21 julio, 2017

Urbanismos de superficie

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

 

I. De Islandia a México: en busca de «esa» foto

 

Si hace poco tiempo un importante medio internacional se atrevía a declarar que la Ciudad de México era el nuevo Berlín y que, motivada por esa visión, se estaba produciendo una migración de jóvenes creativos de todo el mundo atraídos por los precios “bajos” en la renta y por la efervescente cultura urbana, es ahora la versión en inglés de la publicación GQ Magazine la que en un reciente texto apunta sobre la posibilidad de pensar la capital mexicana como la “nueva Islandia”.

La asociación de la capital mexicana con el Berlín de los 90 fallaba al limitar su descripción a unos pocos barrios muy sectorizados —al tiempo que convertía a la ciudad alemana en un mero mito aspiracional— , la nueva comparación da cuenta de una urbe ideal para el turismo, llena de lugares atractivos a la altura del país europeo, famoso por sus paisajes y acontecimientos de carácter natural.

Se nos presenta una ciudad que se disfruta entre buena comida —muchas veces nada barata— y pasando las noches en un Airbnb de La Condesa –al parecer el único barrio que existe para este tipo de publicaciones–. Las únicas salidas permitidas fuera de esta colonia –a realizar en Uber, por supuesto– son las visitas a la arquitectura de Barragán, a los estudios de Diego y Frida o al Museo Soumaya. ¿Por qué? Simplemente, porque, gracias a sus colores y sus formas, nos dice, son un lugar ideal donde tomar fotos que compartir después en tus redes sociales como Instagram. El autor reduce su visita a una que propone un reflejo de cómo la tecnología está configurando las formas de ver. De esta forma, los celulares imponen una nueva formulación del turismo alejada de las antiguas formas de recorrido y definidas por las clásicas guías turísticas. De acuerdo al artículo, la nueva tendencia pasa por encontrar entornos atractivos donde tomar las fotos que den prueba de una experiencia única y, quizá de paso, conseguir mayor difusión social y presencia de nuestro contenido en las redes.

Aunque no era su objetivo inicial, Instagram ha transformado y redefinido los focos de atención hacia espacios que antes eran menos atendidos. Existen casos que dan muestra de ello. Uno de los más significativos es, por ejemplo, el de La Muralla Roja de Ricardo Bofill; una obra ampliamente conocida dentro del gremio arquitectónico, que ha visto renacer su atractivo entre la gente gracias a su geometría y sus colores pastel, hasta el punto de llegar a ser definido como el edificio más instagrameable de España.

Por ello, y ante la tentación que pueden suponer las apps sociales para el turismo, permitiendo una difusión barata a través de las fotos compartidas por miles de usuarios, cabe preguntarse si las ciudades y sus políticos comenzarán a crear zonas más atractivas para la lente de los celulares y de los hipotéticos turistagramers. Puede sonar descabellado, pero cabe destacar que, junto a los museos mencionados, se recomienda al aventurero visitar también al Mercado de Medellín, en Roma Sur, un lugar donde el “caos urbano” aún es admisible al tiempo que ofrece una experiencia más auténtica y que ha sufrido recientemente una pequeña intervención en la se pintó y decoró su fachada con colores vivos y geometrías variadas. Quizá sin pretenderlo, esta renovación parece responder así a los gustos atendidos por el texto: una imagen fresca y atractiva, en especial para los filtros de la popular aplicación. Quizá sea mera coincidencia pero, ¿tal actuación sobre el edificio sólo responde a una necesaria renovación o está emparentado con este nuevo tipo de turismo? Si bien dicha pregunta es mera especulación, ello podría aclarar el porqué de una intervención que queda limitada casi en exclusiva a una fina capa de pintura que, al tiempo que limpia y elimina aparentemente muchas imperfecciones, deja, por el momento, sin atender otros aspectos que también necesitarían ser trabajados.

