6 julio, 2017

Una nueva ola en Japón

por Fernando Tepichín Jasso

 

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En la mayoría de las metrópolis del mundo, los barrios históricos pueden ser patrimonio de una ciudad o de un pueblo, sin embargo, también pueden adquirir ese carácter por los personajes que han vivido allí y cuyo trabajo ha trascendido al pensamiento local: casos como los barrios de Islington, en Londres, donde vivió y escribió sus novelas George Orwell, o Coyoacán, donde Diego Rivera residió y conoció de cerca sus cantinas y pulquerías.

Hace unos meses fue inaugurado el Museo Sumida Hokusai en Asakusa, un pequeño barrio al norte de la ciudad de Tokio. Hokusai fue habitante y pintor en el siglo XVIII y, entre otras obras, es quien realizó la omnipresente pintura titulada “La gran ola de Kanagawa”, imagen que muestra en primer plano un mar agitado casi de tempestad y, en contraste y a lo lejos, introduce la geometría limpia del Monte Fuji. Una olas, ya icónicas, que han influenciado a otras manifestaciones artísticas de nuestro tiempo como la cinematografía o el cómic. En el cuadro, un grupo de olas pone de manifiesto la fuerza de la naturaleza y su poderoso significado de “límite” entre la tierra y un mundo líquido e informe, como ese Leviatán que Carl Smidt exploró en la historia para entender el poder del hombre para transformar el mundo. Una de las razones por las cuales esta obra es sobresaliente es por la inserción del color azul índigo dentro de la paleta de colores de la época, la cual fue revolucionada cromáticamente.

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Es ese mar transformador el que inspira el potente nuevo edificio concebido por Kazuyo Sejima. Una Ola de Mar que la indiscutible creadora de nuevos espacios ha hecho en Asakusa, al igual que en otras ocasiones en otros barrios del mundo. La Ola que Sejima deja en el pueblo del gran pintor de la era Edo llega con fuerza humana pero con una imagen profundamente hipnótica: como un fragmento de mar. Así como en el Bowery neoyorkino –donde diseñó un espacio que, al igual que el Guggenheim, se recorre de forma descendente y en espiral, pero se ejecuta a partir de cubos apilados que se desplazan para permitir la entrada de la luz en su interior–, Sejima ha aportado una concepción espacial novedosa, ya que el edificio deja, en su frente, una “playa” pública que articula barrio y museo. Este lugar es, quizá, más relevante que el propio edificio y, además, se ha convertido en el espacio público más habitado de la zona, que ahora recibe cotidianamente a visitantes propios y extraños.

Nuestras ciudades y sus barrios, centrales o periféricos, requieren de nuevos espacios públicos que sacudan con fuerza y respeto a sus habitantes, que renueven el espíritu local y construyan nuevas centralidades desde lo público.

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