21 enero, 2019

Un jardín de ideas. Conversación con Peio Aguirre

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Peio Aguirre (Elorrio, Bizkaia, 1972), es escritor, crítico y curador independiente. Es autor del libro La línea de producción crítica y está a cargo del Pabellón de España en la Bienal de Venecia de este año. Ha publicado en diversas revistas especializadas y en periódicos y desde el 2006 publica su blog Crítica y metacomentarioLa semana pasada estuvo en la Ciudad de México para participar en el SITAC XIV: De qué hablamos cuando hablamos de arte: discursos del arte, discursos del mundo. Conversamos con él sobre su trabajo crítico en general y su acercamiento a la crítica de arquitectura en particular.

 

¿Desde dónde ejerces tu labor crítica hacia la arquitectura?

Peio Aguirre: El lugar en el que centro mi práctica crítica es el arte. Pero de alguna manera, desde el arte, he ido explorando otros espacios culturales, sobre todo a partir del espacio de mi blog, que inicié en el 2006 como una iniciativa para explorar aquellas tendencias culturales o pasiones reprimidas por el trabajo en el ámbito de la crítica más profesionalizada, donde todo está compartimentalizado. Era una frustración mía en aquella época y el blog me permitió, desde ese punto donde la crítica amateur se regulariza y profesionaliza, aun sin un intercambio económico, empezar a escribir de cine, de música —especialmente música pop— y también a interesarme por la arquitectura y el diseño en paralelo al arte. Lo que da estructura a todos estos ámbitos es cierta idea de la Teoría crítica, siguiendo la línea de la Escuela de Frankfurt, en una versión completamente ad-hoc y no teorizada, sino intuitiva, que forma parte de mi bagaje intelectual.

Lo que más me interesa de la arquitectura y del diseño, tanto como del arte, es que son prácticas materiales en las cuales cuestiones de forma, de estilo y de historicidad, comparten problemáticas muy similares. Por eso mi acercamiento a la arquitectura es muy pasional, aunque no sea especializado. Voy encontrando algunos hilos que me permiten vincularme con una idea concreta. Por ejemplo, en un texto hablo del concepto marxista de la dialéctica a través de distintas arquitecturas de Aldo Van Eyck, especialmente el pabellón de Sonsbeek, en los que interior y exterior se mezclan. Son distintas situaciones teóricas que vienen determinadas por la arquitectura. Insisto que hay en esto algo de amateur pero al mismo tiempo pasional.

 

¿Esa es la principal diferencia entre tu trabajo como crítico de arte y tu crítica a la arquitectura?

Con el transcurso de los años me fui dando cuenta que aquello que Hal Foster definió como the art-architecture complex es un fenómeno ineludible hoy en día, pero que también se ha modificado. Foster habla todavía de una situación a partir de la idea de arquitectos estrella, como Zaha Hadid o Frank Gehry, arquitectos icónicos de un momento, y de las prácticas artísticas, sobre todo escultóricas, de los años 70, 80 e incluso de los 90, desde Richard Serra hasta Anish Kapoor. En la contemporaneidad creo que eso es diferente. Estamos ante un art-architecture complex versión 2.0 o 3.0, en el cual ya no es tan importante la relación con lo escultórico o la forma, o conceptos antes en boga como el pliegue o la torsión, sino que es un momento mucho más híbrido en el cual el concepto de arquitecto estrella se ha diluido y ahora muchos arquitectos tienen una relación con las artes plásticas que viene determinada por temas como el performance o, sobre todo, la cuestión del discurso y la discursividad. Eso esta generando espacios híbridos, polisémicos, en donde también me parece que se está dando una gran renovación de la crítica en arquitectura. Antiguamente, muchos arquitectos que ejercían la crítica o la escritura lo hacían porque le otorgaba cierta aura intelectual a su trabajo, que fundamentalmente se dirigía a la construcción. Ahora no, ahora hay espacios mucho más difíciles de rastrear pero mucho más interesantes.

