11 septiembre, 2015

Techos financieros

por Ernesto Betancourt

The new boulevard as the agent of form and this hope and this treaty between art and technique was perhaps the most urban product of the nineteenth century, and it´s final apotheosis; a tool of social, moral, and government progress; a monument to the ideal of a city as well as the site of provocation of its febrile economic life; a vista, a path of movement, a defense of order, a home for the alien crowds of the new urban landscape; the very epitome of social life as well as its implied critique, it precipitated the contradictions of its century in real life according to the substance of dreams.

— Anthony Vidler *

El espacio público es un concepto escurridizo y complejo. A diferencia del espacio privado que no puede existir sin limites, distancias, valores o propietarios, el espacio público tiende a lo ilimitado, a lo anónimo, a lo vago y sin un poseedor especifico. Lo público de ciertos espacios está más en relación con lo cualitativo que con lo cuantitativo, lo privado del espacio en cambio, suele ir en sentido contrario, tiende a las cantidades, a lo medible, a lo intercambiable —entre más metros tanto mejor. Sin embargo entre ambos se conforma una relación simbiótica: cada uno adquiere su identidad gracias a la existencia y por la convivencia con el otro.

La escisión y la pulverización de la red pública de espacios urbanos plurifuncionales y mixtos que en buena medida provocó el automóvil y el suburbio, fomentaron la aparición de otra índole de espacios “pseudo” públicos y colectivos: el “shopping mall” y los parques temáticos; grandes áreas dedicadas al consumo masivo, que utilizan algunas cualidades físicas extraídas de tipologías consolidadas, como las calles o jardines para inducir y alentar ese consumo. En si, eso no es ni bueno ni malo per se, no veo nada desafortunado en hacer buenos centros comerciales o buenos parques de diversiones, el problema comienza cuando se excluye o se sustituye lo público por lo privado y se crea confusión entre lo público y lo colectivo, con lo exclusivo y lo particular, con- fundir y hacer negocio del ocio —cuya raíz latina es la misma: “otium” que designaba un tiempo de hibernación opuesto al: negotium del trabajo durante del resto del año— pervierte la naturaleza de ambos.

Porque de un tiempo a la fecha al espacio público se le ha venido asociando y confundiendo con el ocio, con el tiempo libre y lo recreativo, esta confusión y distorsión, ha permeado a la rehabilitación que del ámbito de lo público han venido proponiendo alcaldías o municipalidades en muchas partes del mundo al interior de las ciudades, y en un momento en el que la revalorización del ámbito público ha cobrado carácter de derecho civil, las autoridades responden muchas veces con recuperaciones históricistas, o fashionistas, creando mas bien escenografías nostálgicas o de diseño de marca, acompañadas con equipamientos de ocio o entretenimiento cultural, deportivo, casi siempre con un carácter lúdico, y la mayoría de las veces mas bien banal. Se rehabilitan calles o parques públicos como si se tratara de espacios de consumo o de ocio; con la misma estética y sentido como si se tratara de parques temáticos o centros comerciales. Ante el éxito y la demanda de esos espacios de negocio controlado, ingreso controlado y diseño controlado, una parte de la ciudadania les ha adoptado para refugiarse de la hostilidad que en muchas ocasiones el espacio público posee, invadido por autos, contaminación, ruido, delincuencia, o desorden generalizado, sobre todo las clases medias desbordaron y acudieron a estos “lugares pseudo-públicos” a ejercer su derecho al ocio —claro, pagando por ello.

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El espacio público es todo lo que no está incluido en el catastro —otro latinismo que designa un limite entre lo gravable y lo no gravable, entre lo mío y lo nuestro, entre lo de todos y lo de uno. Pero lo nuestro lo es sobre todo para circular, para trabajar o para estar, no para consumir tiempo libre, o para la recreación. Resulta pertinente recordar que se les ha llamado a los mercados: plazas, en alusión al sitio donde se practicaba el intercambio comercial, y Mall a los pasajes comerciales como se nombra a las grandes avenidas procesionales anglosajonas. Esta toponimia sirve para recordarnos el origen histórico y plurifuncional del ámbito de lo público. Una calle que permita la libre circulación, cómoda y ágil, con comercios, escuelas, oficinas, bares, y casas en sus frentes, con transeúntes, flâneurs, clochards, hombres de negocios, o desocupados es un espacio público. No se requieren entreteinment, amusements o amenities para constituirse público. En el mejor de los casos, la recreación y el regocijo llegarán después, nunca antes. El espacio público lo ha sido por su vocación de crisol para amalgamar toda clase de individuos, actividades, celebraciones, pero también de conflictos, encuentros y desencuentros, no a base de cirugía plástica, maquillaje o con implantes de silicona, hipsterizados —diríamos hoy— dedicados al ocio “turístero”y principalmente exclusivista.

