9 julio, 2019

Variaciones del hogar

por Georgina Cebey

Collage: Ana Aguilera Madrigal.

 

Es extraña la sensación que me producen dos de las fotografías de Eva Borner para el proyecto Invisible People de 2016 en el que la artista suiza muestra los espacios que la gente sin hogar acondiciona para dormir. Sobre la banqueta o protegidos entre los portales de edificios, vemos pequeños microcosmos que replican una alcoba: objetos cuidadosamente acomodados en torno a una colchoneta, residuos de elementos encontrados en la calle que funcionan como mobiliario, fotografías, telas que hacen de cortinas, etc. Las imágenes me provocan curiosidad –y al mismo tiempo vergüenza– al sentir que mi mirada invade el espacio personal de un desconocido. Esto ocurre porque dichos espacios representan pequeños fragmentos de una intimidad despojada que, a su vez, nos confrontan con la compleja naturaleza del habitar contemporáneo y su relación con la vivienda. Hace no mucho, la casa era concebida como un derecho humano; hoy, en cambio, la vivienda es un privilegio. Para gran parte de los habitantes las sociedades modernas, el espacio habitacional es una fuente de numerosas angustias: conseguir una vivienda, pagar el alquiler, liquidar una hipoteca, resistir el embate del mercado inmobiliario que amenaza con expulsar a las familias de los barrios centrales, por mencionar las más comunes. Me pregunto si esta fragilidad del habitar carcome la noción de hogar, ¿qué significa tener un hogar, qué es una casa hoy?

Para la antropóloga Mary Douglas, el hogar era una idea espacial. “[S]iempre es una idea localizable. El hogar está ubicado en el espacio, pero no necesariamente es un espacio fijo. No necesita ladrillos y morteros; puede ser un carro, una caravana, un barco o una tienda de campaña. No es necesario que sea un espacio grande, pero espacio debe ser para que el hogar comience con algo de espacio bajo control”. Ese control puede ser tan simple como el que permite colocar un adorno en la banca del parque en la que duermes. El hogar es el último espacio en el que la mayoría de la población es capaz de ejercer algún tipo de control. 

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Al principio fue una cueva, cavidad natural y refugio mínimo que cubría de las inclemencias del tiempo a quienes se resguardaban en ella. Pronto se descubrió que en ese interior rocoso también se podía hacer una fogata. Ahí, al calor del fuego y compartiendo la caza con los seres que estaban cerca, una noción de hogar comenzaba a experimentarse. Con las primeras chozas, que mutaron a cabañas, que mutaron a casas, la idea de hogar se perfeccionó en paralelo con la arquitectura. Hogar y casa parecían inseparables.  

¿No es una casa lo que suelen dibujar todos los niños alguna vez en su vida? Un triángulo que funciona como el techo de dos aguas que cubre el espacio de habitación y bajo él, representado por un rectángulo, el contenido de un hogar. La idea material de la vivienda (casa) y su contenido psíquico o emocional (hogar) parecen incrustadas en el subconsciente colectivo desde edades tempranas y, al parecer, permanece en nuestras cabezas, supongo, por la estrecha relación que guarda la casa con el tiempo.  

La casa conecta con tiempo pasado pero, sobre todo, con tiempo futuro: esperamos llegar a ella al caer la noche, regamos las plantas para que nos acompañen vivas, almacenamos una despensa previendo los alimentos de días o meses, si es posible, destinamos un presupuesto para alguna labor de mantenimiento previendo que la casa resista en otro tiempo, uno que todavía no llega. Al hogar le otorgamos la responsabilidad de ofrecernos experiencias en lo venidero: seguridad, alimento, felicidad, una noche de música y visitas, etc.

