22 enero, 2021

Taller Iturbide: posibilidades expresivas del tabique

por Gustavo López Padilla

 

La ciudad de México, dada su importante extensión territorial de 1485 kilómetros cuadrados, su diverso y rico patrimonio histórico y cultural —que se remonta hasta el año 1325, en que fue fundada la ciudad de Tenochtitlan, a lo que se suman sus períodos colonial de los siglos XVI al XIX, hasta llegar al México contemporáneo, que podemos ubicar en sus inicios al comienzo de los años veinte, del pasado siglo, tiempo en el cual el país se incorporó a la modernidad urbano arquitectónica— se percibe como una ciudad que es al mismo tiempo muchas ciudades, en donde conviven diferentes calidades colectivas construidas del espacio, que van desde la vida de los antiguos barrios, hasta zonas modernas con una interpretación abiertamente cosmopolita. Y es justamente en la vida de los barrios donde se desarrolla una intensa y plural vida social, que implica naturalmente la vivencia caminable de sus calles, rincones, pequeñas plazas, jardines, comercios de primera necesidad que se resuelven como la tienda de la esquina, propiedad del vecino que todos conocen, sumando a lo anterior la vida de sus  parroquias y escuelas en donde niños y adolescentes reciben sus primeros años de educación.  Se trata de un ámbito urbano acotado, que en el tiempo la comunidad se ha apropiado y ha pasado a formar parte de la vida de una buena cantidad de generaciones, sintiendo con ello  orgullo y pertenencia por el lugar.

Teniendo en cuenta este orden de cosas, al sur de la ciudad de México, en la hoy Alcaldía de Coyoacán, en el barrio del Niño Jesús, que sin duda constituye uno de los más queridos y tradicionales, entre 2012 y 2017 se construyó el Taller Iturbide, proyecto de los arquitectos Mauricio Rocha (1965) y Gabriela Carrillo (1978), ambos egresados de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. El barrio del Niño Jesús es un pequeño territorio que dispone de unas cuantas calles angostas, que responden a un tejido urbano irregular, en donde varias de estas calles rematan como cul-de-sac, callejones sin salida, limitando la continuidad de la movilidad en la zona, propiciando alguna vida interna en el corazón de las manzanas irregulares.

La presencia urbana del taller, de tan solo tres niveles construidos sobre el nivel de banqueta, se percibe amable y discreta  dentro del contexto de la calle en donde se ubica, respetando continuidades de paramentos y alturas máximas volumétricas de los proyectos vecinos, acentuando apenas su presencia, a partir del tratamiento masivo, cerrado, con base en el uso de tabique rojo de barro, experimentando con calidades de textura y vibraciones de claroscuros respecto de la luz, que baña sus superficies. Al final de cuentas, la obra se inserta con naturalidad a la vida del barrio.

El proyecto se desplanta sobre un terreno de tan solo 7 x 14 metros, apenas mostrando algunas irregularidades en su frente, contando con 162.00 metros cuadrados construidos. Lo ajustado de las medidas del terreno, la voluntad de propiciar intimidad interior y sobre todo la necesidad de captación de luz natural regulada, indujo a una solución proyectual que implica la necesidad de contar con dos patios descubiertos, ubicados en los extremos anterior y posterior del terreno, definiendo así un macizo construido central, que constituye la presencia fundamental de los espacios interiores, estructurando lo anterior con un volumen angosto y alargado, ubicado a todo lo largo del costado oriente del terreno, en donde se ubican las articulaciones verticales y los servicios necesarios. La continuidad espacial en planta baja, entre los patios y el espacio central construido y en las plantas superiores sucediendo algo semejante, pero por medio de amplias ventanas, a través de las cuales se mira hacia los patios, enriquece y diversifica las calidades y posibilidades vivenciales en el lugar. A la distancia, este proyecto nos recuerda como una variante, el diseño de la casa Azuma, del arquitecto japonés Tadao Ando (1941) ubicada en Tokio, proyecto del año 1976, en donde de igual manera que en el estudio Iturbide, se explora la masividad, la vida interior, la búsqueda de tranquilidad, de silencio, conjunto proyectual en donde la luz, juega un papel preponderante en la calidad volumétrica del mismo, así como en la calidad habitable de sus interiores.

Se trata para el taller Iturbide, de una propuesta conceptual resuelta con base en formas geométricas simples, regulares, cercanas a lo que podemos identificar como un minimalismo expresivo, variante desde luego del funcionalismo, en donde la racionalidad y eficiencia constructiva son fundamentales, sumando a lo anterior  una  clara relación entre forma y función, calificando lo anterior  con juegos de texturas, color y vibraciones lumínicas respecto del material dominante empleado en relación con la luz.  En este punto, vale la pena recordar aquella frase poética del arquitecto Louis Kahn (1901-1974), maestro indiscutible del movimiento moderno de la arquitectura, cuando comentó que el sol se había dado cuenta de su grandeza, cuando había entrado en contacto con las texturas de las superficies de los muros, en algunas obras memorables. Vale la pena comentar, que el mismo Louis Kahn, sin duda, ha influido en conceptualizaciones y detalles, en algunas otras obras  de Mauricio Rocha y Gabriela Carrillo.

Para el proyecto del taller Iturbide, decidieron utilizar preferentemente tabique rojo de barro, combinando lo anterior con componentes de madera, algunos detalles metálicos y cristal, resultando lo anterior en atmósferas vivenciales cálidas y confortables. A manera de dilatados divertimentos, para el tabique experimentaron con diversos aparejos, en repertorios amplios, que van desde superficies un tanto ciegas y continuas, hasta otras mas transparentes y vibrantes a manera de celosías, cuidando en todo momento las soluciones de detalle de los despieces correspondientes.

En esta obra, la decisión de utilizar tabique rojo de barro como material dominante, en lo que tiene que ver con su presencia urbana y arquitectónica, nos habla de una opción que no es común dentro de la arquitectura mexicana, como sucede en otros países de Latinoamérica como Colombia o Uruguay. En nuestro país apenas es destacable en este sentido, la rica experiencia previa de Carlos mijares (1930-2015) y mas recientemente algunos primeros trabajos de Matías Martínez (1984). Sería de esperarse, que dada la calidad y el reconocimiento que ha merecido el taller Iturbide, como lo sucedido recientemente en la XXI Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito 2020, motivara a nuevas generaciones de arquitectos  mexicanos, para acercarse a la utilización de este noble material y pudiera llegar a constituirse,  un consolidado movimiento arquitectónico en este sentido, dentro de la arquitectura mexicana contemporánea.

Fotografías: Rafael Gamo

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