18 agosto, 2017

El teatro de operaciones: la calle

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El espectáculo del terrorismo impone el terrorismo del espectáculo.

Jean Baudrillard

El 20 de octubre del 2014, cerca de Montreal, un terrorista atropelló a dos soldados. Uno murió. En Niza, el 14 de julio del 2016, usando un camión un terrorista mata a 85 personas y deja a más de cien heridas. En Ohio, el 29 de noviembre del 2016, un terrorista atropelló a once personas. Sólo hubo un muerto: el autor del atentado. Berlín, 19 de diciembre del 2006. Doce muertos y cincuenta heridos cuando otro terrorista usó un camión para atropellar a los visitantes de un mercado callejero. El 22 de marzo del 2017 el turno fue de Londres. Cuatro muertos y veinte heridos. Misma arma: un automóvil. En Estocolmo de nuevo un camión el 7 de abril del 2017. Mató cuatro personas y dejó quince heridos. Otra vez Londres: 19 de junio del 2017. Un muerto y diez heridos resultado del ataque con una camioneta. En las afueras de París, 9 de agosto del 2017, seis personas resultan heridas cuando un terrorista choca su automóvil contra una patrulla. Charlottesville, Virginia: el 12 de agosto, durante las marchas de los neonazis y supremacistas blancos, uno de ellos embistió a un grupo de quienes se oponían a esas marchas matando a una mujer e hiriendo a diecinueve personas más. Jueves 17 de agosto del 2017, Barcelona: una camioneta avanzó sobre la gente por Las Ramblas por más de 600 metros, dejando 13 personas muertas y más de 80 heridos.

A principios del siglo XIX, Carl von Clausewitz publicó el más famosos tratado de guerra moderno. Fue ahí que escribió aquello, muchas veces citado, de que “la guerra es  la continuación de la política con otros medios,” y más, afirmó que “la guerra no es simplemente un acto político sino el auténtico instrumento político” y que su única particularidad es “la naturaleza de sus medios.” Von Clausewitz también define la guerra como “un acto de fuerza” y explica que “no hay límite lógico a la aplicación de esa fuerza.” Sin embargo, aclara, “la guerra no es la acción de una fuerza viva sobre una masa sin vida (la no resistencia absoluta no sería guerra para nada).” Dicho esto, resulta claro que, al menos en los términos de von Clausewitz, el terrorismo no podría considerarse como una forma de la guerra, ya que no hay realmente una fuerza que resista. No hay enemigos: hay víctimas, incapaces de resistir algo que, por definición, no saben que sucederá. Por supuesto, la distinción de von Clausewitz sería válida si viviéramos aun en las condiciones de principios del siglo XIX. Pero no.

La primera definición que da von Clausewitz de la guerra es que “no es otra cosa más que un duelo a mayor escala.” En su libro Espumas, la parte final de su trilogía Esferas, Peter Sloterdijk  retoma esta descripción para la guerra clásica, diciendo que “desde la Edad Media tardía hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, la definición del soldado la constituía el hecho de que consiguiera establecer y «mantener» la intencionalidad de eliminar al contrario.” El apuntar al adversario —agrega— “es la continuación de la lucha a dos con medios balísticos.” Pero durante la Primera Guerra, con las trincheras y, sobre todo, los ataques con gas, cambió esa condición. “Se recordará al siglo XX —sigue Sloterdijk— como la época cuya idea decisiva consistió en apuntar no ya al cuerpo de un enemigo sino a su medio ambiente.” Por eso, al inicio del texto, Sloterdijk enumera tres características de ese siglo: “la praxis del terrorismo, la concepción del diseño del producto y las ideas sobre el medio ambiente.” Las tres condiciones se revelaron juntas, dice, durante la Primera Guerra, una guerra atmoterrorista. El terror actual —sigue Sloterdijk— “opera más allá del intercambio ingenuo de golpes armados entre tropas regulares. Lo que importa es la sustitución de las formas clásicas de lucha por atentados a las condiciones medioambientales de vida del enemigo.” Y es falso, agrega, que el terror sea el arma de los débiles: “fueron los Estados, y entre ellos los más fuertes, los primeros que dieron la mano a métodos y medios terroristas.” Del gas venenoso en la Primera Guerra, la Blitzkrieg sobre zonas civiles de ciudades como Londres, los campos de exterminio o las armas atómicas en la Segunda, hasta el uso de napalm o el bombardeo teledirigido, son algunos ejemplos del terror usado por el Estado.