Aunque sea común el recuerdo de nuestro espacio de vivienda del pasado (“la casa de mi infancia”), es la fuerza del futuro la que incrusta, como cincel sobre el metal, a la vivienda en el anhelo colectivo. La idea de la “casa propia” es espejo de una inversión a largo plazo, un espacio en el que se proyectan momentos futuros de la vida, generalmente libres de preocupaciones acerca de tener un techo bajo el cual habitar; hay gente que incluso tiene como último deseo morir en su casa, bajo la familiaridad de su techo, en la intimidad de su cama. Parece que entre más se proyecta la casa a futuro, la noción ideal de hogar adquiere su forma más sólida: la casa conecta con lo que vendrá, pero el hogar es donde se construye una vida imaginada en un tiempo que aún no llega. En esos dibujos de infancia en donde aparecen casitas de colores con techos de dos aguas, es probable que veamos un reloj.

Hoy, sin embargo, en tiempos en que las casas son objetos de especulación inmobiliaria, activos que se compran en el presente para vender a un mayor precio en el futuro, los vínculos entre la casa y el tiempo parecen artificiales. 

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Nos rodean cientos de obras negras. Parece que en todas partes hay viviendas en proceso de construcción. Martillazos, grúas y polvo. Trabajadores desfilan sobre andamios apilando bloques que serán los muros de una vivienda, sueldan sus partes, conectan tuberías. En las manos de estos obreros anónimos, que bien podrían ser cirujanos de organismos descomunales, está nuestro destino. ¿Alguna vez se ha preguntado el nombre del trabajador que construyó su hogar? 

En Dubai, distopía metropolitana que parece retomar los principios visuales de Las Vegas, se levantan rascacielos a velocidades insospechadas. Millones de inmigrantes, provenientes principalmente de Bangladesh, Pakistán, India y Filipinas, se dedican a la construcción. Con el pasaporte confiscado, jornadas de trabajo extenuantes y hacinados en pequeños campamentos en el desierto, estos trabajadores son los responsables del crecimiento capitalista más avasallador que hoy en día podamos atestiguar. Sin el binomio esclavitud y arquitectura ninguna idea de desarrollo en la península Arábiga sería posible.  

En México las cosas no son muy diferentes. Las ciudades se construyen con la fuerza de trabajo de migrantes internos sometidos a contratos semanales, con nulas prestaciones laborales y altos niveles de marginación social. Los albañiles también habitan en los desiertos de cal que dan forma a la periferia de la capital mexicana. La mayoría de los trabajadores de la construcción, súbditos de la megaurbe y responsables del desarrollo de la ciudad y del cobijo de millones, no cuentan con una casa propia. 

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Me gusta mirar a los vecinos a través de sus ventanas. Justo enfrente de la mía, todos los días a las siete de la tarde una masajista china prepara sus alimentos con entera dedicación. Hay una enorme tranquilidad en su cocina. La mujer se conduce como si estuviera en un laboratorio, manipulando ingredientes y utensilios con sumo cuidado. Luego de un rato, los vidrios se empañan y sólo distingo siluetas. Supongo que el vapor sale de la olla de arroz, imagino los olores y vuelvo a lo mío. Otros días, en la ventana contigua, observo la sala de un hombre joven que suele mirar la televisión al llegar del trabajo. Algunos fines de semana, las luces amarillas que proyectan sus lámparas se apagan y las llamas de velas alumbran la habitación. Los amigos llegan y se juntan en los sillones. Mientras cierro las cortinas completo la imagen con sonidos imaginarios de los platos que se van acomodando en la mesita de centro o de las risas de algunos invitados. En una ventana más alejada de casa, cuando salgo muy temprano, veo a un hombre muy robusto leer el diario de pie, frente a la ventana. No sé si busca el aire matutino o tal vez en la cornisa hay un cigarrillo oculto, pero el modo en que hace de la ventana un punto estratégico de su vida diaria y la calma con que hojea su diario me intrigan. El cuerpo es una casa que habita dentro de otra casa. Esas visiones, escenas de hogares, no serían posibles en una esquina de la calle, en albergues o refugios.

