Columnas
Carme Pinós. Escenarios para la vida
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6 abril, 2017
por Pedro Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia
En poco tiempo, la noche quedó atrás y la iluminación artificial comenzó a destruir por completo cualquier atisbo de oscuridad. Pero con ello también desaparecieron los secretos, lo oculto y, en especial, lo privado. La expansión sistemática de la transparencia se apoyó en la industralización y fabricación en masa del vidrio, para su posterior amplio uso en la nueva arquitectura, donde fue expresión y símbolo máximo de sus cualidades. Su desarrollo abrió el mundo y eliminó, de una vez por todas, la arcaica separación de lo público y lo privado, que quedaba ahora expuesto y vuelto —casi pornográficamente— hacia el exterior.
Como el vidrio no produce sombras, esta triunfante nueva arquitectura dejó lejos el siglo XIX, sus fantasmas, pero propició —sin querer— la llegada de otros nuevos. Algunos contemporáneos a Stoker lo supieron ver. Otro libro clásico de la literatura de ficción, El hombre invisible de H. G. Wells, se publicó el mismo año y en la misma ciudad que Drácula. Y es que, de la misma manera que Stoker cerraba las creencias sin fundamento, Wells supo ver que la Modernidad, la razón, la ciencia, debía dar lugar a nuevos imaginarios y terrores. Su Griffin —el protagonista de la novela— es un ser incapaz de ser capturado por la luz, es absolutamente resistente a ella, justo la inversión del vampiro, pese a que se replica la reticencia de ambos a ser capturados en imagen. Su invisibilidad se debe, más que nada, a que el sujeto no absorbe ni refleja la luz que recibe. Wells supo ver que la única manera de escapar de la luz era negarla, e inventa otro fantasma: el que está con nosotros pero no vemos, como un espía al que no podemos encontrar con la mirada pero al que podemos sentir acechándonos.
¿Cómo sabemos entonces que nos miran? Si sospechamos de todo, ¿viviremos en permanente esquizofrenia¿ ¿Será esta misma sensación la que acongoja ahora al Presidente brasileño? Hoy, que habitamos un mundo lleno de máquinas que no percibimos con los ojos, pero sabemos que vigilan cada uno de nuestros actos, debiéramos, al menos, advertir su presencia y aprender de estos, nuestros fantasmas.
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