29 agosto, 2016

Transformar lo pesado en ligero. Conversación con Gilles Lipovetsky

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El más reciente libro del filósofo francés Gilles Lipovetsky se titula De la ligereza, hacia una civilización de lo ligero, publicado en español por Anagrama. Lipovetsky, autor, entre otras obras, de La era del vacío, El imperio de lo efímero y La felicidad paradójica, dice que “en el corazón de la era hipermoderna se afirma por doquier el culto polimorfo de la ligereza,” tanto en el sentido propio como figurado del término. La idea de lo ligero puede entenderse tanto como un elogio de lo simple, de aquello que ha sido depurado de todo lo innecesario, como un desprecio a lo que, por sutil, olvida la profundidad. Tomarse las cosas a la ligera y viajar —o vivir— ligeramente no son necesariamente lo mismo aunque en algunos puntos coincidan. “No hay una ligereza, dice Lipovetsky, sino ligerezas que obedecen a principios y objetivos que no se parecen entre sí.”

El capítulo sexto de su libro lo dedica a la arquitectura y al diseño: una nueva estética de la ligereza. Explica ahí como en un principio “la conquista de la ligereza en el mundo de las cosas materiales” comienza con nuevas técnicas y materiales, primero, y sigue con “un nuevo enfoque de lo arquitectónico que, sometiendo la forma a la función, destierra el pleonasmo de los adornos, las molduras y las curvas, y la reproducción de los estilos históricos,” para terminar privilegiando “formas elementales, las superficies lisas, las líneas geométricas, los colores puros y las razones geométricas exactas.” Es un rechazo de la gratuidad, una búsqueda del purismo —como calificó en principio Le Corbusier a su propia obra— que no estaba desprovista de cierto dejo puritano. De esa primera arquitectura moderna y su concepción de lo ligero se pasó a otra donde se privilegió la flexibilidad y la fluidez. Ahí coloca Lipovetsky a Wright y su arquitectura orgánica, donde “el dinamismo vence al estatismo” y “la ligereza ya no es el resultado del desnudamiento geométrico sino del movimiento de la vida, de su dinamismo y plasticidad.” Según Lipovetsky, hoy “estamos en el momento en que la ligereza se fusiona con las formas inverosímiles y esculturales,” de una arquitectura que se asume como “crítica de la materia” y “de superficie.” Una “arquiescultura:” en la era hipermoderna, “el adorno ya no es un elemento añadido ni una floritura localizada: es el edificio en su imagen y organización de conjunto lo que se impone como adorno global unitario.”

En una entrevista anterior, a la pregunta de si todavía hay muestras de alta cultura bajo el imperio de la ligereza, afirmó que hay ejemplos en la literatura, en las ciencias y, sobre todo, en la arquitectura y el cine. ¿Tiene que ver algo el que éstas últimas sean formas artísticas producidas industrialmente con el hecho de que produzcan, excepcionalmente, ejemplos de alta cultura?

No tengo una respuesta a esa pregunta. Es una observación que hice: en ese plano, de la arquitectura y el cine, la alta cultura no ha muerto. No es forzosamente porque exista una liga con la producción industrial, pues esto más bien genera productos en masa. De hecho podemos decir que tanto la arquitectura como el urbanismo hoy sean encantadores. Cuando hablé de creatividad arquitectónica es en edificaciones excepcionales. Cuando el edificio es realizado de manera industrial es bastante monótono. Incluso le podemos dar vuelta al argumento porque, por ejemplo en la industria del cine, hay tanta necesidad de rentabilidad que se producen películas repetitivas, pues cuando se ha encontrado un fórmula se repite para intentar atrapar al público: se hace Batman 1 y luego 2, 3, 4. Y no son necesariamente malas, pero no es alta cultura. En cambio hay películas egipcias, rumanas, argentinas que son excepcionales, realizadas con pequeños presupuestos. Entonces no es por ser artes industriales que sean creativos, puede ser a la inversa, aunque no forzosamente. Creo que en esto no hay ley.

