13 mayo, 2021

Violenta Naturaleza: El espacio explosivo

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

 

Los Xalapascos y Axalapascos, son formaciones geológicas derivadas de actividad volcánica. El territorio mexicano, tiene una rica colección de este tipo de formaciones, especialmente en lo que denominamos el altiplano central. La diferencia entre uno y otro ortográficamente es una simple letra: la A. Esta A, para los geólogos, indica que en el cráter se ha formado una laguna superficial, la ausencia de la primera vocal, implica que el cráter, aunque sellado, no contiene el vital líquido acumulado en su superficie.

A la Joya Honda, en el estado de San Luis Potosí, llegué como parte de un trabajo de comprensión territorial con alumnos de Arquitectura de la Ibero, y un riquísimo grupo de colaboradores docentes. Éste es un cráter de tipo Xalapasco enclavado en el desierto potosino, aproximadamente a 22° 23’ de latitud norte, y su origen, dimensión y transcurso a lo largo de los siglos, nos permiten realmente poner en dimensión la fragilidad de nuestro tránsito por este planeta, que creemos tan trascendente.

Tanto los Axalapascos como los Xalapascos, son formaciones tipo maar, es decir, resultado de una enorme explosión volcánica, derivada de la presión de gas producida por la evaporación de agua subterránea expuesta a altas temperaturas contra la corteza terrestre; claro que esta simplificadísima explicación será altamente criticada por un geólogo, pero de alguna manera tenemos que entendernos los no iniciados.

El que aquí comparto, es un espacio maravilloso e imponente. El cráter tiene una forma oval, en la que su eje mayor mide casi un kilómetro y su profundidad es de unos 200 metros. Se produjo hace aproximadamente un millón de años.

La oquedad genera un microclima tan especial, que el ecosistema generado permite la convivencia de especies vegetales que, en teoría, no deberían compartir el mismo territorio.

Tras unos diez kilómetros de caminata por el desierto para llegar, la impresión espacial es sobrecogedora. Mientras los chicos exploran para analizar las estrategias que las distintas especies vegetales han utilizado para adaptarse al clima y a la topografía de este territorio, y yo hago lo propio con ellos y mis colegas, llego a un pequeño remanso en el sendero que baja de la parte más alta del cráter a la profundidad del hueco; ahí, me detengo a observar las paredes enormes de la formación y no puedo dejar de pensar en lo catastrófico de la explosión, para la vida circundante en ese territorio hace un millón de años y cómo, a través del tiempo, la vida misma se regenera para producir nuevas y maravillosas combinaciones.

El sitio fue en algún momento, refugio de grupos humanos que encontraron en este cuenco, subespacios cubiertos donde protegerse de la intemperie, así como de otras especies depredadoras, y desarrollarse al menos un tiempo, en la tranquilidad necesaria para descubrir y aprender. Finalmente, siguiendo la incesante migración que es una de las constantes de la vida, abandonaron el sitio dejando imperceptibles marcas de su estancia, solo visibles para ojos más educados en el asunto que los de uno.

La naturaleza tiene expresiones de violencia inimaginables, pero la vida en el tiempo es un sistema resiliente en constante transformación, capaz de adaptarse casi a cualquier espacio, y a recuperarse casi de cualquier crisis mientras prevalezcan las bases esenciales para su reproducción. Al final solo estamos aquí de paso y lo que consideramos permanente, es de una fragilidad pasmosa.

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