7 febrero, 2020

El terror de la ciudad

por Christian Mendoza

Una mujer joven vive en una casa del siglo XIX situada en uno de los barrios más peligrosos de Buenos Aires. Su familia, después de abandonar la propiedad, intenta venderla o rentarla sin mucho éxito: los inquilinos no mantienen su estadía por demasiado tiempo. La chica vuelve, porque es una casa con una arquitectura valiosa que le recuerda al tiempo de prosperidad burguesa que atravesó, en algún momento, la capital argentina. Sin embargo, sus vecinos de enfrente –otra mujer joven, drogadicta, y su hijo, un niño que vende imágenes religiosas en el metro–, quienes habitan una estructura derruida que a penas los cubre de la intemperie, la harán testigo indirecto de un crimen indecible. 

Esta es la premisa del cuento “El chico sucio”, contenido en la colección Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016) de Mariana Enríquez, autora que ha generado un fenómeno de recepción similar al que también provocó la mexicana Fernanda Melchor a nivel internacional. La obra de Enríquez, no muy prolífica, ya se discute ampliamente en ámbitos académicos y periodísticos. Uno de los temas más abordados cuando se habla sobre su producción es el género al que pudiera adscribirse. Es terror, ciertamente. Pero uno que no busca el miedo en el lector, sino su convencimiento, su “persuasión política”, tal como señala Franco Moretti en su ensayo Dialectics of Fear, donde también declara que el terror no es nunca sobre el monstruo, sino sobre la explotación, el maltrato físico y todas las consecuencias traumáticas que el capitalismo imprime sobre el cuerpo. Enríquez trabaja con las tradiciones del terror (los fantasmas, la náusea que provoca una imagen de violencia desbordada) pero su comentario persuasivo, siguiendo a Moretti, pareciera dirigirse hacia la ciudad. 

En Las cosas que perdimos en el fuego la tensión entre centro y periferia urbana es lo que genera el encuentro de los personajes con los mutantes y los rituales satánicos que perturban la tranquilidad de, por ejemplo, una casa decimonónica. Pero esas delimitaciones entre un espacio doméstico y la convulsa vida callejera de los desposeídos que se trazan en “El chico sucio” parecieran concluir que la vieja casona es una nostalgia que no puede sostenerse más. La violencia es tal, que la posibilidad de un refugio sabe a un capricho vulgar de una chica que decidió, por exotismo, permanecer en un barrio inhabitable. “Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo”, otra pieza del cuentario, narra la labor de un guía de turistas que dirige un recorrido singular por la historia de los asesinos seriales bonaerenses, de la cual es personaje destacado el Petiso Orejudo, un individuo que asesinaba niños y que llegó con las migraciones europeas que tanto lustre le dieron a  la ciudad, de nuevo, en las postrimerías del siglo XIX. “Bajo el agua negra” empieza en el registro del noir, con una fiscal que investiga un caso de abuso de autoridad, en el que unos policías arrojaron a un joven al río en el que se estableció un asentamiento irregular donde los criminales pueden esconderse fácilmente. Uno de los interrogados le espeta a la fiscal que aquél conjunto de casas debería extinguirse. A pesar de su vecindad con las zonas más céntricas de la ciudad, la región autoconstruida cohabita con un río contaminado en el que se consumen los desechos de quienes viven en departamentos, pero también las víctimas de crímenes que no dejan rastro de evidencia. A los ojos de la fiscal, la contaminación de aquel río muerto es responsabilidad de todos, pero nadie intentó detenerla o siquiera mitigarla. Además, alberga dos clases de injusticia: la ambiental y la humana. Pero el chico al que busca la fiscal logra salir del agua; su cuerpo, mutado, es el tótem de un culto que sincretiza a los policías y a esa población precarizada. 

La ciudad narrada por Enríquez es su propia catástrofe. A diferencia de los abundantes escenarios que imagina Hollywood, en los que los volcanes, los dinosaurios o los zombies asedian a la ciudad en un ataque que nadie se esperaba, Enríquez propone que es la propia historia y topografía de una capital lo que puede indicarnos que el fin ha llegado. No se trata de una profecía o de un accidente, sino de un río que ya es imposible de recuperar, o de un pasado de casonas y apacibilidad cuya ruina ni siquiera contiene interés arqueológico. Aquí, la ciudad no tendrá que enfrentarse a su futuro, sino a su destrucción presente. 

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