25 octubre, 2013

Tejer Utopías

por Mateo Fernández Muro | @matufis

«También en Raísa, ciudad triste, corre un hilo invisible que une por un instante un ser vivo con otro y se destruye, después vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras, de modo que en cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe».

Italo Calvino, “Le città nascoste. 2”, Le Città Invisibili, 1972.

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El pasado 7 de octubre Tomás Saraceno, artista argentino afincado en Berlín, visitó la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid en ocasión de las jornadas inaugurales de la quinta edición del Máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados (MPAA) para ofrecer una conferencia sobre su trabajo más reciente. La intervención de Saraceno fue precedida por una charla del arquitecto español Juan Herreros, en la que éste presentó a la audiencia tres de sus últimos proyectos: Urban Folly, una actuación de acupuntura urbana en el centro de Gwangju, en Corea del Sur, el Munch Museum, su principal obra en construcción a orillas de los fiordos noruegos en Oslo, y finalmente el Ágora Bogotá, proyecto ganador en 2011 de un concurso internacional para la construcción de un Centro de Convenciones en la capital colombiana.

Haciendo honor al juego ‘oxymorónico’ de palabras planteado en el título de las jornadas de conferencias del Máster, pragmatismo utópico/utopismo pragmático, se podría decir que los ponentes se repartieron el análisis de las dos caras de la moneda. Si Herreros mostró la cara más práctica de sus últimos trabajos, atendiendo especialmente a las dificultades que encontró para llevarlos a término e introduciendo de algún modo, por tanto, cierta componente utópica, Saraceno se abandonó sutilmente a la deriva y se dejó llevar por el viento de la Utopía —nótese la mayúscula. Una Utopía, sin embargo, materializada,  espacializada y puesta en práctica. En efecto, desde sus primeros talleres colaborativos en Medellín, dedicados a la construcción del Museo Aerosolar, el primer museo suspendido en el aire, fabricado con bolsas de plástico recicladas, hasta su obra más reciente, In Orbit, actualmente en el alemán K21 Staendehaus museum, todos sus proyectos van más allá de la componente puramente estética y onírica. La intención de sus obras no es sólo la de generar sorpresa y extrañamiento visual en quien las experimenta y las recorre: la espacialidad de sus instalaciones trasciende la búsqueda de asombro en el espectador y sin darse cuenta éstas últimas se convierten en metáfora materializada de una visión social, política y urbana mucho más profunda. En las obras del argentino toman forma y cuerpo potenciales dinámicas de interacción ciudadana que llevan tiempo siendo objeto de estudio de multitud de teóricos urbanos y de geógrafos contemporáneos y que de algún modo se consideran aún a día de hoy una quimera, utopías irrealizables dentro de los paradigmas existentes. A pesar de no explicitar dicha componente socio-política en su maravillosamente caótico discurso, Tomás Saraceno sabe sugerir entre líneas al explicar sus obras.

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Para su proyecto Social…Quasi social…Solitary…Spiders…On hybrid cosmic webs, el argentino introdujo arañas con distintos grados de sociabilidad en el interior de enormes vitrinas, con el fin de dejarlas tejer sus redes. Puntualiza el artista que sólo trabajó con las 20 especies que, de las 43000 existentes, trabajan de forma social. Si, como dice Italo Calvino al hablar de la ciudad invisible de Ersilia, “la ciudad es una telaraña de relaciones intrincadas que buscan una forma”, Saraceno parece querer encontrarla. Con la colaboración de un equipo de aracnólogos y de la NASA, el argentino consiguió escanear por primera vez en la historia dichos tejidos tridimensionales, con el fin de reconstruirlos a una escala lo suficientemente grande como para ser estudiados en profundidad. Saraceno parece haberse percatado de que comienza a ser imprescindible inspirar una nueva forma de urbanismo y de hacer ciudad a la altura de la complejidad del mundo en que vivimos: desde todos los ámbitos del conocimiento se nos invita a enfocar con microscopio la estructura velada de las cosas y él no ha hecho más que aceptar de forma rigurosa pero desenfadada dicha invitación, dándose cuenta de que, tal como nos recuerda el filósofo italiano Franco Berardi Bifo, “no es sólo la urbe, sino el conjunto del sistema lo que ha entrado hoy en una condición de imprevisibilidad mucho más radical”, habiéndose multiplicado los actores y siendo por tanto el cuadro infinitamente más complejo.   Es ésta condición de imprevisibilidad la que hace que en una ocasión el filósofo Bruno Latour haya percibido en las estructuras híbridas de Saraceno una sensación de orden, legibilidad, precisión y elegante ingeniería y a la vez una ausencia total de jerarquía estructural. “Ésa es la idea —afirmaba Latour— las redes no tienen interior, tan sólo conectores extendidos. Son todo borde. Ofrecen conexiones, pero no estructura. Uno no reside en una red, sino que se mueve de nodo en nodo a través de los bordes”. Si bien estamos acostumbrados a participar en primera persona de la experiencia en red por excelencia como es Internet, antes de conocer la obra de Saraceno no habría sido fácil visualizar, materializar y mucho menos experimentar, no en el mundo digital, sino en el mundo físico, una estructura tan sumamente compleja. Tal como afirma la experta en redes virtuales Margarita Padilla, “hacer red es poner en contacto a otras personas entre sí, colaborar con desconocidos y diferentes. Hacer red es compartir los procesos, no sólo los resultados, y reconocer las contribuciones de los demás. Hacer red, en definitiva, es ser generoso, pero no sólo con los de tu propia cuerda, sino con el 99%”. Pero es evidente que el cambio a la hora de pensar y hacer ciudad no puede venir sólo de Internet y tiene que hacerse en relación directa con la materialidad de los cuerpos.

