3 octubre, 2018

Tlatelolco: espacio y memoria. Conversación con Gina Cebey

por Christian Mendoza

 

En la serie de entrevistas que presentamos esta semana, buscamos escuchar las ideas de las generaciones posteriores al 68 y que, por ende, vivieron otras épocas. Asumimos que el año que conmemoramos no pertenece únicamente a los testigos directos de los hechos: de ahí que continúe siendo pertinente reflexionar sobre lo que pasó y lo que se buscó. Hablamos con personajes que provienen de campos diversos para abonar interpretaciones de hechos que continúan abiertos y que pueden ser apropiados y cuestionados desde el arte, la historia, la filosofía y también la arquitectura.

 

¿Cuál es tu visión, desde tu generación y desde tu quehacer, de lo que pasó en el 68 respecto su situación urbana?

Creo que el 68 define de muchas maneras un paisaje que está vinculado con la memoria, no sólo con la histórica sino también con la memoria urbana. Es curioso porque antes del 68 ya se tenían lecturas sobre Tlatelolco como un punto en donde había tres tiempos que estaban enredados. Un espacio que había sido mercado prehispánico, la iglesia colonial y, después, donde se levanta un símbolo de la modernidad. Pero, al parecer, es como si el 68 hubiera logrado articular esa idea entre memoria histórica y memoria urbana, porque es ahí donde esos tiempos compiten en todo momento y donde se da un punto cero para la memoria y para el imaginario urbano, como el sitio donde una masacre ocurrió y a donde hay que volver cada año para dar voz y buscar una respuesta simbólica desde el presente a ese pasado que marcó la historia del México contemporáneo. Tal vez por ahí podamos empezar a entender el impacto del 2 de octubre en la transformación del imaginario urbano.

No es casual, entonces, que haya pasado algo como el 68 en un lugar como Nonoalco Tlatelolco y que ahí se marcara un corte para el proyecto moderno de México y su mitología.

Tal vez el mito anterior era esa idea de que primero en Tlatelolco había una “herradura de tugurios” que tenía que erradicarse para levantar ese nuevo centro moderno, que operó como si fuera un rastrillo: sacar todo lo que había ahí para aplanar esa zona e intentar empezar desde cero. Desde ahí se comienza a construir un mito. Alguna vez leí que Tlatelolco significaba “montículo de arena”, y si nos vamos al inicio, todo lo que pueda pasar ahí, en términos constructivos, puede fallar: es la imagen de levantar un cimiento sobre arena. Una imagen bastante poderosa que explica por qué tal vez Tlatelolco es como una concepción de fracasos y fracasos que siempre se están ligando a lo espacial. Hay una conquista que termina con un tipo de comercio, que era el mercado. Luego viene la iglesia colonial. Luego ese edificio que es como el gran momento de la utopía modernizadora de México pero que nunca acaba de cuajar. Luego, el 2 de octubre, que deja una marca muy fuerte en ese espacio, con el que tal vez inicia su debacle. Luego viene el 85, que es cuando se cae, en varios sentidos, y ahí se lee un posible golpe contundente en términos materiales. Si el 68 había sido el golpe simbólico, donde se aclaró que ese era un lugar que se iba a recordar en tonos grises, el 85 fue el punto final. Yo también considero que Tlatelolco refleja todos los anhelos colectivos que no van a poder cuajarse: ni el de la memoria, ni el de la cohesión social, ni el de la modernidad mexicana.

La “modernidad” fue quizá una pantalla para una sociedad que no llega a ser suficientemente moderna, como lo has planteado en tu libro: el Museo de Arte Moderno o Insurgentes 300, por mencionar sólo dos casos. Hay una voluntad de modernización del país que en muchos aspectos podría parcer superficial. En ese momento de choque, lo que aparece es un grupo de jóvenes que buscan se cumpla esa promesa de modernidad, que no se quede en edificios, en instituciones físicas, sino en una democracia realmente moderna. Es como una lógica de esta modernidad mexicana.