Digamos, pues, que mi interés por la arquitectura es una extensión de la posición que juego en el arte, pero que establece conexiones con muchas otras disciplinas. Eso me recuerda a Mark Fisher, al que ahora se ha encumbrado como una especie de Walter Benjamin de los nuevos tiempos, y quien era principalmente un crítico musical. Un crítico musical tan especializado y específico, que pudo introducir otros referentes y otras metodologías, y así pudo convertirse en un crítico cultural. Evidentemente no me quiero comparar a Fischer, pero me sirve de ejemplo de una reivindicación de la potencialidad de la crítica para producir textos, discurso, teoría y, sobre todo, buena escritura.

 

Hablando de Fisher, en una conversación hace unos años, Jeff Kipnis, lo calificaba como un periodista, como si fuera algo de menor grado a un crítico o un teórico. Pero, ¿no hay algo en la velocidad del periodista para cuestionar lo que encuentra que ofrece otra posibilidad de crítica?

En la crítica de arte, por ejemplo, la crítica periodística tiene grandes dificultades para producir una diferencia en tanto discurso. Pero la música es un ámbito principalmente emocional, pasional, de construcción de subjetividad. Volviendo a Fisher, la música produce una subjetividad y un discurso pop y la crítica de música se plantea cómo ser también una crítica pop, que abreva de la cultura de masas. La música tiene un componente utópico en cuanto a que es capaz de generar una semilla de transformación en el propio sujeto, en el acto de escucharla y reflexionar sobre ella. Fisher sí es un periodista musical, pero que con el tiempo ensancha sus intereses y se convierte en un gran autor en otros ámbitos. Eso es distinto en la arquitectura y el arte, donde hay mayor desapego con el sujeto y la subjetividad. Siempre hay excepciones, claro. Por ejemplo, un crítico de arquitectura y diseño que a mi me interesa mucho es Deyan Sudjic, quien no es realmente un teórico y tiene un componente didáctico y popular, y podría ser un caso de periodista convertido en buen escritor. Al final es el propio texto el que se decanta hacia dónde quiere ir. En el caso de mi blog, es tan importante la cuestión de la forma como del contenido. Cuando digo forma no me refiero a estilo literario —porque los textos a veces están un tanto en bruto. Pero ha sido un espacio que, en los últimos diez años, me ha permitido cultivar un jardín de ideas apto para luego aplicarlas en otros lugares y también me deja concebir una línea de temáticas, muchas veces influenciadas por la teoría marxista o por la cultura popular. Es un tipo de acercamiento materialista a las producciones culturales que son importantes para mí.

 

Cuando hablas de una crítica amateur, pero pasional, me hace recordar lo que Derrida planteaba, por ejemplo cuando los arquitectos empezaron a cuestionarlo sobre la relación entre la deconstrucción y la arquitectura, sobre la incompetencia desde la que se permite hablar de otro modo sobre un conocimiento ya establecido.

Eso me interesa mucho. Yo estudié arte en los años 90 y de los primeros autores sobre arquitectura que leí fue a Peter Eisenman, en un momento en el que yo estaba muy imbuido en la teoría francesa, sobre todo en el discurso de Derrida, y esa no competencia me parece muy interesante. Más adelante, cuando descubrí el acercamiento de Fredric Jameson a la arquitectura, descubrí la potencialidad de una perspectiva dialéctica, brillantísima e inspiradora. Por eso digo que todos mis acercamientos a la arquitectura han sido puntuales pero, al mismo tiempo, sin complejos.

 

En un texto reciente sobre la exposición Architecture Effects, en el Museo Guggenheim de Bilbao, hablas de cierta relación entre interdisciplina e indisciplina.

Esa es una reseña hibridizada con reportaje e incluyo comentarios al libro de Foster, El complejo arte-arquitectura. Hoy en día el capitalismo fomenta que las cosas sean híbridas, multidisciplinares. Esto es algo que se ve muy claramente en el arquitecto contemporáneo. Es algo que ya se había producido en el arte. El ámbito actual de la arquitectura replica de cierta manera un momento que tuvo el arte en los años 90, con las prácticas neoconceptuales, la estética relacional o la introducción de la figura del curador. Los curadores tienen ahora cada vez mayor peso en la arquitectura, como fue antes en el arte. Vivimos en un proceso continuo de estetización del mundo y de la vida, donde la misma posibilidad de la plusvalía del arte es muy apetecible para un arquitecto. Se abren así al menos dos tendencias para los arquitectos: el performer y el discursivo. Digamos Andres Jaque y Markus Miessen.

