían a la mano: un proceso infinito de agregación y acumulación de espacios, en zonas de riesgo, sin servicios e inapropiadas. Los gobiernos de entonces en busca de apoyos electorales y clientelares fueron gradualmente regularizando la tenencia de la tierra y dotando de infraestructura mínima a estas grandes áreas des-urbanizadas, consolidando una ciudad que poco a poco acentuó la diferencia de equipamientos, servicios y oportunidades entre centro y periferia (3).

Este patrón de ocupación territorial se extendió hasta que se agotó gradualmente el suelo accesible —relativamente barato— tanto para urbanizaciones formales, como para ocupaciones irregulares. Mientras se agotaba el suelo “central” dentro de los márgenes intraurbanos, su precio se elevaba proporcionalmente, haciendo inviable la accesibilidad y la competencia entre vivienda y comercio en estas zonas. La falta de políticas urbanas eficientes, ocasionó que la vivienda en altura y más densa nunca fuese una opción real —salvo en casos aislados— mientras se incentivaban esquemas unifamiliares de baja densidad, provocando una migración del centro a la periferia y al extra radio: Pedregal, Ciudad Satélite, Desierto de los Leones, Cuajimalpa, Aguilas, Contreras, para el sector formal en la ciudad; delegaciones del oriente, barrancas del poniente y, una vez agotado el suelo para el sector informal y más empobrecido, se expandió hacia el Estado de México: Nezahualcoyotl, Chalco, Cuautitlán, Iztapaluca, Tecámac, Chiconautla o Ecatepec.

El sismo del 85 y sus secuelas golpearon severamente la zona central, donde había aún muchas viviendas precarias que habían quedado rezagadas, arrendatarios de vecindades con rentas congeladas. Las colonias centrales que permanecían entonces fuera de los circuitos de valor inmobiliario: Guerrero, Doctores, Tabacalera, Obrera, o los pocos conjuntos habitacionales de vivienda social en altura, como Tlatelolco o Juárez que sufrieron fuertes daños que vinieron a acelerar el proceso de éxodo.

Las décadas que siguieron estuvieron marcadas por el agotamiento de suelo accesible para unos y otros, y por una mayor presión sobre barrios y colonias consolidadas, perpetuando la ciudad extensa, horizontal, precaria, segregada, desigual y disfuncional que conocemos. Así pues, la política urbana que por acción u omisión promovió, consintió o incluso incentivó el crecimiento horizontal a cambio de la “accesibilidad” al suelo barato para construir viviendas unifamiliares —sin importar su ubicación o dotación de servicios— provocó la extensión y con ello la insuficiencia de redes de agua, la deficiencia pública de transporte, la carencia de espacio público y la insostenibilidad urbana.

Hoy a pesar de esa experiencia de siete décadas de políticas urbanas fallidas, el Gobierno Federal, a través de la institución que debiera velar por la ocupación equitativa y sostenible del territorio: SEDATU, promueve acciones para continuar con ese patrón depredador del suelo. Acciones similares a las que pervirtieron el desarrollo urbano, no solo incrementarán, en ciudades grandes, medianas y pequeñas, el despilfarro del bien más escaso: el suelo, sino que además, al otorgar financiamiento para “terrenos,” promoverán la lotificación y venta de suelo barato, retirado de los centros urbanos, con todas las consecuencias perniciosas que de sobra sabemos que conlleva.

Esta equivocada política de vivienda logrará mantener la espiral de encarecimiento del suelo central al ampliar la oferta de tierra periférica para millones de viviendas chatarra, haciendo cada vez más distante —literal y alegóricamente— el derecho a la ciudad. Con este tipo de programas, se le expropia en favor de los que pueden pagar una vivienda donde sí existen espacios públicos, parques, servicios y equipamientos. En tanto los pobres seguirán viviendo en el extra radio, cada vez más alejados de la justicia urbana y la accesibilidad habitacional.

El gobierno apuesta por la vivienda unifamiliar, precaria, autoconstruida, interminable y depredadora del territorio en lugar de promover la vivienda colectiva, de densidad media, la utilización del suelo público central que hoy ocupan usos públicos absurdos como corralones, encierros y bodegas, o rectificar normas obsoletas e inoperantes. En cambio, se opta por el peor esquema de ocupación territorial y gestión de vivienda social.

Mantener esta política será condenar nuestras ciudades a la suburbanización del territorio y a la chatarrización de la vivienda.


RODRIGUEZ KURI Ariel. Historia política de la Ciudad de México. El Colegio de México.2012.
WARD M. Peter. Mexico City. The production and reproduction of an urban environment. Belhaven Press. London. 1990.
(3): Este fenómeno no fue exclusivo de la Ciudad de México, en menor medida quizás, pero afecto por igual a todas las capitales y hoy sigue siendo un fenómeno recurrente en muchas ciudades medias del país.

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