11 abril, 2013

The Competition

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

Ahora que se centra el debate sobre la legitimidad o no de la asignación de grandes proyectos urbanos de manera directa (Herzog y de Meuron), muchas voces ven en el sistema del concurso un proceso más justo a la hora de decidir y especular sobre posibles propuestas al diversificar la mirada ante un posible problema y establecer un debate abierto en torno a qué propuesta puede resultar más adecuada como solución. El debate sobre los concursos parece y su idoneidad parece estar a la orden del día. Dos eventos recientes como la exposición «The Competitive Hypothesis» en el Storefront de Nueva York o el ciclo de debates And the winner is…?, organizados desde la Architectural Foundation, son muestra evidente para replantearse la necesidad de cómo se establecen y cuál es la utilidad idónea de los concursos. Pese a todo, un concurso es una oportunidad envidiable, o debiera serlo; «un concurso es un instrumento para recoger en un momento específico el pensamiento de un grupo amplio de arquitectos», decía Humberto Ricalde.

Puede establecerse como una oportunidad idónea desde la cual replantear cuestiones y crear un debate, no sólo sobre la propuesta sino también sobre la propia disciplina; la forma o los procesos. Un concurso permite, así como para especular y experimentar sobre cuestiones que sirvan de índole personal. Pongamos un ejemplo, ¿qué habría sido de Rem Koolhaas sin sus proyectos de las bibliotecas de Jussieu o el Parc de la Vilette?, propuestas que en su momento no ganaron pero hoy constituyen importantes referentes de su propio discurso. Si bien un concurso reduce el esfuerzo a unas cuantas imágenes que, al tiempo, deben contener la claridad suficiente para ser comunicadas de un sólo golpe de vista lo que puede llegar a reducir la complejidad de la propuesta en muchos casos. Un concurso conlleva una parte que no es vista en esa presentación e imagen final. La enorme inversión de tiempo y dinero que acarrea y que muchas veces no es recompensada en forma de premio. Resultado que en muchas ocasiones depende más de la elección de un jurado que hace que un resultado pudiera variar de forma extrema según quienes lo conformen; «pocas actividades arquitectónicas hay que, como los concursos de arquitectura, estimulen tanto y tan eficazmente las facultades creadoras del arquitecto» (Los concursos de arquitectura).

En ocasiones, esta imagen final opaca todo el trabajo de un estudio de arquitectura, de las horas, tiempo y dinero invertido, del proceso de trabajo, de las distintas versiones y soluciones que se puedan establecerse antes de definir una propuesta definitiva. Unas pocas láminas o una breve presentación pública ocultan todo ese trabajo previo. Las maquetas y planos desechados, los momentos de sorpresa, las frustraciones, las noches sin dormir o los debates de los distintos equipos de trabajo representan el esfuerzo colectivo de un estudio que no es contado. En ese sentido, el arquitecto español Ángel Borrego Cubero decide lanzarse a la grabación de un proyecto documental llamado The Competition, que registre todo el proceso creativo que supone el trabajo realizado por los estudios de Jean Nouvel, Frank Gehry, Dominique Perrault, Zaha Hadid y Norman Foster para el diseño del futuro Museo Nacional de Arte de Andorra. Grandes nombres para un pequeño país. El concurso, nos muestra entonces el documental, acaba siendo usado desde posiciones políticas, escudadas y protegidas bajo los primeros nombres de la arquitectura mundial, parecen ocultar un deseo de promesas que buscan más un beneficio electoral que un deseo de fomentar un autentico debate abierto sobre nuestras ciudades, replicando entonces los mismos temores y problemas que parecen establecerse en las elecciones directas. La pregunta que establece Borrego en la sinopsis del documental termina siendo una pregunta abierta sobre el valor real de este tipo de situaciones: “¿el jurado tiene la última palabra?” De no ser así, ¿entonces para qué sirve un concurso?

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