15 mayo, 2018

Tom Wolfe: conservadurismo pertinente

por Christian Mendoza

 

El final de la década de 1960 trajo en Estados Unidos una reforma del periodismo. Después de la corresponsalía de guerra comenzaron a aparecer otros tratamientos temáticos. La contracultura hippie, la experimentación con nuevas drogas, la revolución sexual, los movimientos contra la discriminación racial y la vida de las provincias (territorios aparentemente ajenos a las grandes modificaciones urbanas) fueron los nuevos puntos para incidir, al tiempo que se experimentaba con la narración de sueños y de otras disrupciones mentales sobre el texto periodístico. En 1965 se publicaba In cold blood de Truman Capote, Joan Didion entregó en 1968 Slouching Towards Belem, y ese mismo año aparece The Kool-Aid Acid Test de Tom Wolfe, libro que terminaría por definir el “Nuevo periodismo” y que iniciaría una prolífica carrera que revolucionó el hecho de “reportar” una época tan convulsa. Aunque Tom Wolfe fue una voz singular en este panorama. Con su permanente traje blanco, más parecido al de un hacendado sureño que al de un dandi modernista, Wolfe sospechó, con dosis más altas de sentido del humor que de análisis político, de las Panteras Negras y de su movimiento. Asimismo, el autor escribió en varios ensayos sobre arte que “todo era mejor en el pasado” y la arquitectura no quedó exenta.

En 1909, el vienés Adolf Loos declaraba que el ornamento arquitectónico era un crimen. En 1981, Wolfe publicaba en Harper’s Bazaar el ensayo From Bauhaus to Our House, traducido al castellano como ¿Quién teme al Bauhaus feroz? El texto pretende ser un manifiesto estético. Wolfe, continuamente, se burla de las cajas de cristal “a la Mies [van der Rohe]” que comienzan a poblar las avenidas neoyorkinas, espacios que no dejan oportunidad para que, siquiera, sus habitantes pongan flores o cualquier otro objeto que signifique color. Para Wolfe, la arquitectura moderna contiene una asepsia soporífera, además de que encarna un signo económico: el nuevo burgués sólo la compra, pero no la entiende. Pero, justo después de este pronunciamiento, se asoma la ideología: “La relación del arquitecto con el cliente en los Estados Unidos me parece hoy asombrosamente excéntrica y rayana en la perversión. En el pasado, los que encargaban y financiaban los palacios, las catedrales, los teatros de opera, las bibliotecas, las universidades, los museos, los ministerios, las terrazas columnadas y las villas con alas no vacilaban en transformar estos edificios en imágenes de su propia gloria”. Más adelante, Wolfe nos dice: “Pero después de 1945, nuestros plutócratas, burócratas, presidentes de consejos administrativos, funcionarios de cultura, patrocinadores, contratistas y rectores de universidad sufrieron una mutación inexplicable. Se volvieron tímidos y vacilantes. De golpe, todos estaban dispuestos a recibir ese vaso de agua fría en la cara, esa reprimenda a la esterilidad del propio espíritu burgués, esa implacable bofetada en la boca que se ha llamado arquitectura moderna”. La recepción de From Bauhaus to Our House fue negativa. Los críticos de arte contemporáneos a Wolfe dijeron que, una vez más, el señor opinaba de lo que no sabía. Y Wolfe opinaba mucho.

Si somos ligeros, podemos decir que la postura de Wolfe respecto a la arquitectura moderna es más bien problemática. También es verdad que fue un conservador estético y que fue de esa rara especie de conservador que también se expresó con inteligencia y causticidad: un conservador diletante. A varios años de distancia escuchamos a youtubers como Paul Joseph Watson, inscritos en la violencia de la alt-right estadounidense —sí, la que proclama que lo “políticamente correcto” es una forma de censura a la clase privilegiada; la que ha propuesto categorías como “discriminación a la inversa”—, denunciar “la farsa de la arquitectura moderna”. Conviene preguntarse si una crítica como la de Tom Wolfe, tan conservadora como es, podría ser posible de nuevo.

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