6 junio, 2016

Talar arboles

por Juan Palomar Verea

Es un hecho conocido que la petición para talar árboles es la primera que desde hace varias administraciones abruma a los ayuntamientos. Y también se sabe que la vida urbana sin la presencia de su componente forestal sería mucho más ardua. En términos más amplios: la existencia de las ciudades sería imposible sin un ecosistema favorable, en el que una parte fundamental es cumplida por la presencia arbórea. Piénsese en el Bosque de la Primavera, piénsese en la Barranca de Oblatos.

El Valle de Atemajac tuvo, históricamente, un acentuado componente forestal. Según antiguas crónicas los cerros del Cuatro, de Santa María y del Gachupín –límite sur del valle- estuvieron alguna vez cubiertos de madroños y robledales. Estas masas vegetales perecieron rápidamente bajo el rigor de las talas que procuraban leña para las cocinas y materiales de construcción. Este fenómeno se repitió todo alrededor de Guadalajara.

El sistema ecológico del contexto natural de esta ciudad se extendía, de manera integral, entre el bosque y la barranca. Numerosos cauces, actualmente casi perdidos en su totalidad, y que unían las alturas de La Primavera con la barranca, formaban venas forestales que a través del tiempo fueron eliminados. Aun ahora quedan algunos vestigios de este sistema, como lo es el amenazado bosque del Nixticuil.

Las condiciones ambientales de Guadalajara son, como es bien conocido, altamente precarias. La contaminación atmosférica es cada vez más grave, y cobra cada año un buen número de víctimas directas. Nada más efectivo, ante esto, que la presencia bienhechora de los árboles urbanos. Entonces: ¿cómo explicar el reclamo de tantos habitantes por suprimir ejemplares del contexto citadino?

En primer lugar, por la falta de conciencia sobre la ineludible responsabilidad de cada habitante para contribuir con el medio ambiente. Cada casa, cada local comercial, cada escuela o recinto oficial, debería de albergar, dentro de los predios y en la banqueta, todos los árboles apropiados posibles. Esto, evidentemente, no sucede. Y, antes bien, sobrevienen las peticiones de retirar muy numerosos árboles. Es la muy perjudicial desconexión entre el bien común y los intereses y las costumbres individuales. Y, luego, es este individualismo el que genera en mucha gente la noción de que tener y mantener árboles siempre le corresponde a otros.

Claro que hay –en muy determinadas ocasiones- motivos válidos para quitar árboles de su ubicación. Pero son casos contados. Los demás se refieren a gente que no quiere barrer lo que llaman “basura”, a gente que teme que se afecten sus banquetas, instalaciones o cimientos, personas que prefieren el solazo a lavar (con un balde) sus coches, a gente que quiere a como dé lugar ganar “estacionamientos”, a gente que quiere que su casa o negocio “luzca”. A gente simplemente neurótica y egoísta.

Barrer, reparar con modo banquetas, instalaciones y cimientos, lavar (con balde) los coches, ser conscientes de que las construcciones lucen mejor con árboles: otros tantos contravenenos para la manía taladora. Pero, sobre todo, es preciso asumir y difundir el principio fundamental de que los árboles, lejos de ser un adorno, son esenciales para una satisfactoria vida urbana. Los ayuntamientos deben partir siempre de estos principios, impulsarlos, hacerlos norma. Y que, así, la primera solicitud ciudadana pase a ser la de requerir más árboles en sus entornos, y sembrarlos y cuidarlos.

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