4 agosto, 2017

Transportes felices

por Christian Mendoza

En la novela Neuromaner (1984) de William Gibson, la primera entrega de la trilogía Sprawl, el autor describe una ciudad ficticia llamada Chiba, un territorio que entiende los cuerpos de sus habitantes a través de la ilegalidad y del capitalismo. Los cirujanos pueden incapacitar corporalmente a los empleados de las múltiples empresas del mercado negro o bien implantarles ya no dispositivos que puedan incrementar su eficiencia, sino los logotipos de las marcas para las que estén trabajando. También, la vivienda más barata es aquella que se adapta al cuerpo, como si se tratara de un ataúd (de hecho, a esas habitaciones se les nombra coffins, ataúd). Pero una de las aristas más impresionantes de Chiba es su paisaje: una acumulación de desperdicios tóxicos en la que sobresalen aquellos espacios destinados a la felicidad y al descanso, espacios que físicamente lucen como escaparates sobresaturados y cuya operación está centrada en el artificio. Sobre esa gran mancha de carbono que es Chiba, de cuando en cuando aparecen ciertas mutaciones que vuelven más monstruosa a la ciudad, parches decorativos que la vuelven más fotogénica.

 

Trazando las debidas distancias entre Chiba y el Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México, podríamos decir que este sistema de transporte albergaba la misma acumulación de desperdicios y de ilegalidad, una acumulación tan organizada que llegó a representar la principal posibilidad para la economía informal de la capital. Las medidas fueron tomadas y las autoridades del metro lograron mitigar, si no es que limpiar del todo en algunas estaciones, el comercio que sostenía precariamente a una cifra importante de personas, pero sin que fueran recolocadas en un empleo que les permitiera sustituir horas de jornada subterránea por horas de jornada terrestre. No sólo fue extirpado un comercio, también fueron retirados cuerpos para que los usuarios formalizados (y probablemente no menos precarios) pudieran tener un trayecto mucho más cómodo, más placentero, más feliz.

Además del comercio informal, una de las constantes del metro era la muerte. En una nota del 19 de julio de 2011, Excelsior reporta que sucedía un suicidio cada diez días. Se le solicitaba al entonces alcalde Marcelo Ebrard que tomara medidas para disminuir la tasa de sucidios, un problema humano al tiempo que de operatividad: un suicidio bloquea por algunas horas el tránsito de los trenes y un alentamiento, por mínimo que sea, colapsa varias estaciones. Seis años más tarde, Jorge Gaviño, el director del STCM, lanza una campaña llamada Salvemos vidas que consiste en crear ambientes apacibles en las estaciones que reportan una mayor tasa de suicidios. Estas estaciones mantendrán en sus bocinas música apacible y luces que generen sensaciones de calma, además de programar exposiciones de arte y charlas terapéuticas.

 

La percepción que tienen las autoridades del metro sobre el suicidio, más que ingenua, es obscena e insensible. A la manera de los espacios de felicidad de Chiba, se pretende construir algo tan intangible y decorativo como un “ambiente” que detenga la depresión, como si los suicidas fueran una suerte de subnormales a los que se les puede disuadir con música “linda” y luces de colores, como si la depresión se resolviera con artificios, como si la depresión fuera más bien un problema de higiene para la ciudad y no una situación más concerniente a la salud mental. En este arranque de interioristas por parte de las autoridades del metro, el bienestar es una escenografía que busca evitar entorpecer el tránsito de los trenes: el suicida se sentirá feliz en la estación que aborda, irá a su casa y ahí, en la tranquilidad de su espacio doméstico, es donde podrá quitarse la vida.

Pareciera que existen cuerpos que no funcionan para la maquinaria de la capital, tanto en las inmediaciones del metro como en los exteriores. Los comerciantes y los suicidas son ejemplos en el STCM. El campamento de indigentes en la calle artículo 123 fue retirado también, y en el lugar que antes funcionaba como vivienda para ellos, ahora se celebran exposiciones públicas de arte. Todo sea por ese bienestar que vuelve un poco más monstruosa a la Ciudad de México.

Imagen actual del lugar donde se encontraba el antiguo campamento de Artículo 123

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