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En su libro cita una plática entre Jean Baudrillard y Jean Nouvel que se publicó con el título de Los objetos singulares. ¿Todo objeto singular es, necesariamente, espectacular?

Sí, claro. Porque si hacemos todo el tiempo lo mismo tendrá poco efecto espectacular, excepto en Las Vegas, que tiene por otro lado un efecto interesante: se hace una Torre Eiffel y se presenta como una copia que es interesante porque se asume como una copia. Pero la singularidad no es, como en el caso de Jean Nouvel, un efecto necesario de obras espectaculares. Al ver la Fundación Cartier, en Paris, por ejemplo, es una arquitectura muy sutil que juega con la diferencia entre interior y exterior, la naturaleza y el espacio interior, los reflejos, pero al caminar por la calle vemos un muro: no hay nada espectacular. No es el Guggenheim de Bilbao: eso sí es espectacular. Sé que a los arquitectos en general no les gusta lo espectacular, pues consideran que es algo gratuito. Pero pienso que hay que reflexionar sobre el carácter espectacular de la arquitectura: no es como el cine, tiene una función en la ciudad. La ciudad necesita emblemas, polos fuertes. He escuchado a algunos arquitectos que denuncian a Frank Gehry porque “es como un escultor,” porque su arquitectura es un tanto gratuita, lúdica, y le falta fuerza. Yo no comparto esa opinión. El Guggenheim de Bilbao es un ejemplo de una arquitectura que fue capaz de cambiar una ciudad. Es un efecto considerable: pocas creaciones artísticas pueden reclamar el honor de haberlo hecho —la Torre Eiffel, tal vez, pero era para una exposición con otras condiciones. Aquí, el gobierno de la ciudad llamó a Gehry y él realizó una obra maestra y desde entonces se ha convertido en una de las ciudades más interesantes de España y del mundo, desarrollando barrios y una arquitectura creativa. Por eso no creo que haya que ser tan severos respecto al espectáculo cuando es magnífico como en Bilbao. La pirámide del Louvre de Pei, es menos espectacular pero de cualquier manera cambió la imagen del museo, atrae a los turistas.

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Los arquitectos a veces no buscan más que la racionalidad y la coherencia de la obra. Pero la arquitectura también son símbolos. De hecho en la cultura es un símbolo fantástico, pues es un arte que es visible para todos, incluso si es privado es la ciudad y la ciudad es algo colectivo. Si seguimos ese tipo de críticas, tendríamos una ciudad funcional para los habitantes. La intención tiene nobleza, pero al mismo tiempo sería una ciudad triste sin algunas locuras. El museo de Gehry es una locura, pero esa locura es lo que lo hace singular, poderoso. bello. No estoy de acuerdo en denunciarlo por ser la obra de un artista. Lo es, pero es una obra de arte que está a la vista de todos. En ese caso estoy a favor de la singularidad: nos hace falta singularidad. En mi ciudad, Grenoble, construyeron hace unos años un museo que es muy bello pero no es singular. La arquitectura permite que la gente habite, pero hay más que eso. La máquina de habitar de Le Corbusier no es lo que busca la gente. Es más bien Heidegger quien tuvo razón: habitamos poéticamente. Está la imaginación. Y me parece que los arquitectos que critican lo espectacular no aprovechan las consecuencias de eso. En Lyon hay un nuevo museo, el Museo de Confluencias —diseñado por Coop Himmelb(l)au— es típicamente una arquitectura deconstuctivista y costó una fortuna. Pude gustarnos o no, pero cambió totalmente el barrio. Es creativo. A partir de su construcción se desarrollaron nuevas zonas y da una imagen moderna a la ciudad. Creo que eso nos hace falta en un mundo de flujos desmaterializados, donde todo pasa por las pantallas, la arquitectura tiene el mérito extremo, sublime, de revalorar lo sensible, el espacio. No un espacio virtual: el espacio urbano. Me gusta la arquitectura y creo que ahí es donde se darán los efectos más prometedores para el futuro. La arquitectura cambia el espacio y eso hace que sea alta cultura.

