5 noviembre, 2013

Todo interior

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera» La casa de Asterión. J.L.Borges.

En 1949 el escritor argentino publica El Aleph que recoge 17 distintos cuentos capaces de distorsionar la noción misma de realidad desarrollando a través de sus páginas diversos mundos imposibles. Uno de ellos, La casa de Asterión, nos aproxima a la primera construcción –o una de las primeras– de la que conocemos el nombre de su arquitecto: Dédalo – al menos si nos referimos en términos mitológicos. Él es diseñador y constructor del laberinto, y que Borges nos expone como una inmensa e inabarcable casa dotada de infinitas puertas sin cerraduras, carente de mobiliario y en la que se duplican pasadizos, corredores o patios. Este espacio, al tiempo finito e infinito, es casa y prisión del Minotauro, en la medida que su función es atrapar en su interior al monstruo, construyendo un umbral llevado al extremo en el que las nociones de dentro y fuera, aun distinguibles, importan poco, pues, en un laberinto, el afuera carece de absoluto sentido y todo el universo del ser monstruoso se encuentra dentro de los límites impuestos por el arquitecto. Así, en él, todo es interior. Poco importa que este espacio contenga otros espacios, como fuentes o arboledas – quizá otros laberintos – todo está contenido en un mundo dentro del mundo. Ciertamente existe un afuera, pero queda prohibido al habitante.

¿Pero que pasaría hoy si Borges quisiera imaginarse la casa de Asterión? ¿Dónde encontraría hoy esa posibilidad mitológica? Posiblemente debiera darse cuenta, tal y como apuntaba Toyo Ito en su conocido Escritos que la casa ha explotado y se ha dispersado a través de distintos espacios de la urbe, en la que “todos los habitantes de las ciudades grandes están obligados a disfrutar, sin más ni más, la vida de tipo collage basada en tal experiencia simulada. Los actos que se deberían realizar dentro de la vivienda se van extrapolando al espacio urbano” donde “espacio urbano está absorbiendo al de la vivienda” (1) o lo que es lo mismo, la vivienda absorbe al espacio urbano hasta integrarlo como parte de ella. La casa se ha esparcido por la ciudad que pasa a ser, en su conjunto, un espacio doméstico. No es extraño que el arquitecto japonés lo apuntara observando la megalópolis de Tokio. Un lugar donde el exterior, como le ocurriera a Asterión, parece imposible de alcanzar.

Toda la ciudad es un enorme interior.

Parte de la arquitectura doméstica japonesa actual, la que llega al menos en las revistas de arquitectura, parece realizar su reflexión a propósito de la (in)definición de sus límites, en los que los clásicos dilemas duales de fondo-figura, dentro-fuera, público-privado, mueble-inmueble, etc., se diluyen a partir de la ambigüedad de su formalización espacial y programática. La arquitectura se obsesiona por desaparecer entre la masa del laberinto que es la ciudad, disolviéndose hasta hacerse nada. Sirva de ejemplo la casa Moriyama de Ryue Nishizawa, discípulo de Kazuyo Sejima cuyo maestro fuera el mencionado Toyo Ito. En esta ¿vivienda? el limite exterior se diluye y desaparece por completo de modo que las habitaciones/salas pueden desplazarse por la parcela o el espacio urbano sin por ello perder su concepto original. En este caso los contornos no existen. La casa se ha disuelto y combinado con la ciudad. Una ciudad-casa donde hay habitaciones, paisajes, jardines, colegios, centros comerciales, armarios, sillas, aparcamientos, y hasta donde llueve dentro. De la definición precisa de sus contornos claros inicia un trabajo de descomposición espacial hasta convertirse en un ente borroso donde ya no podemos determinar dónde acaba o donde empieza. Un efecto borroso que se “se obtiene destruyendo la claridad de la figura con otra claridad que, por su propia precisión mecánica, se opone a la legibilidad de una sobre otra”.

De Borges a SANAA queda preguntarnos ¿dónde queda la casa? ¿dónde empieza la ciudad? Quizás no importe y como insinuabarecientemente Andrea Griborio la arquitectura sea aquello que “concentra acontecimientos, personas e instantes para hacer posible la vida”, una construcción que crea y destruye limites, importando poco donde acaban o empiezan, pero que propician o niegan las relaciones con los otros. Más allá del diseño, que siempre nos rodea, están los habitantes, aquellos que sufren el riesgo y el disfrute de perderse en este laberinto que es la ciudad y la arquitectura. “Que entre el que quiera”.

moriyama

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