28 enero, 2019

Una habitación para uno solo

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Richard Alati es un jugador profesional de póker. No es el mejor: está clasificado en el lugar 1,218 en el mundo. Sus ganancias totales en su vida como jugador profesional ascienden a $333,661 dólares, 75 mil tan sólo al quedar en tercer lugar en la Caribbean Poker Party, en Nassau, el 15 de noviembre del año pasado. Una semana después de haber ganado ese premio, Alati entró a un baño en Nevada, que tenía todas las ventanas cerradas y ninguna fuente de iluminación. Debía permanecer ahí 30 días, completamente a oscuras y sin compañía. Un par de meses antes, el 10 de septiembre, Rory Young, otro jugador de póker, le había apostado 100 mil dólares a que era incapaz de estar en total oscuridad y aislamiento durante un mes.

«El uso del confinamiento solitario puede rastrearse hasta un pasado lejano —escribe Peter Scharff Smith—, pero se hizo común con el surgimiento de los sistemas penitenciarios modernos durante la primera mitad del siglo XIX. La práctica de aislar prisioneros individuales ha cambiado significativamente desde entonces, pero sigue siendo una característica de los sistemas carcelarios occidentales.» Mary Murphy Corcoran explica que, según datos del 2012, cada año 80 mil prisioneros son aislados de esa manera en los Estados Unidos. En general, los presos sometidos a este castigo permanecen 23 horas del día encerrados. En promedio 37 días continuos, aunque algunos llegan a estar en aislamiento seis meses o incluso varios años. También dice que los presos sometidos a aislamiento solitario “experimentan por lo común varios síntomas fisiológicos, incluso tras un breve periodo de tiempo en confinamiento.” Esos síntomas incluyen hipertensión, jaquecas, temblores y sudores, mareos, taquicardias, además de problemas de apetito y digestión, pérdida de peso, diarrea, insomnio y letargo crónico. Psicológicamente, el aislamiento causa sicosis emocional y cognitiva y problemas de comportamiento.

“El placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres; es independiente de la fortuna.” Eso escribió Xavier de Maistre en su libro Viaje alrededor de mi habitación, publicado de manera anónima en 1794. De Maistre nació en Chambéry, en la Saboya, en 1763, en una “noble y numerosa familia”, según escribió Saiante-Beuve. El 6 de mayo de 1784, junto con Louis Brun, realizó el octavo vuelo en la historia en globo montgolfier. Pero ese viaje no fue el que lo hizo famoso sino el que narró en su libro. El origen del relato fueron los 42 días de arresto domiciliario a los que fue condenado en 1790, en Turín, a consecuencia de un duelo. Por supuesto, su encierro no se parecía en nada al confinamiento de un preso común. De Maistre estuvo acompañado de su valet y de su perro, y él mismo dice que en su habitación permaneció “con todo el placer y el agrado posibles”, aunque no pudiera salir de ella a voluntad. Cuenta que recorrió su habitación cada día sin ningún plan premeditado, deteniéndose conforme el azar lo guiaba en los más minúsculos detalles de una butaca o de su cama. Pero también le sirvió para emprender alguna meditación metafísica, como su teoría del alma y de la bestia: “He notado, por diversas observaciones, que el hombre está compuesto de un alma y de una bestia. Estos dos seres son absolutamente distintos, pero tan encajados el uno en el otro o el uno sobre el otro, que es necesario que el alma tenga una cierta superioridad sobre la bestia para poder establecer la distinción.”

El baño en el que se encerró Richard Alati estaba en una casa en Henderson, Nevada, rentada en AirBnB. Un contratista construyó dentro del baño una habitación aislada acústicamente y sin iluminación. Dos días antes de que empezara a correr el tiempo de la apuesta, Alati recorrió el baño y para memorizarlo. Acomodó sus cosas de manera que pudiera encontrarlas aun a oscuras. Varias cámaras registrarían lo que pasaba dentro del baño, no sólo para su seguridad sino como parte de un programa especial de televisión. La comida se la llevaban a distintas horas, para que no pudiera calcular el paso del tiempo. Al tercer día, empezó a sufrir alucinaciones. Entonces Alati comenzó a usar técnicas de meditación y yoga que practica desde hace años, y a repetir ejercicios mentales, recorriendo de memoria el espacio del baño para recordar dónde estaba cada cosa. Alati siguió una rutina para darle cierto ritmo a su encierro. Tomaba un baño con sales en la tina y ahí meditaba. Se metía a la regadera y luego se vestía. Comía. Meditaba. Dormía. Empezaba de nuevo. Al decimoquinto día de la apuesta, escuchó la voz de Young en un altavoz. Le ofrecía salir a cambio de pagarle sólo la mitad de lo acordado. No aceptó. El padre de Alati estaba preocupado por su salud, pero Young lo estaba aun más al notar que su contrincante estaba tranquilo, acostumbrándose al encierro. A los 20 días, Young volvió a negociar: dos tercios del pago por dos tercios del tiempo acordado. Alati aceptó y, tras la negociación entre sus abogados, salió cobrándole a Young 62,400 dólares. Dicen los expertos que lo que ayudó a Alati fue saber, a diferencia de un preso, que podía salir en cualquier momento: la puerta jamás estuvo cerrada con llave y afuera había personas que estaban al tanto de su encierro y se preocupaban por su condición.

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