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El capítulo que le dedica a la arquitectura y al diseño en su libro es, de algún modo, una historia de la ligereza en la modernidad en la que se reconocen, al menos, dos fases: una idea de la ligereza purista y casi puritana y otra, contemporánea, más lúdica y hedonista.

Ese capítulo me apasionó. Es tal vez el que más me interesó. Al ver la historia de la arquitectura moderna vemos que sigue un ideal funcionalista. Con Loos, por ejemplo, hay un puritanismo dudable. El rigor dio ejemplos soberbios, como la Villa Savoya de Le Corbusier, que no es tan puritana, aunque tiene su lado austero. Esa arquitectura sigue principios de economía de medios, de rigor, de funcionalidad: hay que eliminar todo el ornamento. Hacía falta una arquitectura que fuera como una máquina, con una lógica de ingeniero. Todo funciona y no hace falta nada más. Hay que aligerar eliminando. El resultado no fue siempre ligero. Si vemos las obras de Loos no es ligero. Ese funcionalismo que pudo llegar hasta el minimalismo, como en los rascacielos, que son a la vez pesados y ligeros. Son ligeros porque se elevan a los cielos y al mismo tiempo hay algo aplastante en ellos, sobre todo en los años 50. Mies van der Rohe y la imagen de su torre de vidrio que diseñó en los años veinte aunque no se construyó: less is more, sí. Pero hoy, el minimalismo no ha muerto. Muchos diseñadores y arquitectos ven en el minimalismo, en lo menos, al poder y el equilibrio, la belleza. Y es cierto. Hay cierta belleza mínima, ascética. Una belleza zen —no cisterciense, no hay que exagerar. Al mismo tiempo, desde el posomodernismo, está la idea de que less is more es falso: less is bore. Es repetitivo: cubos. Una arquitectura sin alma. El posmodernismo de los años 70 y 80 buscaba revalorar la tradición, el pasado, la decoración. Eso fue una moda. Pero hoy tenemos de un lado el minimalismo y corrientes deconstructivistas o que no son ni lo uno ni lo otro —pienso en algunos como Toyo Ito, Zaha Hadid, SANAA— que trabajan sobre la transparencia. Este momento no es tampoco lúdico. Lo lúdico fue también algo que se dio con el posmodernismo: el guiño, hacer plazas a la italiana, los plagios, el segundo grado. Pero la arquitectura divertida tomaba el modelo de Las Vegas y eso está bien para la entrada a un Centro Comercial o un parque de diversiones, pero no hace una ciudad.

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Me parece que la arquitectura ya no es puritana ni austera en el sentido en que los arquitectos están más preocupados por la lógica de sus edificios que por el impacto en lo vivido. Sé que Le Corbusier no decía eso: habla del sol, del aire, pero eso tuvo como resultado un funcionalismo muy discutido. La ciudad funcionalista es una pesadilla: son los suburbios de los años 60, las ciudades dormitorio. Tal vez Le Corbusier no quería eso, pero eso el resultado, el funcionalismo estricto, a mi parecer es un fracaso. La prueba es que hoy los demolemos. Buscamos algo a escala humana. Tal vez la Unidad Habitacional en Marsella esté bien, pero si generalizamos ese tipo de bloque, el resultado a mis ojos no es una ciudad deseable. Pienso que hoy buscamos arquitecturas complejas. Lo complejo agrupa tanto a Toyo Ito, a Zaha Hadid o a SANAA, pero también a Portzamparc, con una dimensión de la sensualidad que antes no la encontrábamos. Nos pueden gustar los rascacielos de los años cincuenta, pero no son sensuales: son fálicos. Las formas curvas de Zaha Hadid son formidables. Nos abrimos a arquitecturas múltiples, una diversidad posible que no permitía el funcionalismo. Hoy podemos hacer eso y hacer otras cosas. Por eso creo en la arquitectura del futuro: porque permitirá estéticas diversas, muchos tipos de arquitectura. La primacía de una geometría no permitía gran cosa. Hoy no hay un imperativo y se abre oportunidad al talento. La diversidad no produce necesariamente grandes obras, pero puede permitir cosas singulares.

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