7 enero, 2014

Últimos Martinis con Humberto

por Juan Carlos Cano | @canoveraoo

El 7 de enero de 2013 murió Humberto Ricalde. O pudo haber sido el 5, no lo sé. El viernes anterior había convocado a varios amigos a tomar unos tragos al bar Felina. Lo rutinario era emborracharse con Humberto, lo inusual era la insistencia con la que quería ver a todos sus cómplices reunidos. Uno a uno iban llegando y Humberto se quejaba de los que todavía no lo hacían. “Ya he perdido poder de convocatoria”, decía con esa voz gangosa, entre duende y demonio. En la pequeña barra, sentado de espaldas al barman, Humberto pedía martinis secos y no paraba de conversar. Que si el edificio de la Menil Collection demostraba la perfección constructiva de Renzo Piano, que si Zaha la gorda le contagiaba traumas corporales a sus edificios, que si Mauricio Rocha estaba perdiendo el piso, que si los arquitectos iban a reaccionar como siempre lo hacían ante el nuevo sexenio político mexicano. Los chismes cotidianos. Mientras bebía su martini, el barman preparaba tragos para los demás y los colocaba en la barra. Humberto se robaba los tragos ajenos que estuvieran a su alcance y al primer sorbo le reclamaba al barman que él había pedido un martini seco y no una pinche margarita.

Los amigos aparecían y desaparecían. Risas, gritos, cábula y, al centro de la conversación, Ricalde con sus comentarios implacables, dardos certeros que podían ir dirigidos a cualquier arquitecto afamado, a los horrores de la burocracia académica o al ingenuo, conocido o desconocido, que tuviera frente a él en ese momento. La hipocresía nunca fue una de sus virtudes. La hipocresía, uno de los elementos necesarios para moverse dentro del mundillo arquitectónico local. De hecho, a pesar de ser uno de los arquitectos más respetados entre sus congéneres, Humberto sabía que jugaba en desventaja, que jamás iba a ser aceptado del todo, que para sobrevivir y destacar había que navegar sonriendo ante las gracias de los mediocres y que no estaba dispuesto a hacerlo. Esta fue una de las razones, además del entendimiento de que su espíritu caótico no le hubiera permitido tener un despacho propio, por las que prefirió asociarse con aquellos cercanos a él que sabían dominar el juego, aquellos con los que existían ciertas afinidades electivas y que le darían la libertad de opinar e influir desde un segundo plano. Varios socios a lo largo de su vida le dieron esa oportunidad, Félix Sánchez, López Baz y Calleja, Moisés Becker, Alberto Kalach, Walter Lingard. Los cómplices, los que sabían cómo manejar los hilos de ese mundo real que a Humberto le daba una pereza insoportable, los que se llevarían los créditos y las palmas, mientras que reconocerían la influencia del consigliere. Ricalde comprendía que su valor no estaba en el hecho de firmar tal o cual obra sino en moldear el pensamiento de aquellos que tenían la capacidad suficiente para modificar el curso de la arquitectura mexicana. Nunca iba ser un arquitecto estrella sino el razonador detrás del escenario, el mercenario que no traficaba con fama, dinero o prestigio, sino con pura honestidad intelectual. Así Humberto Ricalde, el borracho incómodo, el maleducado, el sátiro, el mercenario que jugó limpió hasta el final.

Christopher Hitchens, el escritor inglés, murió en 2011. Un cáncer en el esófago lo tomó por sorpresa para el deleite de todos los creyentes a los que había hostigado. Hitchens, polemista implacable, era un ateo confeso que había sido adversario de todo tipo de religión y que siempre ponía en ridículo a sus fervientes opositores. Cuando agonizaba, muchos esperaban que se arrepintiera, rezaban por ello, sin embargo, en su último libro, Mortality, dejó claro que no lo haría y que ni se les ocurriera inventar que al final de sus días se había acogido a los brazos de dios. Más bien asumía con gracia sus convicciones: “A la estúpida pregunta de ¿por qué a mí? el cosmos apenas se toma la molestia de responder: ¿por qué no?”. El paralelismo con Ricalde es claro, alguien que está consciente de que le quedan pocos días de vida, que no va a dejar de lado sus principios y que además no va a desperdiciar ni un segundo del tiempo que le quede. Hitchens, en el prólogo (escrito cuando ya sabía que estaba enfermo) a su libro de memorias, Hitch-22, incluyó un epígrafe de Píndaro: “No aspires a la inmortalidad, pero agota con todas tus fuerzas los límites de lo posible”. Humberto también estaba enfermo, había superado casi del todo un cáncer de próstata, sin embargo esto no lo hizo cambiar su rutina intensa, sus excesos. Sabía que no hacía lo correcto, que no se cuidaba como cualquier persona sensata lo hubiera hecho, pero ¿acaso alguna vez en su vida había seguido las reglas?

