24 agosto, 2017

Tendrá que caer

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

 

Una de las grandes discusiones sobre arquitectura obedece al cuestionamiento de una necesaria arquitectura humana. Puede que nadie dude de que la arquitectura es refugio de la vida, pero, cuando aspectos meramente formales se imponen como criterio sobre aquella, la destierra a una menor calidad. Desde el brutalismo moderno a los banlieues de la periferia francesa (lugar donde se iniciaron las protestas de 2005 en París), pasando por modelos pretendidamente sociales como Pruitt-Igoe, existen casos diversos donde la arquitectura se ha visto como culpable de muchos males sociales y humanos.

Por supuesto que acusar a la arquitectura de tales males es solo rascar la superficie de los problemas. El fracaso de tales modelos obedece no sólo a cuestiones arquitectónicas, sino también de modelos políticos que eran quienes realmente financiaban e impulsaban estas arquitecturas. Pero, para algunos de estos mismos políticos, no cabe espacio para la crítica social, como bien supo ver Rem Koolhaas en su propuesta para la Bienal de Arquitectura de 2010, y prefieren acusar única y directamente al hecho arquitectónico.

Así, y ya desde hace varios años, Robin Hood Gardens, diseñado por Alison y Peter Smithson, ha terminado por convertirse en uno de los puntos calientes del debate patrimonial y arquitectónico de los últimos años y en los que entroncan diversos intereses, tanto sociales como económicos: el lugar que ocupan es muy rentable y su desgaste ha aumentado mucho en los últimos tiempos.

Diseñado en la década de los 60 del siglo pasado y finalizado en 1972, el conjunto es heredero de los preceptos de Le Corbusier, pero ampliando algunas preceptos como las calles en el cielo (streets in the sky) que popularizó la pareja británica: su idea era la de un urbanismo en vertical, donde los límites entre calle y casa se disolvieran. Su resultado, sin embargo, no fue nada alentador: la aparición de numerosas esquinas, lugares cerrados y con mala visibilidad fue escondite ideal para prácticas marginales que acabaron afectando a la seguridad y a la vida en el edifico, a lo que había que sumar su aspecto frio y su mala respuesta al envejecimiento, que les otorga una imagen dura e inhabitable. De nada servían las buenas intenciones o los aspectos estéticos y formales de las propuestas. Su fracaso devino en abandono y finalmente en demolición de muchos de estos ejemplos, considerados por muchos como uno de los peores esquemas de vivienda social, donde Robin Hood Gardens es sólo un caso más de una lista que incluye a The Hulme Crescents en Manchester o Aylesbury Estate en Londres, ya demolidos o en proceso de demolición. Como ellos, Robin Hood Gardens no se ha librado de las críticas: por ejemplo, en 2010, el entonces Primer Ministro británico, David Cameron, dijo de que su diseño fomentaba la delincuencia y la pobreza.

Desde entonces, el conjunto ha estado en la mira de políticos, que aspiran a acabar con el símbolo del fracaso de las políticas sociales: Robin Hood Gardens, tarde o temprano, tendrá que caer. Sin conocer una fecha concreta de cuándo sucederá la demolición completa, hoy, tal y como apuntaba la cuenta de twitter @saverobinhood, que da seguimiento a los avances de demolición y lucha por su defensa, informaba que habían comenzado a derribarse las primeras partes del conjunto: “No los dos bloques más emblemáticos (de Alison y Peter Smithson), pero la Anderson House (…) prácticamente ha desaparecido”, anunció. Con ello, el derribo de los edificios más famosos aparece cada vez más cercano.

Algo que no ha gustado a todos, en especial, a muchas figuras destacadas del gremio arquitectónico. Arquitectos como Richard Rogers, Zaha Hadid, Toyo Ito y Robert Venturi ya habían defendido el diseño y el mismo Rogers lo sintetizaba como el ejemplo más importante de la arquitectura británica de posguerra. Se defiende que el conjunto sí funciona y que existen mejores soluciones antes que la demolición. Sin embargo, y por muy clásico que sea el edificio, así como ser uno de los mejores representantes corriente brutalista, ¿qué tan necesaria es su permanencia dadas sus condiciones? La respuesta más obvia sería afirmar su fracaso, pero la duda se hace visible, ya que detrás de tales amenazas se encuentra también el anuncio de la construcción de un nuevo conjunto conformado por cuatro edificios diseñados por los estudios londinenes Haworth Tompkins y Metropolitan Workshop.

En un momento como el que sufre la capital inglesa, donde los precios de la vivienda están disparados con fuertes intereses inmobiliarios, esta historia del supuesto fracaso (o no) estará siempre atravesada siempre por los motivos económicos que se mueven por detrás.

Mientras el debate se soluciona, el edificio aparece hoy abandonado y en claro síntoma de degradación. Un recordatorio constante de una amenaza inminente de desaparición que se cierne sobre el conjunto y, en general, sobre la obra de Alison y Peter Smithson, más aún cuando The Economist anunció que abandonaría su actual sede, diseñada también por los arquitectos, por otra más grande y moderna.

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