El caso es que la distinción que había hecho, también a principios del siglo XIX, el barón Antoine Henri de Jomini entre el Teatro de guerra —“que comprende todo el territorio en el que las partes pueden atacarse una a otra”— y el Teatro de operaciones —el sitio específico de cada batalla—, deja de funcionar después de la Primera o, mejor dicho, la Ultima Guerra en el sentido clásico. Si en esa guerra la violencia de la matanza real en el Teatro de operaciones se veía replicada y, al mismo tiempo, clausurada mediante la violencia simbólica del desfile triunfal del ejército vencedor en el Teatro de guerra, en el mundo de la guerra generalizada la violencia del acto terrorista se vuelve peor porque, según Jean Baudrillard, no es (sólo) real sino simbólica. Por supuesto que el terrorismo sea violencia simbólica no quiere decir que no haya víctimas, sino que éstas sólo cuentan en virtud del espectáculo. De nuevo: no se trata de enemigos, las víctimas son protagonistas en una mortífera puesta en escena. Y ahí las cosas han cambiado más.

Según se lee en Wikipedia, entre 1900 y 1969 murieron 292 personas por atentados usando carros-bomba. En la década de los 70, 114 personas. En los años ochenta, un sólo atentado, en el Líbano, casi triplica la cifra: 305 muertos. El 14 de agosto del 2007, un atentado con cuatro camiones bomba, dejó un saldo de 796 muertos en Iraq. Y los atentados usando los automóviles no como contenedores de explosivos sino como proyectiles dirigidos por sus conductores contra la gente tienen condiciones aun distintas. Así como no se requiere mayor conocimiento ni planeación para realizar el atentado —como se requiere, digamos, para secuestrar un avión o para fabricar explosivos—, resulta muy difícil prevenirlos. Incluso quienes cometen esos atentados no responden necesariamente a la idea que tenemos de un terrorista: entrenado de manera paramilitar, miembro de una célula o grupo infiltrado desde tiempo atrás. En estos casos, a veces es el atentado mismo lo que, a posteriori, hace que su ejecutante sea reconocido como parte de un grupo terrorista, por ambos bandos. En algunos casos la duda se despeja tiempo después. En enero de este año, un automovilista mató a tres e hirió a veinte al lanzar su coche contra la gente a la entrada de un centro comercial, pero al autor del atentado no se le vinculó a ningún grupo terrorista. En Ecatepec, México, en el 2002, un hombre mató a dos niños e hirió a más de veinte. Ahí no había ninguna relación con grupos terroristas pues el conductor lo hizo porque, según él, estorbaban el paso en la calle. El terror era de otro tipo.

Se trata, al parecer, de una guerra generalizada donde, con causas o sin ellas, por ideología o porque sí, los autos se usan ex profeso como armas y la ciudad entera sirve como teatro de operaciones. La ciudad, entonces, al mismo momento que se cantan loas a la era urbana, se convierte, como escribió Paul Virilio en su ensayoVille Panique, en la más grande catástrofe. Entonces, como también explicó Paul Virilio en una entrevista con Bertrand Richard, la gestión del espacio urbano se vuelve una gestión del miedo, “un miedo que hoy es un ambiente, un entorno, un mundo. Nos ocupa y nos preocupa. El miedo que alguna vez fue un fenómeno relacionado con eventos localizados e identificables, limitados a un marco temporal.”

Y por eso la guerra contra el terrorismo acaso implicaría, paradójicamente, recuperar los límites espaciales y temporales de la violencia pero de otra forma, no mediante el miedo y su gestión, no mediante la sospecha generalizada. Habría que entender, otra vez en el sentido de von Clausewitz, el papel que juega aquí la resistencia. Resistir no es ceder al  terror y tampoco a la guerra generalizada, al contrario. Los muros más altos, las calles cerradas, los cercos y las cámaras de videovigilancia en cada esquina o los programas informáticos que transforman a cada persona en un atacante potencial, ni acaban ni contienen al terrorismo, lo hemos visto. Son, más bien, la afirmación final del estado de guerra generalizada y, como lo describe Sloterdijk, de terror ambiental.

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