5 noviembre, 2016

The Get Down

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

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Menos popular que Stranger Things y menos elogiada que Black Mirror, The Get Down es otra de las series que presentó este año Netflix. A partir de una idea de Baz Luhrmann, The Get Down cuenta la historia del nacimiento del hip-hop a final de los años 70 y, de paso, algo de la música disco, a través de sus dos protagonistas: Ezekiel, Zeke, Figuero, un joven habilísimo con las palabras y sus rimas y enamorado de Mylene Cruz, hija de un pastor y dueña de una portentosa voz que sueña dar a conocer cantando música disco y no sólo como solista en el coro de la iglesia donde oficia su padre. Zeke triunfará: es él quien desde el presente, en un concierto, canta y cuenta lo que veremos, como su romance con Mylene y su amistad con Shaolin Fantastic, quien fuera tan misterioso como admirado grafitero antes de querer convertirse en DJ mientras, entre una cosa y otra, se dedica a cumplir los encargos y las fantasías de Fat Annie, la dueña de Les inferno —la discoteca local— y cabeza de la mafia local. Shaolin aprenderá el arte y la ciencia del turntablism de Grandmaster Flash, el auténtico inventor de la técnica que permite extender indefinidamente unos cuantos compases de una pieza grabada en vinilo. La serie ha recibido críticas diversas. Hay quienes la encuentran incoherente y caótica, aunque eso no sea tal vez más que el resultado de la mezcla del tema tratado con el estilo de Luhrman, director entre otras de la versión de Romeo y Julieta protagonizada por Leonardo di Caprio y del carnavalesco Moulin Rouge. Pero además de la historia del hip-hop, The Get Down cuenta o, más bien, muestra parte de la compleja historia del South Bronx, algo que varios críticos y medios han comentado. En el periódico The Guardian, Dorian Lynskey escribió:

La historia recuerda al South Bronx en los años 70 como una catástrofe urbana; el ground zero de una ciudad en crisis. El desempleo y la pobreza estaban en sus niveles más altos, las estaciones de policía eran aterradoras y las estaciones de bomberos exprimidas por la austeridad. Cuadras enteras estaban reducidas a pueblos fantasmas al ser incendiados los edificios por sus cínicos propietarios en busca del dinero de los seguros. Al final de esa década, el South Bronx había perdido casi el 40% de su población. Recorriendo los escombros en 1980, Ronald Reagan comparaba el barrio abandonado a Londres durante el bombardeo de la Segunda Guerra. Algún funcionario local a cargo de la salud calificó la zona como una necrópolis.

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Pese a la devastación y el crimen, la imagen que prsenta Luhrman es la de un barrio vivo y sólo así se podría explicar que, como reacción a la violencia y la pobreza, surgieran el grafitti y el rap. Grandmaster Flash, quien asesoró a Luhrman sobre aquella época, le dijo a Lynskey que, en su juventud, el barrio “era maravilloso, como un pueblo pequeño donde todos se conocían” y que “donde vivían las pandillas era donde se daba el destrozo, pero uno no entraba ahí.” Al presentar varias fotografías del Bronx en los 70 en Time, Lily Rothman y Liz Ronk cuentan que Jimmy Carter, el presidente anterior a Reagan, tras una visita al Bronx habló de “varias cuadras de edificios quemados, lotes llenos sólo de escombros y calles con basura,” pero que las imágenes muestran “un lugar con muchas carencias pero vital.”

USA, SOUTH BRONX, NEW YORK CITY-AUGUST 1977. South Bronx habitants playing cards in abandoned luncheonette, (Photo by Alain Le Garsmeur/Getty Images)

Hoy, según escribe Sarah Hughes, “mientras el resto de la ciudad se da a la nostalgia del pasado sucio y peligroso de Nueva York como capital creativa del mundo, en el South Bronx mismo una revolución menos bienvenida está en camino. El área que antes fue sinónimo de decadencia urbana, una zona vedada llena de edificios quemados, adicciones y desesperación, está hoy en la mira de los desarrolladores.” En The Get Down, Francisco Cruz, tío de Mylene, es un político local que ofrece los votos de la comunidad latina a cambio de promesas para financiar su sueño: remplazar con casitas suburbanas los edificios destruidos a medias y los escombros en los lotes baldíos. Papá fuerte, como le llaman, suponía que los grandes conjuntos de vivienda eran en parte causa de los problemas del barrio y rompían la posibilidad de verse como un pequeño pueblo donde todos se conocían, como dijo Grandmaster Flash.

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Por supuesto Papá fuerte no imaginaba que en su barrio se hiciera algo como lo que hoy se planea en el nuevo Piano District, el nombre con el que Keith Rubenstein quiere rebautizar a Mott Haven, un área al oeste del South Bronx en la que ya ha invertido más de 58 millones de dólares comprando terrenos. El cambio de nombre, una estrategia de mercadotecnia que quizá busca borrar la idea de destrucción y violencia que aun muchos tienen al escuchar The Bronx, se debe, dice Rubenstein, a que a principios del siglo XX todos los pianos fabricados en los Estados Unidos, a excepción de los Steinway, se hacían ahí. El hip-hop y el grafitti tal vez no serán parte de la historia oficial del nuevo barrio donde, como escribió Jeff Gordinier en el New York Times, un pequeño y bonito café recién abierto puede funcionar “como espacio de reunión para la comunidad pero también puede ser otra cosa: una señal temprana de la gentrificación por venir.” ¿Resistirá el Bronx, el barrio más pobre de Nueva York, el empuje del machiatto y la granola orgánica? Habrá que confiar que, como dice Angel Hernandez, director educativo de la Sociedad Histórica del Bronx, que en vez de desplazamiento se de la coexistencia, algo que, desgraciadamente, la lógica de la gentrificación no permite garantizar.

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