Recuerdo el texto de Monsiváis sobre la Manifestación del Silencio y me parece uno de los mejores ejemplos para entender la significación del espacio en relación con el movimiento del 2 de octubre. Es la crónica de esa marcha. Lo que cuenta Monsiváis es cómo van caminando todos por Reforma y empieza un recorrido por las calles. Menciona que pasan frente al Museo Nacional de Antropología e Historia, que es el gran objeto moderno de la avenida, que solamente fue construido para clasificar la herencia, y que es simbólico pasar frente a ese edificio que sí, es cierto, es modernidad pero que sólo se erige como un concepto pues, en realidad, no está operando con la sociedad, ni con lo que se promete a futuro ni como lo que ya está planteado como el pasado. Recuerdo que este texto sigue contando el avance por Reforma, haciendo una descripción de la avenida y de los edificios, y de cómo el tiempo de la ciudad interpela a quienes están marchando. Al final, creo que la marcha termina en el Zócalo. Ya no tendría tanto que ver con el 2 de octubre, pero sí concibo que la idea es justamente el deseo real de modernidad, que está en manos de estos jóvenes que toman las calles y deciden que la Plaza de las Tres Culturas es el lugar donde va a tomar cuerpo esta exigencia. Si ellos eran la modernidad, son también una promesa que se niega, que se niega de una manera violenta.

¿Tlatelolco siempre como ruina?

No estoy tan segura de que después del 68, Nonoalco fuera un fracaso. Fue un monumento del proyecto de la modernidad. Lo interesante es que la propia sociedad es la que tensa la idea de que eso es un monumento a la modernidad y va ahí a exigir se cumpla su promesa. Yo hace mucho no voy a Tlatelolco. Pero a pesar de que se ve ruinoso, se ven las rejas que han puesto los vecinos, se ven estas intervenciones del habitante que está lidiando con el contexto y con la zona. Me parece que es un lugar que sigue muy vivo. La apertura del Centro Cultural Universitario Tlatelolco le dio otra vida a este lugar. Las actividades que realizan en la Unidad de Vinculación Universitaria también me parece que resultan interesantes para tratar de entender Tlatelolco. Tal vez ahí podríamos discutir qué tanto hay de “fracaso”. Creo que es un lugar muy interesante porque está apelando a la memoria de lo que pasó.

¿Cuál es la relación entre el espacio público y la protesta después del 68?

Tal vez cambió la concepción del espacio público como el lugar al que ir, al que los ciudadanos pueden ir a reclamar. Pero también creo que todo el tiempo los ciudadanos están delimitando esta nueva idea de lo que es el espacio público. Justo en la crónica de Monsivais se habla de cómo la manifestación va entrando al Zócalo y cómo está desbordado. Eso de inmediato remite a la marcha que hubo por los 43 estudiantes de Ayotzinapa. La mayoría de los ciudadanos tenemos una relación con el espacio público como el foro para hacernos escuchar. Todos sabemos qué pasó en el 68 y siempre en una marcha habrá el recuerdo, sin que se deje de pensar en las consecuencias de protestar. Tal vez en algún momento se despolitizó el espacio público en términos que ya no era el sitio al que se debía ir y se impusieron ciertos usos comerciales, mismos que siempre están en tensión con los usos civiles, pero ese uso primario y político sigue ahí.

El peso de la arquitectura moderna como escenario de la matanza, ¿es sólo simbólico?

Lo que me parece más interesante del caso de Tlatelolco es que la promesa de modernidad que se expresa en la arquitectura es también muy contundente en su relación con la sociedad. Específicamente, en el caso del 2 de octubre y de lo que pasó en Tlatelolco, pareciera que la arquitectura moderna traicionó a los que estaban ahí presentes: desde las torres, desde la altura, vigilaron y dispararon, y la gente quedó cercada entre edificios. Aquí la arquitectura moderna, la gran promesa, en realidad traicionó a la sociedad. No es raro que la gente ya no quisiera ir a mítines a lugares cerrados y prefirieran espacios abiertos.

Todo esto de lo que nos hablas, ¿sigue presente al visitar Tlatelolco?

Desde que se abrió el memorial, se convirtió en un punto al que constantemente iba porque me interesaba el tema de la memoria, pero también me empezó a llamar la atención lo que estaba haciendo el grupo de Vinculación de Actividades con la comunidad. Me parecía que hacían un trabajo increíble. Tenían cursos para los habitantes —de hip-hop y de improvisación— e ideas sobre integración comunitaria que me parecían muy interesantes y también muy lógico que sucediera ahí. No he ido recientemente, pero lo recuerdo como un lugar en el que siguen sucediendo cosas y los lazos comunitarios siguen marcando el espacio. Eso me gusta de Tlatelolco. Lo recuerdo como la Unidad de Vinculación Universitaria, recuerdo los murales que hicieron. También me parecen un acto de respuesta al espacio. El memorial fue un gran nodo para volver a Tlatelolco, para recordarlo y para pensar el espacio en relación a la memoria.

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