14 agosto, 2017

Una arquitectura sin rostro

por Javier Barreiro Cavestany

Este texto de Javier Barreiro Cavestany se publicó en el número 36 de la Revista Arquine, verano del 2006 | #Arquine20Años

Adolf Loos decía que la arquitectura puede ser un arte sólo en dos casos: el sepulcro y el monumento. Es decir, en formas liberadas de la funcionalidad que las vincula a necesidades prácticas. Que ése sea el deseo de la mayoría de arquitectos lo demuestran las revistas de arquitectura: los arquitectos no proyectan para la gente. No la quieren ver “ni en fotos”; sobre todo, no en las fotos de sus obras. Aunque ahora haya una moda que considera cool mostrar gente, parecería que los arquitectos temen que les arruinen la belleza de sus creaciones.

Esta sospecha va con otra: que la mayoría de los arquitectos sean artistas fallidos, que no se atreven a enfrentarse a la forma pura, sin mediaciones justificadoras, como las imposiciones del mercado o las del programa. Acaso sueñen con grandes espacios vacíos donde realizar construcciones perfectas, con el anhelo tardo-romántico de imaginarlas abandonadas. A menudo parecen olvidar, dice Loos, que el artista está al servicio sólo de sí mismo; el arquitecto, de la sociedad.

 

¿Cómo queremos vivir?

Frente a los arquitectos, los usuarios nos sentimos un poco como los ciudadanos frente a los políticos: parece que no sabemos qué queremos; o frente a los médicos: no sabemos qué nos pasa. Y, si casi siempre hay un profesional dispuesto a solucionar ese problema que ignorábamos tener, la infantilización del cliente/paciente está asegurada.

Uno se pregunta si los arquitectos sabrán cómo quieren vivir; si sus recetas creativas las aplican sólo a los demás o si ellos son también clientes/pacientes de sí mismos. Por eso, al entrar en sus casas, siempre es significativo ver cómo las viven.

En verdad, saber cómo queremos vivir requiere de un complejo aprendizaje para llegar a descubrir nuestras necesidades; ya sea en el lugar que proyectamos o en el que nos ha tocado en suerte. Viendo lo que se construye en estos años, la pregunta es: ¿Qué tipo de experiencia nos proponen los arquitectos? ¿Cómo sugieren que organicemos nuestras vidas? ¿Qué consciencia tienen de esa dialéctica entre resolver funciones y sugerir emociones, fuera de los estereotipos y las modas?

Preguntas acaso para sabios. Y, sin embargo, son preocupaciones presentes en casi todos los maestros de la modernidad, no sólo en términos teóricos. Pero la transformación del contexto y de las formas de vida está siendo tan acelerada y radical, que esas preguntas corren el riesgo de parecer obsoletas.

 

All you need is loft

“All you need is loft”, tituló el año pasado una revista en portada, con una señorita, no precisamente bohemia, reclinada sobre un estilizado sofá, contra un fondo que de loft tenía tanto como de vitrina o pecera.

Para variar, se importa la apariencia, no la sustancia. Es decir, el look perpetrado en el Soho neoyorkino a partir de los años 80, cuando los espacios industriales -ocupados por artistas en los años 50 y 60, por sus dimensiones y módicos alquileres- se convirtieron en lujosas moradas de unos pocos famosos y de muchos yuppies, para quienes el loft era una fructífera inversión que, de paso, alimentaba el propio esnobismo.

Pero creer que tirando abajo paredes divisorias, un espacio se convierte en loft es, amén de ingenuo, anacrónico. Además de carecer de la atmósfera propia de esa arquitectura industrial, en estos “lofts” la planta es libre por así decirlo; todos tienen recámara y baño, cocina abierta y una gran sala. Con lo cual el constructor ahorra dinero y el inquilino debe buscarse la vida para organizar su morada.

La discusión no concierne a una tipología, sino a la idea de flexibilidad acorde con necesidades que no deberían ser sólo pragmáticas o funcionales. Si el ideal de flexibilidad parecería estar en la casa tradicional japonesa, con sus paredes de papel corredizas, se trata de una falsa respuesta a una falsa pregunta: ¿quién dijo que la alteración de la morfología distributiva sea sinónimo de libertad y, por ende, de mejor calidad de vida?

En cuanto a las exigencias de espacios laborales o domésticos, los arquitectos ‘autores’ parecen estar respondiendo con el mismo rezago que sus colegas ‘comerciales’, y con propuestas que imitan pálidamente las de hace décadas, pero de una desarmante pobreza de soluciones.

 

La razonable mediocridad

En una conferencia dictada en la ciudad de México a fines de los años 30, Richard Neutra decía que este país nunca sería moderno hasta que no produjera sus propios materiales y eliminara su sistema de servidumbre semifeudal. Barragán estaba entre el público. ¿Qué habrá pensado? ¿Qué pensarán los arquitectos-empresarios que hoy construyen una arquitectura derivada de la modernidad, en colonias como Polanco, Anzures, Condesa, Roma, Nápoles? ¿Qué relaciones tienen sus clientes con formas tomadas de otros contextos y adaptadas al modus vivendi de una burguesía tan viajera como clasista?

Ante esos edificios de viviendas y oficinas, comercios y servicios -fruto de la salvaje especulación inmobiliaria en curso-, uno no puede menos que agarrarse la cabeza al ver la inconsistencia de su lenguaje. Predominan las fachadas de cristal y acero, detrás de las cuales suele haber espacios de muy modesta calidad. Huelga decir que cualquier atisbo de espacio público está omitido, y las reglamentaciones oficiales no lo exigen.

