La tienda de Selfridges, en Londres, con su suelo y estanterías, tótems, zócalos, mesas y sillas de terracruda, está poblada de objetos expuestos, lo que añade un giro a la imagen abstracta de un interior doméstico provenzal. Aplicado a mano, el acabado conserva un nivel de irregularidad que da al diseño una sensación de naturalidad y artesanía. Directamente visible desde la calle, con la zona de asientos cuidadosamente enmarcada por el escaparate, la tienda es más que un espacio para comprar; invita a los transeúntes a sentirse como en casa.