Agotar los límites de lo posible en el vocabulario de Humberto era ejercer la doble disciplina, trabajar sin parar y vivir sin parar, aunque en realidad trabajar y disfrutar la vida sólo eran pretextos para algo más importante, conversar, discutir, pensar, crear. Ya habría tiempo para el descanso. Aquel viernes, entre un martini y otro, Humberto no se cansaba de repetir: “Me voy a morir y todos ustedes me van a extrañar, bola de cabrones”. Era algo que venía diciendo desde hacía tiempo, como si supiera algo que nadie más podía entender. Yo no creía que se fuera a morir, pensaba que ese viejo diablo correoso iba a durar al menos siglo y medio. Pues no, el diablo se murió. Y la bola de cabrones lo extrañamos. De algún modo, su muerte fue una especie de suicidio aleatorio, no se sabía ni cómo ni cuándo ni dónde sucedería, pero el aviso estaba dado, la dados sólo esperaban las rutinas del azar. Era un punto final que Humberto no iba concederle a nadie. Como en algún lado escribió Franz Kafka: “La criatura humana, frívola, ligera, como el polvo, no soporta ataduras; y si se las impone ella misma, pronto, enloquecida, comenzará a tironear hasta despedazar murallas, cadenas y a sí misma.” Ni dios ni el diablo tenían derecho a decidir nada. Mucho menos Ricalde. Y sabemos que la inmortalidad es una mera ilusión.

Humberto Ricalde escribió poco. Cada vez que alguien le insistía que debía escribir un libro de ensayos o que recopilara sus artículos ya publicados, un pudor extraño lo absorbía e intentaba desviar la conversación. Méritos y lucidez no le faltaban, temas tampoco. Él era consciente de ello, sin embargo, parecía como si el sarcasmo actuara en su contra y se proyectara en una autocrítica paralizante, como si esa lucidez extrema lo volviera más dubitativo al tener que afirmar algo por escrito y posteriormente querer contradecirlo. Humberto tenía la excepcional virtud de saber dialogar. Podía afirmar algo con contundencia, luego escuchar la opinión contraria y si encontraba sensatez en ella, cambiar su postura original. Eso provocó que su pensamiento crítico se fuera modificando con el tiempo y no dejara de perder vigencia.

Al analizar en retrospectiva el pensamiento de algunos de sus contemporáneos, es posible observar lo anacrónico de muchas de sus afirmaciones, es fácil encontrar aquellos discursos que sólo eran repeticiones de lo que estaba de moda en ciertas épocas. Con Ricalde sucede lo contrario, sus opiniones se fueron moldeando e incluso contradiciendo con el tiempo sin perder nunca el eje de su discurso: el valor de la modernidad arquitectónica y su continuidad. Bajo su óptica, la arquitectura no puede perderse en gestualidades triviales ni en reinterpretaciones posmodernas o discursos excesivamente intelectualizados, más bien debe concentrase en una reflexión tectónica que incorpore el rigor constructivo, la coherencia lingüística y material, la atención al lugar, a la cultura y al momento histórico. Eso es ser moderno. De ahí sus afinidades, Alvar Aalto, Carlo Scarpa, Louis Kahn, Augusto Álvarez, Luis Barragán, Juan O’Gorman, Ramón Torres, Peter Zumthor. Maestros de la poética contemporánea a los que Ricalde diseccionaba hasta el último milímetro y de los que siempre sacaba algo nuevo, algún detalle que se le había perdido en la cirugía anterior.