Times Square ya era un espacio “hiper-público» mucho antes de la «disneyficación» de la intersección y de su peatonalización, sólo que abarcaba otra modalidad de lo público y aun con sus dealers y prostitutas, nunca dejó de ser una referencia metropolitana. En el foro romano —paradigma de lo público— hay que pagar un boleto y cruzar un torniquete de supermercado para poder ingresar. Pareciera que en la actualidad no basta con que un espacio pueda ser público, debe parecerlo: debe tener un acceso, una salida, una taquilla, señales y zonas delimitadas para lo uno o lo otro, no para lo uno y lo otro. La asepsia formal y social parece ser la norma y no la excepción en la gran mayoría de recuperaciones de todo el mundo. No debería ser la segregación o la separación del espacio entre ocio y negocio lo que haga más o menos público un espacio, tampoco la separación de usos, de flujos o de actividades, las mejores calles del mundo no son las calles peatonales, mucho menos por las que sólo circulan autos. Lo son las que comparten y conservan de manera ordenada y equilibrada distintas actividades y funciones: la convivencia de peatones, autos, comercio, clases sociales, etnias, es lo que nos hace recorrerlas y las hace memorables: Regent Street, Saint Honorè, Madison, Copacabana, avenida 9 de Julio o Paseo de la Reforma, entre muchas otras, contienen desde siempre esa mezcla virtuosa.

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Para poder situar la discusión en torno al proyecto llamado «Corredor Cultural Chapultepec” que se ha dado en los últimas semanas encuentro necesario aludir a estos temas. Hasta ahora parece que la discusión se ha centrado más en una solución determinada y no en un problema: da la impresión que se ha planteado primero la solución antes de conocer bien a bien cual es el problema y si es que éste existe. Y si, existe, es y ha sido desde hace décadas la desfuncionalización de la avenida Chapultepec, donde no pasa nada o muy poco a lo largo de la calle o dentro de los predios que le dan frente. Su carácter público no está disminuido por los pocos metros cuadrados de espacio caminable o por la carencia de amenidades, sino por la falta de actividad comercial, inmobiliaria, habitacional: por la falta de usuarios en la calle. Por eso la banqueta es hoy tan angosta. Por ello hablar de más o menos metros cuadrados no es el mejor parámetro para medir un espacio público que está desusado: ¿mas o menos metros de qué, y con respecto a qué?

La creación de un paso elevado que albergará «amenidades culturales» y áreas jardinadas para la recreación de los ciudadanos, que duplicará o quintuplicará el “espacio público” según el proyecto presentado, creo que sólo suplantará la calle bajo él y falsificaría un parque para no llegar a ser ni lo uno ni lo otro. Hacer un viaducto elevado para peatones ayuda a intimidar la convivencia posible con pautas civilizadas entre peatones, bicicletas, comerciantes, automóviles, autobuses, niños, ancianos, adultos, árboles, ideas, deseos y mercancías, amalgamados en esa prodigiosa herramienta de la que habla Vidler; la calle. Habría que reactivar y restaurar el espacio que ya existe en la avenida y no contribuir a su devaluación. Crecerlo y levantarlo sin ton ni son, sería como ampliar una casa vacía, sin huéspedes. No debiéramos confundir la calle con un parque o viceversa. Algunos maestros modernos preconizaron el fin de la calle y quisieron sustituirla por el parque —entre ellos Le Corbusier. Fallaron. La calle sigue en su sitio y más viva que nunca. Y lo mismo lo están los parques, complementados uno al lado del otro, conviviendo pero no yuxtapuestos.

Muchos hablan del high line» neoyorkino como referencia a esta nueva tipología de parque elevado, pero aun en ese ejemplo tan logrado —mas allá de su pre-existencia— las partes bajas son siempre desagradables e inhóspitas y es muy pronto para juzgar la futura evolución y uso de ese espacio ante su repentino éxito, y menos es aun el de sus replicas.

La iniciativa de recuperar Chapultepec como una gran avenida con espacio público de calidad a la par de Reforma de la que es contrapunto, y de comercializar y refuncionalizar nodos importantes de concentración es una gran oportunidad. También lo es rescatar la Glorieta de los Insurgentes y lo es la rehabilitación funcional y comercial del CETRAM Chapultepec. No lo es tanto —estoy convencido— crearle un techo a una calle que no lo necesita y que requiere vida urbana y no sub-urbana. El viaducto elevado es una tipología característica de la vida suburbana.

Ciudadania y gobierno debemos ser críticos y sobre todo autocríticos. Esa gran iniciativa en avenida Chapultepec que lanza el Gobierno del Distrito Federal puede verse lastrada por esos metros cúbicos de tejido adiposo sobre la calle que no mejoran en nada el espacio público, sino que lo inhabilitan y lo desconfiguran. La propuesta original de FR-EE debería prevalecer: un diseño a nivel que articule y potencie todas las virtudes que la calle posee y destierre las inconsistencias que no le dejan resurgir.

Vale la pena aprovechar la iniciativa del gobierno para preguntar sobre el proyecto y dar argumentos técnicos y urbanos claros y bien fundamentados. Este no es un tema de encuestas o de mayorías, es un tema de mucha información, de especialistas y técnicos, y de cordura. Es tan malo no preguntar nada como preguntar todo, o preguntar mal.


*VIDLER, Anthony; The scenes of the street and other essays. The Monacelli Press, NY. 2011

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