29 agosto, 2017

La tercera vía

por Arquine | @arquine

Texto de Aaron Betsky publicado en el número 47 de la Revista Arquine, primavera 2009 | #Arquine20Años

En nuestra cultura, cuando algo es caro, bello e inútil, tendemos a llamarlo arte —o lo devaluamos como moda. Interpretamos los artefactos que no podemos clasificar de inmediato de estas dos maneras, que son, sin embargo, radicalmente diferentes una de otra. En el primer caso, la clasificación no sólo aumenta el valor del objeto en términos absolutos, sino también en relación a su estatus social e incluso espiritual. En el segundo caso, rebaja el estatus del objeto al de desperdicio tanto de nuestra atención como de nuestros recursos. El primer término ennoblece la obra, el segundo la vuelve frívola, aunque ambos someten nuestro juicio de los objetos a fuerzas invisibles. La arquitectura, cuando aspira a ser algo más que la bella traducción del más eficiente ensamblaje de material en forma de refugio, ya padece o se beneficia de esta misma dicotomía. Pensamos que edificios sorprendentes, extraños o expresivos son el resultado de la moda y, por lo mismo, empresas vanas, o pensamos en ellos como manifestaciones icónicas de algo que sentimos y no podemos articular, por tanto, “casi” arte.

El “casi” es crucial. Por sus raíces históricas y su estatus social, la arquitectura no puede escapar de su materialidad, así como lo hacen fácilmente la pintura o la literatura. Se encuentra en una situación similar a la de la moda, el diseño industrial o el interiorismo, de los que esperamos que el producto satisfaga, en principio y antes que otra cosa, una función y dicha función, para generalizar un tanto, es hacernos estar a gusto. Edificios, ropa y todo lo que queda entre esos dos polos que rodean al cuerpo humano, son construcciones de las que esperamos que mantengan el frío o el calor lejos de nosotros, que suavicen los bordes ásperos del ambiente y que remuevan cualquier aspecto que pueda irritarnos y hacernos conscientes de nuestra existencia corporal. También esperamos que actúen como marcos o señales para el comportamiento social, por ejemplo creando el lugar apropiado para usar un baño con privacidad o cubriendo nuestro cuerpo no sólo del sol o el viento sino de las miradas curiosas.

Más en general, esperamos de las “artes aplicadas” —incluyendo a la arquitectura— que desaparezcan en el fondo y tras sus funciones, lo que es lo mismo que decir que deben funcionar como prótesis para nuestros cuerpos o como la manifestación física de un orden social y económico. En este sistema de evaluación, todo —desde el escritorio en nuestra oficina hasta la cama en casa, desde el artilugio en la fábrica hasta el asiento en el avión— tiene un lugar asignado. Cuando usamos edificios, artefactos diseñados o ropa, esperamos que confirmen y afirmen el status quo social, político y económico al mismo tiempo que queremos que tomen todo lo posible de nuestros cuerpos.

Los arquitectos, así como los diseñadores más ambiciosos en otros campos, han aspirado desde hace mucho a hacer algo más que eso. Creen que pueden revelar la naturaleza misma del sistema socioeconómico o incluso alguna verdad mayor detrás de él. Incluso han creído que su trabajo podía actuar como una forma de crítica a la realidad. Dado que han estado a cargo de grandes proyectos y han trabajado directamente para el Estado o para aquellos con poder, utilizando gran cantidad de recursos naturales, se sienten responsables y con aspiraciones para ir más allá de la mera satisfacción de un cuerpo individual o del cuerpo político. Ya que estaban dedicados a una actividad enfocada a la comodidad —aunque no totalmente justificada por ella— tenían que justificar su conocimiento y sus ganancias. En esto contrastan y se diferencian de la mayoría de los diseñadores de interiores, muebles, objetos cotidianos o ropa, quienes tienden a estar más o menos satisfechos trabajando en una “profesión de servicio”.

La teoría de la arquitectura ha desarrollado un sinfín de explicaciones o excusas para la noción de que uno debiera aspirar a algo más que satisfacer “bajos” deseos de comodidad y orden. Por debajo de dichas teorías, sin embargo, está la noción de que hay algo que no podemos definir con términos funcionales. Tradicionalmente, el término para eso ha sido “belleza” o, si uno quiere hacer referencia directa a la satisfacción sensual, “goce”. En el siglo XX, un fenómeno abstracto e invisible ha adquirido primacía sobre los intentos por definir dicha belleza, sea por cualidades intrínsecas (proporción o elecciones materiales), por estándares extrínsecos (traducciones de órdenes universales, tipos o imitación de formas seleccionadas de la naturaleza o de la historia). El espacio es el que se convierte en la justificación de todo lo que hace al arquitecto. El espacio no sólo es el lugar definido, ni un territorio con dueño o el área protegida por una estructura humana. Tiene una cualidad particular, nos conecta con algo más amplio y profundo y, al mismo tiempo, es intensamente personal (como un “espacio personal”). Es, también, una de las cosas más caras que uno pueda imaginar.

