7 enero, 2016

Tenemos que hablar de Kevin

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Sendas. Bordes. Barrios. Nodos. Hitos. Desde que Kevin Lynch publicó La imagen de la ciudad en 1960, muchos resumieron así, con los cinco elementos “que parecen reaparecer en muchos tipos de imágenes ambientales,” todas las ideas de aquél libro. Y hasta el método que proponía Lynch al final de su libro se redujo a una receta para usar, indistintamente, alguno de esos elementos: una calle era una senda, una avenida grande un borde, una zona más o menos definida un barrio, que debía tener un centro donde se cruzaran varias calles en un nodo y se marcara con algo vistoso: un hito.

Kevin Lynch nació el 7 de enero de 1918 en Chicago, Illinois. Entró a estudiar arquitectura a Yale pero pronto abandonó esa escuela para ir con Frank Lloyd Wright en Taliesin, donde estuvo año y medio. Después estudió ingeniería en Nueva York pero sin terminar la carrera. Tras ser reclutado como ingeniero militar en la Segunda Guerra, Lynch recibió el título en Planificación Urbana en el MIT en 1947. Fue en el MIT que Lynch empezó la investigación para La imagen de la ciudad. Reinhold Martin explica que el trabajo de Lynch tiene una “deuda sustancial” con el trabajo de su colaborador en el MIT Gyorgy Kepes. Nacido en Hungría el 4 de octubre de 1906, Kepes estudió en la Academia Real de Bellas Artes de Budapest antes de ir a Berlín, donde trabajó con Lászlo Moholy-Nagy, a quien Kepes siguió primero a Londres y luego a Chicago. En 1947, Kepes empezó a enseñar en el MIT, donde siguió investigando la manera como construimos e interpretamos visualmente nuestro entorno, que es de lo que finalmente trata La imagen de la ciudad de Lynch.

En un artículo publicado por Lynch en la revista Landscape en 1959, escrito junto con Malcolm Rivkin y titulado A walk around the block, planteaban desde el primer renglón la pregunta central de su investigación: ¿qué percibe un individuo común en su paisaje? Aunque ya ahí suponían que ese individuo común busca cierto orden en su entorno, su indagación se basaba en el registro de las percepciones de las personas mientras caminaban por la ciudad, mientras realmente se movían por la ciudad. La importancia del movimiento y, por tanto, del tiempo, vuelve a quedar clara desde el primer párrafo de La imagen de la ciudad:

Observar las ciudades puede causar un placer particular, por corriente que sea la vista. Tal como una obra arquitectónica, también la ciudad es una construcción en el espacio, pero se trata de una construcción a vasta escala, de una cosa que sólo se percibe en el curso de largos lapsos. El diseño urbano es, por lo tanto, un arte temporal, pero que sólo rara vez puede usar las secuencias controladas y limitadas de otras artes temporales.

El interés de Lynch por la legibilidad urbana no puede reducirse por tanto a una sola línea narrativa y mucho menos a una colección de elementos aislados: la senda, el borde, el barrio, el nodo o el hito. Sobre todo porque esa imagen jamás es una sola, unificada, coherente. “Parece haber una imagen pública de cada ciudad que es el resultado de la superposición de muchas imágenes individuales,” dice Lynch, y agrega que “quizás lo que hay es una serie de imágenes públicas, cada una de las cuales es mantenida por un número considerable de ciudadanos.” Más que una imagen pública de la ciudad hay, pues, una serie de imágenes públicas que dependen de los públicos que las construyen. De alguna manera podemos decir que la imagen dominante de una ciudad —en singular— es una construcción ideológica en la que otras imágenes han sido si no rechazadas sí, al menos, marginadas.

Por otro lado, los elementos descritos por Lynch probablemente no funcionen de la misma manera en cualquier ciudad del mundo y en cualquier momento de la historia. Hablando de Tokio, Noriyuki Takima dice que en esa ciudad se da una “ausencia de legibilidad que deja el repertorio de Kevin Lynch como una proposición anacrónica y poco operativa. Tokio tiene demasiadas «sendas» y demasiados «barrios,» los «bordes» son borrosos y demasiados «hitos» por toda la ciudad resultan indistinguibles.” En las ciudades del capitalismo avanzado, los hitos de hoy desaparecen pasado mañana. Pero no sólo es una cuestión de que la ciudad hoy haya cambiado en su forma de escribirse y por tanto de leerse. El hito como imagen pública de la ciudad no es lo mismo para todos. El mismo Lynch lo explica en su libro al afirmar que su análisis “se reduce a los efectos de los objetos físicos y perceptibles” y que “hay otras influencias que actúan sobre la imaginabilidad, como el significado social de una zona, su función, su historia e incluso su nombre.” Y están los hitos personales y, a veces, efímeros: “de golpe pude abarcar con la mirada un barrio totalmente laberíntico, una red de calles que durante años había yo evitado, el día en que un ser querido se mudo a él. Era como si en su ventana hubieran instalado un reflector que recortara la zona con haces luminosos,” escribió Walter Benjamin.

Por supuesto, las ideas de Lynch no son el problema. Él era consciente de la complejidad del tema —“las ciudades son demasiado complicadas, fuera de nuestro control y afectan demasiadas personas que están sujetas a muchas variaciones culturales como para permitir una sola respuesta racional a la pregunta ¿qué hace una buena ciudad?” El problema sin duda, es de esa vieja y mala costumbre escolar que reduce una investigación a una fórmula y un método a una receta. Ni senda, ni borde, ni barrio, ni nodo, ni hito: tenemos que hablar de Kevin y más aun: leerlo de nuevo.

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