Sus envoltorios se reproducen en cientos de ejemplares; con un diseño que es copia de la copia de la copia de un modelo que ya nadie recuerda. Esa multiplicación está cambiando el rostro de buena parte de esa ciudad moderna construida entre los años 30 y 60. No se trata sólo de alteraciones formales, sino estructurales y contextuales que, a su vez, determinan escalas y relaciones en ámbito social, laboral, doméstico.

Sin embargo, tras estas consideraciones tan radicales, uno cae en la cuenta de que si bien esa mediocridad delata una degradación del proyecto moderno, frente a los nuevos enclaves suburbanos de oro y de lata, debemos reconocerle cierto papel positivo como prolongación de un tejido aún articulado, ligado a una dimensión del espacio público y de la convivencia, cual inesperada isla de resistencia ante la creciente amenaza de esa anti-ciudad –surgida de una especulación inmobiliaria asociada al pánico de la inseguridad-, que se podría bautizar como “arquitectura del miedo y la segregación”.

Y mientras en los márgenes florecen murallas, sistemas de circuito televisivo, alambres electrificados, cuerpos de policía privada y otras joyas del ingenio contemporáneo –o, en el extremo opuesto, la vivienda formal e informal de bajísimos recursos construida en series paramilitares-, incluso las expresiones menos idiosincrásicas de esta arquitectura de barrios burguesmente orgullosos contemplan formas de vida que evocan privilegios ya casi remotos: caminar por la calle, sentarse al aire libre, confiar en que no nos va a pasar nada al salir de casa, contemplar la posibilidad de un encuentro fortuito, ir de compras por el barrio, convivir razonablemente con el tráfico.

 

Negociaciones infinitas

Por su parte, los representantes de la arquitectura de ‘autor’ parecen haber tirado la toalla, limitándose a defender una mera superioridad intelectual ante sus pares declaradamente ‘empresariales’, con los cuales se confunden cada vez más, asumiendo en buena medida sus códigos y su pragmatismo proyectual.

“En la ciudad de México, las contingencias (…) establecen una situación donde la supervivencia se plantea como una negociación constante: con el gusto, con el poder, con el capital…”, afirman Jose Castillo y Aura Cruz, al presentar en el n° 30 de Arquine (2004) una selección de arquitectura reciente titulada: “nueva generación: negociar la ciudad”.

Negociar parece ser la palabra de moda en la arquitectura y el arte contemporáneos; un término que es todo un programa y que sirve, entre otras cosas, para justificar la neutralización de estéticas y lenguajes, de éticas y políticas, donde “cuestiones como lenguaje, verdad, belleza o moralidad no son cosas que posean una esencia.” Así, acorde con el credo posmoderno, parece no haber sustancias sino sólo atributos (para decirlo con terminología spinoziana). Lo que le sigue es que no hay hechos sino sólo interpretaciones; así, el que la Tierra gire o no alrededor del Sol estaría sujeto a una nueva hermenéutica que prescinde de las verificaciones.

Según los autores, negociar abarca la arquitectura como práctica artística y como disciplina profesional, enfatizando la “cesión de la originalidad como premisa del proyecto.” Una renuncia que hubiera hecho palidecer a los pioneros de la modernidad… y a los de la antigüedad: la arquitectura no como respuesta ligada a una ética y a una estética, sino a una estandarización definitiva.

Castillo y Cruz aclaran que “la intuición y la inspiración han cedido terreno a la racionalidad y a la búsqueda de eficiencia y efectividad.” ¿En pos de qué? La historia muestra demasiados ejemplos de eficiencia al servicio de causas nefastas, como para desconfiar de que esas nociones sean valores positivos en sí mismos. Pero, sobre todo, no se entiende por qué la intuición debería estar reñida con la racionalidad. Basta considerar cualquier obra de arte de cierto espesor para corroborar la falsedad de esa antinomia.

Sin embargo, ese discurso refleja en gran medida la actitud de gran parte de la ‘nueva generación’ -aunque no esté claro si será tal o si tendrá algo de nueva-, cuyas propuestas denotan un conservadurismo de filólogos fascinados por la efectividad formal, pero que, en esencia, no se diferencian de la mejor arquitectura comercial, como la que aquí publicamos.

 

Empresarios y artesanos

La vertiginosa evolución del mercado, junto con las transformaciones de lenguajes y formas de vida, está generando una mezcla de desorientación creativa y cínico pragmatismo entre muchos arquitectos ‘autores’, cada vez más dependientes de los grandes despachos comerciales para poder ejecutar sus proyectos. Y, dentro de sus gestos de formalismo espectacular, ni siquiera los arquitectos estrella parecen inmunes a esa dinámica.

Los derroteros de la arquitectura están padeciendo una polarización que, muy esquemáticamente, parece oscilar entre una praxis reflexiva-operativa casi artesanal –que se autoexcluye del circuito de las grandes obras-, con una incidencia más ejemplar que normativa, capaz de reivindicar un discurso riguroso y comprometido; o bien, renunciar a toda pretensión renovadora, para convertirse en empresarios lanzados a la conquista de un mercado cada vez más implacable, donde la exploración profunda de la experiencia espacial capitule ante “la negociación constante: con el gusto, con el poder, con el capital…”

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