También cito lo que escribe Foster del trabajo de Diller, Scofidio y Renfro: «¿Será que la interdisciplinareidad, que alguna vez se consideró transgresora, se ha convertido en algo casi rutinario, no solo en el mundo artístico y académico, sino también en la arquitectura y hasta en una norma del ‘nuevo espíritu del capitalismo’ que hoy campea —o sea, una economía en la que se nos invita (de hecho se nos insta) a conectar, a colaborar, a formar redes, etcétera?» Creo que es una buena manera de hablar de una exposición que no dejó contentos del todo ni a artistas ni a arquitectos, al quedarse en una tierra de nadie, acaso un síntoma de ese art-architecture complex versión 3.0. Vislumbro posibilidades de interactuar de otra manera con la crítica de arquitectura, por eso tenemos, con Andres Carretero, una plataforma para pensar en ello.

 

 

Se ha dicho que el papel del intelectual hoy ya no tiene sentido, debido a la manera en que las ideas circulan en las redes y otros medios. Tu, que tienes un blog dedicado justamente a la crítica, ¿qué piensas de eso?

El blog es un espacio obsoleto. Es una antigualla del pasado reciente. No es ni el espacio del papel ni tiene la inmediatez de las redes sociales —que, personalmente, creo no son el lugar para construir un discurso y ejercer la crítica, son, más bien, un lugar de diseminación, de difusión, pero no un espacio de creación per se. Muchos agentes culturales en Gran Bretaña, como el mismo Fisher, empezaron escribiendo en blogs. En diez años, eso desapareció. Pero también pienso que un crítico no puede estar centrado en un medio, pues al final el medio formatea al crítico. Piesno en alguien como Walter Benjamin, que escribía por dinero y publicaba en la mayor cantidad de lugares posibles. Esa dispersión tiene sus potencialidad: el crítico siempre permanece fresco, con cierta autonomía, y al mismo tiempo es más específico. Es una cuestión táctica: escribir al mismo tiempo en espacios conocidos y periféricos, por dinero y sin dinero, y eso me perece saludable para el crítico. Lo curioso es que hoy todas las discusiones sobre crítica terminan hablando de las redes sociales. En mi libro hay un capítulo sobre la blogósfrea y otro sobre Facebookritik, que quizá también ya resulta obsoleta. En las redes sociales se está viralizando la simplificación de las cosas. Y siempre hay que volver producir textos que cueste trabajo leer.

 

 

Abres tu libro con una cita de Benjamin: «el crítico es un estratega en el combate literario.» Benjamin también dice: «quien no pueda tomar partido, debe callar» y concibe, quizá, al crítico como partisano.

Hoy en día es cada vez más difícil tomar partido —sobre todo en las redes, por las consecuencias que tiene. Vivimos en todas partes una situación política difícil. Y está el fantasma de la situación política de entre guerras que se usa con demasiada facilidad. También está, por otro lado, la concepción de la práctica artística y de la crítica como una toma de posición política en sí mismas. Gran parte de mis lecturas vienen de una tradición marxista, pero no me gusta hacer grandes consignas. Me gusta reivindicar y volver a hablar de prácticas y potencialidades. Provengo de un contexto como es el vasco donde vivimos una juventud muy influenciada por la violencia y la política, y mucha gente en el ámbito de la cultura desarrollamos técnicas de escapismo, dialécticas, no para mantenernos al margen, sino en un lugar propio frente a los relatos existentes. Eso es muy importante hoy que la esfera pública ha cambiado y se refuerzan discursos como los de identidad, por ejemplo. Si es cierto que no hay lugar ya para lo que antes se concebía como intelectuales, también lo es que podemos actuar como micro-intelectuales.

 

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