Sin embargo, la razón más probable por la que Ricalde no haya escrito demasiado, es que entendió que la única manera en la cual él podría transmitir su pasión por la arquitectura no era el lenguaje escrito sino la oralidad. Creía en la enseñanza y estaba convencido de que la mejor manera de contagiar algo es a través de la palabra, de sus distintas entonaciones, sus gestualidades, de caminar, ver, oír, tocar. La arquitectura sólo se entiende cuando se recorre, cuando se respira; es un oficio que no se puede transmitir a través de planos y fotografías, es más bien un oficio que necesita el instinto del cazador y eso sólo se aprende por contagio y disciplina, por el diálogo paciente entre maestro y aprendiz. Humberto fue de los pocos que siempre apostaron por las nuevas generaciones, lo siguió haciendo hasta el final con un ojo atinado, siempre intentando mantener la objetividad. Si bien es cierto que era implacable y brutal con sus críticas también era muy generoso con los elogios cuando el trabajo de alguien lo emocionaba. Podía criticar ferozmente la obra de los amigos y ensalzar a sus enemigos con igual entusiasmo. Una plática de Ricalde era un deleite, una visita a una obra cualquiera también. Su incontinencia verbal y su histrionismo se combinaban para dar clases caminando sobre las mesas de los alumnos, bajo las mesas de las cantinas o abriendo cajones y probándose las botas de montar de Luis Barragán para terminar afirmando que sin duda le quedaban muy grandes.

A fin de cuentas, Ricalde fue esa clase de poeta que se encuentra a medio camino entre el bufón y el sacerdote. El sacerdote que cada mañana hace gimnasia dando un sermón desde un púlpito escolar, que nunca acepta prebendas ni placas con su nombre en salones universitarios porque entiende que los homenajes deben reservarse para la paz interior de los viejos vanidosos. El bufón, como aquel del Rey Lear, que es el único que le dice la verdad al rey, que se puede burlar a carcajadas de la estupidez de los poderosos. O mejor aún, como aquel personaje de Moby Dick, Pip, el negro loco consentido del capitán Ahab, al que toda la tripulación consideraba un idiota pero mediante el cual Ahab vislumbraba la sabiduría y entendía que “la locura del hombre es la sensatez del cielo”. Todo para después intentar cargarse una ballena blanca.

A medida que los martinis se multiplicaban aquella noche en el bar Felina, los amigos desaparecían. La noche cansa. Era una escena frecuente en las borracheras de Humberto, llegaba el momento en que era necesario abandonarlo, algunas veces en el Ardalio, otras en el Casablanca, o en casos más extremos, cuando se ponía insoportable, había que bajarlo del coche en plena lateral del Viaducto o sacarlo a empujones de alguna casa ajena. Otras veces simplemente desaparecía con un “adiós” indignado y se le podía ver caminando con las manos en los bolsillos o subiéndose a su Sedán, el vocho negro de la arquitectura mexicana. Sabíamos que reaparecería puntual en su clase de las siete de la mañana. Uno a uno, cansados, lo fuimos dejando. Al final, cuando los últimos lo querían acompañar a su casa, unos jóvenes lo interceptaron y se quedó con ellos a continuar su prédica. Que se cansen los viejos. De ahí en adelante sólo queda imaginar la escena. El viejo incombustible que camina con las manos en los bolsillos. Gira en cualquier esquina. Desaparece por siempre. No sé quién haya pagado los martinis.

(P.S.  En Hitch-22, Christopher Hitchens incluyó, como otro epígrafe, el final de Death’s Echo, el poema de W.H. Auden. Muchas veces me ha parecido que este poema podría ser el retrato de los últimos días de Humberto Ricalde, o quizá una más de sus lecciones. Creía que era excesivo poner otra referencia a Hitchens, pero qué más da, estamos hablando de gente excesiva.)

 

So dreamer and drunkard sing,
Till day their sobriety bring:
Parrotwise with Death’s reply
From whelping fear and nesting lie,
Woods and their echoes ring.

The desires of the heart are as crooked as corkscrews
Not to be born is the best for man
The second best is a formal order
The dance’s pattern, dance while you can.

Dance, dance, for the figure is easy
The tune is catching and will not stop
Dance till the stars come down with the rafters
Dance, dance, dance till you drop.

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