3 septiembre, 2019

Primero Temaca, Acasico y Palmarejo: luego el Zapotillo

por Juan Palomar Verea

Para la gente de Temaca es mucho más importante su Cristo, su iglesia y sus casas y tierras que una presa intrusa. Tienen toda la razón, y han sido valientes, han sido y son ejemplares. El testimonio de cuatrocientos habitantes de una mínima comunidad alteña en rebeldía y resistencia durante veinte años por la tierra de sus mayores y de sus hijos debiera ser una inmensa lección para todo el estado, para el país entero.

No es justo ni razonable medir las necesidades y los derechos en términos estadísticos: seis millones de habitantes, se dice, contra quinientos. El bien común nunca es el resultado de una ecuación falaz. Los ríos no son de nadie porque son de todos. En el caso del Río Verde igual pertenece a sus ribereños jaliscienses que a los guanajuatenses o a los oaxaqueños. Esto es la médula del pacto federal que nos impide desmoronarnos como país.

En Jalisco, llevamos treinta años haciéndonos bolas con la cuestión del agua. Los últimos que parecen haber sabido realmente el tema fueron los ingenieros Elías González Chávez, Jorge Matute Remus y Francisco de Paula Sandoval. Sabios, sobrios, apegados a realidades objetivas. Las grandes soluciones hidráulicas últimamente apuntadas han variado dramáticamente. (Acordarse de Arcediano.)

El caso es que, tras todo el recorrido, estamos ante una falsa disyuntiva para llevar adelante la solución de la Presa del Zapotillo. Se dice, por parte de la autoridad, que este embalse, con la cortina a 105 metros, podrá surtir de caudales adecuados a los pueblos de los Altos, a Guadalajara, y a León, Guanajuato. El problema es que con esta decisión se borran del mapa a tres pueblos antiquísimos, los que perecen sepultados por el “bien común”. Precios del progreso, se dice.

Hace 50 años que el hombre llegó a la Luna. La mitad de la población de los Países Bajos vive bajo el nivel del mar. El Zapotillo ha costado y seguirá costando miles de millones de pesos. Conclusión: preservar Temaca a como dé lugar y conseguir el agua requerida. ¿Cómo? Con un sistema adecuado de diques absolutamente seguros. Costará muy caro, pero será poco a cambio del respeto a las minorías, a la historia y a los derechos de Temaca. Y ese costo extraordinario deberá ser parte integral de una obra bien hecha.

El Cristo de Temaca, para algunos, tiene mucha mayor valía que una presa. Y pueden tener razón. En este país se han subsidiado con miles de millones a diversas situaciones: transporte público, siembras, educación. ¿Por qué no hacerlo con la ejemplar conciliación de las necesidades mayoritarias y el derecho de tres comunidades, por más chicas que sean?

No al Zapotillo sin Temaca. Ya es tiempo de tomar grandes soluciones que resuelvan integralmente el problema.

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