Tomás Saraceno parece haber recibido el mensaje urgente de empezar a plantear acciones orgánicas que se trasladen de la red digital de los bits al mundo físico de los átomos, y tal es el caso de sus obras On the Roof: Cloud City, una estructura construida en la cubierta del Metropolitan Museum de Nueva York en junio de 2012, On space time foam, instalada en el hangar Bicocca de Milán en noviembre de ese mismo año, o la más reciente y aún visitable In Orbit. Se trata en todos los casos de construcciones estéticas y delicadas aparentemente suspendidas en el aire donde los visitantes, al entrar en ellas, se convierten involuntariamente en sujetos activos, individuos estrechamente interconectados física, material y espacialmente. Ciudadanos repentinamente conscientes de ser parte de un ecosistema artificial donde todo está relacionado con todo, invitados a interactuar de forma orgánica con el otro y con el medio en el que se encuentran. “No hay que prejuzgar cuán inteligentes podemos ser o dejar de ser cuando funcionamos en grupo”, afirmó Saraceno al explicar el comportamiento de quien accedía a sus instalaciones, en concreto a la instalada en el hangar Bicocca. El artista argentino habla sin duda, sin querer nombrarla, de inteligencia colectiva: porque creer en la red significa confiar en la inteligencia de los nodos, reconocer la autonomía y la inteligencia de lo que no eres tú. Al depender enteramente del individuo-otro, nada de lo que ocurra en el interior de las obras de Tomás Saraceno está previsto de antemano: en sus espacios se requiere la activación de la gente, sin forzarla; en ellos el sentido se construye entre todos, sobre el terreno, in situ. Cualquier movimiento, cualquier gesto, cualquier nuevo factor puede cambiar y desestabilizar el significado de todo el cuadro, el equilibrio de todo el espacio.

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Se trata, sin duda, de la reinterpretación escalada de la misma ley que rige en un ecosistema urbano, en el tejido informal de una ciudad madura, donde se producen de forma continuada, aunque no lo veamos, todo tipo de intercambios de materia, energía e información. Se trata de algo que no llegamos a percibir del todo, personal, afectivo, emocional, inconsciente y muy potente que opera en una dimensión apenas atisbada. “Una corriente sensible de empatía”, como lo denomina Margarita Padilla. Un flujo de comunicación desconocida e incontrolable que crea diálogo político y diálogo espacial, sin pasar por los lugares codificados del urbanismo tradicional o de las formas de la actual política. “Debemos urgentemente crear sinergias entre ciudadanos para activar dinámicas urbanas diferentes a las de la especulación inmobiliaria”, llegó a afirmar Saraceno en uno de los momentos más efervescentes de la conferencia. Para el argentino se hace imprescindible buscar estrategias básicas para la activación y articulación de nuevas relaciones sociales en las urbes, así como encontrar una cultura común del derecho a vivirlas y usarlas al margen de lo establecido por el poder, y en la mayoría de los casos, por el valor de mercado. La obra de Saraceno demuestra la necesidad de entender el urbanismo de forma diferente a como se ha venido haciendo desde la ortodoxia de la academia y desde la rigidez del movimiento moderno, quien ha tratado de trabajar sobre certezas absolutas en sistemas que como se viene observando son imposibles de comprender. Una ciudad no puede ser anticipada en sus comportamientos, puesto que se trata de una forma social notablemente elástica, duradera e innovadora. Elástica en cuanto moldeable, duradera en cuanto en continuo estado de evolución, e innovadora en cuanto indefinible e improbable. No se podrá comprender jamás la complejidad del sistema de relaciones que se dan en ella, dado que la mayor parte de las veces su estructura comunicativa se constituye en base a acuerdos implícitos, a modo de nodos de una de las redes tejidas por las arañas sociales seleccionadas por el argentino o tal como ocurre en sus delicadas instalaciones político-espaciales. Las obras de Saraceno se constituyen como ecosistemas dinámicos en constante cambio, autogenerados de forma colectiva y capaces de trascender la previsible y estática rigidez del monumento.  Igualmente elásticos, duraderos e innovadores, así como ambiguos, incontrolables y abiertos, los espacios y tejidos creados por el argentino acaban por adoptar la forma de modelos o “maquetas” habitables cuyo objetivo es el de hacernos visualizar y experimentar las diferentes dinámicas de construcción colectiva y distribuida en red de las que dependerán la fascinante imprevisibilidad y la mutación constante de un tejido urbano, siempre inacabado.

Afirmaba Michel Foucault que es la labor del “intelectual revolucionario” y comprometido la de comprender este sistema para alcanzar la legitimidad de actuar en él. Resulta por tanto obligatorio, si realmente se quiere intervenir en el mundo contemporáneo en las condiciones en las que habitamos, entender dicha lógica en red, dado que ésta lleva intrínseco un enorme cambio en lo que concierne a la distribución del poder. “La dificultad”, afirma la experta en redes Margarita Padilla, “es que sólo la puedes entender participando y estando dentro”. Haciendo real lo virtual, material lo digital y pragmático lo utópico, Tomás Saraceno alumbra el camino y nos lo pone un poco más fácil.

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