El espacio es para la arquitectura lo que la abstracción para el arte. Esa cualidad particular actúa como el fin último en la pintura y en la escultura, donde deja de comunicar o adornar y nos permite tener acceso a algo universal o, simplemente, es. La abstracción, lograda ya directamente o mediante intentos frustrados de “leer” la obra de arte, es el proyecto central de la pintura y la escultura modernas. Parecería incluso que tal tipo de arte o arquitectura que aspira a esa nulidad absoluta, sería la forma más perfecta de lo que la sociedad llama arte.

Con todo, en las últimas décadas nos hemos alejado de esta finalidad. Así como prácticas más expresivas han surgido en el mundo de las galerías y de las academias de arte, en arquitectura los edificios son de nuevo expresivos e intencionados, alardeando de un exceso de forma y material sin función particular. No podemos vivir en o de la nada, esto es cierto tanto para los artistas como para los espectadores. En arte y arquitectura estamos, por tanto, llamados de nuevo al exceso material del cual los seres humanos son capaces o, si se prefiere, a la recompensa entera de la creatividad humana, irrestricta por el gusto, el decoro, la funcionalidad o la escala. Se trata de un arte que nos recuerda que somos humanos, el homo faber, que también es mortal (y, por lo tanto, funcionan como mementi mori). De cualquier modo, como esto es arte o moda, es fácil desecharlo como creatividad dispendiosa para el disfrute de las elites o, con suerte, nos educa o como el uso frívolo de recursos naturales para una expresión contingente del gusto.

Hay un tercer tipo de arte —y arquitectura— que ni desaparece ni está presente, sino que danza entre esos dos polos. En años recientes, los artistas se han interesado en hacer que nos demos cuenta de que nos damos cuenta. Lo hacen creando fenómenos parecidos a aquellos que los científicos conjuran en sus laboratorios, poniendo en escena efectos efímeros o eventos que desaparecen antes de que tengamos oportunidad de fijarlos en nuestra mente (menos aun en cualquier forma de reproducción), alterando la realidad de maneras difíciles de definir (como la fotografía manipulada por computadora), trazando y rastreando los paisajes en los que habitamos, u operando en el ámbito de los sistemas. Haciendo esto, esta forma de arte se ha subsumido o extendido al ámbito de una arquitectura que también buscaba escapar tanto de la nulidad como del expresionismo estructural o material. Los arquitectos más inteligentes, activos en la actualidad, aspiran a realizar construcciones efímeras (“estructuras acontecimiento” para usar esa expresión), a provocar efectos más que enmarcarlos; a devolvernos lo que parece ser una normalidad ligeramente alterada (“arquitectura perezosa”) o a desaparecer en el proyecto más amplio de la crítica institucional (“arquitectura conceptual”).

En estos desarrollos se está borrando la distinción entre arte y arquitectura, pero también entre aquellas disciplinas y formas del diseño y de la construcción creativa. Pero en nuestra sociedad, esta obra aún es considerada arte: útil y bella, excesiva y tan refinada como para casi no estar ahí, un criticismo escapista. Todo lo que podemos esperar es que no resulte una moda, especialmente ahora que los excesos del capitalismo que casi llevan a la salvación de dicho término, se han disuelto en la nada especulativa (¿era todo un espejismo, un efecto de esa especulación?). Este arte es necesario precisamente porque transforma nuestro mundo, sin que seamos capaces de devaluarlo a comunicación de servicio. No nos da un objetivo imposible, ni nos condena a la aceptación ciega de un mundo que se conforma a nuestros cuerpos y a nuestra sumisión al orden social. Puede no estar enfocado en prácticas edilicias, pero es una reconstrucción de nuestro mundo que es bella —aunque no siempre cómoda o coherente. En un mundo en el que la arquitectura es cada vez más irrelevante, en tanto las computadoras y los sistemas de organización arman edificios según códigos y fórmulas, tenemos una opción. Arquitectura como arte: la moda puede evitarse.

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