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UNO. El arquitecto Patrik Schumacher, cabeza del despacho de Zaha Hadid, declaró en abril de 2018 que los millennials no necesitan vivir en casas con salas; de hecho sugirió que el mejor modelo de vivienda para jóvenes que trabajan todo el día son los que ofrecen las habitaciones de los hoteles, en los que una cama y un baño bastan para quienes pasan todo el día fuera. Además, Schumacher propuso que las viviendas centrales debían destinarse a las personas más productivas, aquellas que trabajaban cerca de los grandes centros durante más tiempo. ¿Quién puede necesitar privacidad o espacios de relajación en el hogar cuando el imperativo de tu generación es trabajar todo el día? ¿Acaso los millennials que destinan gran parte de su salario al alquiler no pueden tener una familia que requiera de más espacio habitacional?  En la lógica de este arquitecto, la crisis de la vivienda originada por lógicas capitalistas debe combatirse con más capitalismo. 

DOS. Durante el verano de 2016, aparecieron en las calles de Berlín varios carteles que invitaban a boicotear Airbnb, la plataforma de renta de espacios entre particulares acusada de impulsar el aumento en los precios de las rentas y la  gentrificación en decenas de ciudades. La intervención fue obra del colectivo Rocco y sus hermanos (Rocco und seine Brüder), proveniente de la escena del graffiti y conocido por hacer de la calle la arena para sus instalaciones de alto contenido satírico y reflexión sociopolítica. En este caso, la idea era sencilla pero eficaz: Con ilustraciones que convertían el logotipo de la aplicación en una horca, senos y genitales, los carteles esparcidos por diferentes partes de la ciudad, explicaban las consecuencias de la operación de esta plataforma en la capital alemana. La campaña #Boycottairbnb cuestionaba el principio de la “sharing economy” que la plataforma promueve, mostrando que, en realidad, lo que esta app incentiva es que las viviendas se retiren del mercado regular y se ofrezcan en alquiler a los turistas, a un precio más alto a través de la plataforma. Con el encabezado “¿Quién paga tus vacaciones?”, la campaña alentaba a pensar en los habitantes del barrio antes de alquilar un departamento con fines turísticos en esta plataforma pues “por cada nuevo apartamento de vacaciones, un inquilino tiene que abandonar su hogar”. En aquel entonces, las estadísticas mostraban que cada anfitrión de Aribnb gestionaba 1.3 departamentos en promedio, y que apenas diez usuarios eran los encargados de gestionar 281 unidades de alojamiento. La supuesta hospitalidad de esta plataforma pronto dejó ver la rapacidad de sus operaciones en un negocio que, sin un control estricto, impactaba negativamente a las comunidades. #Boycottairbnb mostraba cómo en ésta ciudad se experimentaba ya el “efecto airbnb”, caracterizado por el incremento en los alquileres y la expulsión de antiguos habitantes hacia las periferias urbanas. 

Ambos casos muestran que la disminución de espacio habitable y la subsiguiente destrucción de comunidades son lógicas globales que prevalecen en el desarrollo de las ciudades. Esta comprensión  del entorno urbano a partir de “disminución y remplazo” de los espacios de vivienda, lejos de combatir las circunstancias de precariedad que definen la existencia contemporánea, las convierten en motor o impulsor para la formación de nuevas lógicas o nociones del habitar. Arquitectura y capitalismo, juntas, destruyen la idea de hogar y atentan contra cualquier principio epistémico sobre la casa (la relación con la casa, construir la casa, crear una casa, la estética de la casa, ordenar la casa, mi casa es tu casa). Nada de todo esto tiene sentido hoy cuando el contenedor de nuestra existencia se aleja del ideal del derecho humano y se impone como un valor activo. Todo parece indicar que en el futuro nos convertiremos en moluscos, seres que llevaremos nuestros hogares a cuestas.

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