 

II. ¿Por qué sólo la fachada?

 

Una de las cosas interesantes de la fotografía de Instagram, más allá del uso del filtro, es que, dada la baja resolución de las fotografías, las imperfecciones se hacen siempre menos visibles. Son, por así decirlo, una fotografía que se limita a una visión superficial de las cosas. Desde el campo de la arquitectura, esto viene a significar que el diseño pasa por estar más motivado por la búsqueda de un efecto que por ofrecer la construcción más precisa. Es decir, la arquitectura puede dejar muchos detalles sin atender ni corregir si el resultado, desde el punto de vista de las fotografías en baja resolución que compartimos en nuestros celulares, es sustentable y atractivo.

Ejemplo de esto fue el pabellón que el estudio español selgascano realizó para la Serpentine Gallery en 2015 o su reciente intervención en la Fundación Martell. Muchas de las críticas y comentarios que surgieron una vez se pudo visitar el primero cuestionaban aspectos como el excesivo calor que se percibía en el interior o que algunos de los desperfectos estaban arreglados con cinta adhesiva. Del segundo, más abierto y al aire libre, no se han oído tales quejas, pero un vistazo a los detalles técnicos da cuenta de soluciones muy directas y sencillas que resuelven bien el problema a resolver. El impacto de ambos diseños en redes sociales es grande y, gracias a sus juegos de color, reflejos y transparencias, se han convertido en un atractivo lugar donde acudir a realizar distintas fotografías. El proyecto, pues, funcionaba bien dentro de las intenciones que desean hoy por hoy las instituciones culturales, siempre necesitadas de difusión y propagación viral de sus propuestas veraniegas, propuestas que algunos medios se atreven a describir ya no como efímeras sino como instantáneas.

Más allá de los valores culturales asociados entre forma y materia, hay que recordar que en este tipo de arquitecturas, y tal y como apuntaba Joaquín Díez Canedo en este mismo blog, “los materiales no importan, como tampoco importa realmente la planta o el alzado: importa la experiencia espacial.” No hay relación entre estructura, fuerza, forma o verdad, sólo hay efecto. Estamos lejos de aquellas ideas esbozadas por Louis Kahn que nos hablaba de escuchar al ladrillo. En este mundo digital, sólo existen superficies sin masa ni peso en los que la forma ya no se supedita ni a la tectónica ni a la gravedad ni tan siquiera a la muerte. Son construcciones pensadas como imágenes en circulación.

Si, como ha apuntado Beatriz Colomina, buena parte del sentido de la arquitectura moderna fue consecuencia de la forma en que las revistas y los medios de comunicación la producían, estos nuevos valores no son sino el resultado de la aparición de nuevos criterios visuales que marcan tanto la velocidad de propagación y difusión de las redes sociales como la calidad pobre de las imágenes producidas. En este sentido, y pese a la posible nostalgia de algunos por una arquitectura con cierta profundidad material, esta nueva concepción no debe verse como un defecto en sí mismo. Cierto es que en una arquitectura efímera y temporal como la que ofrecida por selgascano la relación entre forma, materia e imagen, funciona a la perfección. Otra cosa sería comenzar a construir nuestras ciudades bajo esas mismas lógicas: acciones que ya son menos que acupuntura urbana, sino que se limita a parchear y ocultar los errores y desperfectos que presenta un entorno bajo una fina capa de pintura que iguale la superficie; acciones limitadas pequeñas reparaciones que quedan muy bien en apariencia; acciones efectistas pero que no sirven para atender el problema de fondo o las fallas sistémicas y estructurales de la ciudad.

El tiempo dirá si nos estamos enfrentado ante un fenómeno así, pero en una urbe que fue capaz de adaptar un desfile después de haber aparecido en el cine, no es nada descabellado pensar que la renovada visión del turista hacia la Ciudad de México acabe estableciendo un fenómeno urbano nuevo: un urbanismo superficial, de colores vivos, que permita mostrar una ciudad siempre radiante en las pantallas y que funge como una escenografía para la vida digital de unos pocos tras la cual prosiguen los mismos problemas, defectos y miserias.






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