5 noviembre, 2021

Sullivan: Lecciones para el jardín de niños

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Es 1904 y Chicago se despierta. La ciudad ubicada en la punta sur del lado Michigan, se ve cruzada en su retícula rigurosa por la ondulación del río. Ese río que vertía sus aguas al lago y, por cuestiones de higiene, la visión racionalista de la época transformó la pendiente y el flujo de agua en sentido opuesto —¡ay la prepotencia humana! Pero si la ciudad bebía de las aguas del lago, y vertía sus desechos al río, literalmente se hidrataba con su propia escoria.

En ese juego de contrasentidos, una peculiar edificación atraía a quienes caminaban por la acera de la avenida State hacia el cruce con Madison. El basamento del edificio, recubierto por una compleja enredadera de hierro fundido chapeada en bronce, marcaba el acceso en la esquina, sosteniendo un gran cilindro que contrastaba con la ortogonalidad de las fachadas que daban a cada una de las calles mencionadas. Los originalmente almacenes Schlesinger & Meyer acababan de ser adquiridos apenas un año antes por Carson, Pirie & Scott para ofrecer productos a la dinámica población de la ciudad ventosa.

El volumen se alzaba 12 niveles por encima de la calle, de los cuales los dos primeros formaban el gran exhibidor de mercancía que se abría a la ciudad por medio de los enormes ventanales. Encima de este basamento de hierro y cristal, una red revestida por ladrillo ceramicado en blanco, reflejaba claramente la expresión de los marcos estructurales de acero, que permitían la mayor flexibilidad posible hacia la espacialidad interior, al mismo tiempo que generaban la superficie de cerramiento, resuelta con cristales planos dividiendo el vano en tres partes: dos laterales cuya función en guillotina proveían la ventilación adecuada, y una central fija que garantizaba la mayor penetración de luz natural por cada hueco hacia el interior de los almacenes. En el último nivel, la gran retícula se detiene para remeter el paño de la fachada y sombrearlo con una cornisa. De esta manera se resalta el carácter más privado de las oficinas administrativas y se remata la verticalidad del edificio. Cada sección expresaba en el volumen su función. Desde la enorme enredadera metálica del basamento para atraer la atención del viandante ante el detalle, hasta la luminosidad de la blanca cerámica que además de su labor estética cumplía con la función reglamentaria de recubrir la estructura de acero para retardar los efectos del calor en caso de incendio, la composición de la fachada acentuaba el aforismo más famoso del autor: “Form ever follow fuction”.

Louis Henry Sullivan no era de Chicago. Nacido en Boston, Massachusetts, había tenido la oportunidad de estudiar y viajar por Europa, de la que regresó lleno de inquietudes creativas propias de un espíritu rebelde. El incendio acaecido hacia 1871 en Chicago abrió un sinfín de oportunidades a jóvenes arquitectos y constructores. De las cenizas provocadas por un fuego que cabalgó sobre los vientos del norte para esparcirse por gran parte de la urbe, surgiría la creatividad propia de una economía alimentada por el tránsito de mercancía entre el oeste y sur agrícolas, y el este industrial de la joven nación norteamericana.

A las ideas propias de Sullivan y su socio Adler, se sumaban las propuestas estructurales de William Lebaron Jenney, la audacia interpretativa de Hollabird y Roche, la creatividad de Hood combinada con el oportunismo de Burnham, y la frescura que el historicismo neorrománico interpretado por Richardson aportaba al agotado academicismo neoclasicista defendido por el Statu Quo Financiero.

Sullivan no era fácil. Formado con una mentalidad que prioriza el discernimiento a la obediencia, cuestionaba severamente las reglas establecidas y asumía una postura “contracorriente” ante ellas. Para él, la educación del momento era un instrumento coercitivo ante la creatividad, y veía con esperanza un futuro donde la enseñanza se transformaba democráticamente, para permitir el desarrollo pleno y creativo de cada individuo. Tras la exposición internacional dedicada a Colón, en 1893 y celebrada en Chicago, acusó severamente a Burnham y a la organización de la feria, por haber cedido la imagen propia de la ciudad, para caer en un historicismo clasicista veneciano, sentenciando que la arquitectura tardaría más de medio siglo en recuperarse.

A partir de sus escritos, de los cuales los más conocidos se titulan Pláticas del jardín de niños, el ejercicio de discernimiento le lleva a proponer una perspectiva organicista, en donde las formas de la naturaleza, viva o inerte, respondían inevitablemente a la función de éstas, aseverando que la forma solo debe cambiar, si cambia la función para la que ha sido evolucionada. Había que seguir simplemente las leyes de la Naturalez. Luego, su frase sería reinterpretada no de forma orgánica, sino desde una perspectiva reduccionista hacia un racionalismo mecánico, hasta que Wright, quien aprendió arquitectura en su taller, pudo finalmente ya en su madurez, descubrir las enseñanzas de su querido maestro (como llamó siempre a Sullivan) y retomar el organicismo a su manera.

La toma de postura de Louis Henry, su vehemencia y radicalismo para defenderla, no eran ajenas a las que, en Europa, defendían con la misma intensidad personajes como Klimt, Olbrich o Hoffmann en Viena a través de la Secesión, por mencionar otro ejemplo de antiacademicismo. Sin embargo, en la lucha epistémica entre la visión de orden y estilo que clamaban los Académicos, y la evolución constante de un lenguaje en función de un organicismo sistémico, terminó prevaleciendo el primero, lo cual acabó costándole a Sullivan.

Relativamente poco tiempo después de la flamante inauguración de los almacenes Carson, Pirie & Scott, los encargos se fueron esparciendo y distanciando, hasta que el originario de Boston tuvo que abandonar su taller ubicado en otro de sus edificios emblemáticos, el Auditorium Building. El creer fervientemente en los principios de su propia filosofía, le llevó finalmente a la ruina y al abandono. Al final, la arquitectura que le sobrevivió siguió siendo utilizada y, aquella que no fue demolida por la vorágine inmobiliaria que persiguen las finanzas de la obsolescencia planeada, terminó convirtiéndose en referencia patrimonial dentro del contexto de las ciudades donde ha sobrevivido.

No deja de ser curioso cómo alguien que defendió el individualismo prototípico de la cultura estadounidense, que termina siendo uno de los rasgos característicos del prototipo de éxito en su país, terminó siendo abatido en su momento por el simple hecho de entender ese individualismo fuera de los parámetros aceptados por el sistema. Sin embargo, estemos de acuerdo o no con su filosofía y la de su época, lo que Sullivan nos enseña es que, si se es coherente y si se cree en algo con fundamentos y firmeza, hay que llevarlo puesto hasta las últimas consecuencias.

Ni la arquitectura ni los arquitectos son nunca neutrales. Se toma postura y se trabaja a partir de ello. Las consecuencias pueden ser variadas, ya que lo que hoy es válido, mañana será cuestionado por las siguientes generaciones, y aquello que es cuestionado en su momento, puede terminar convirtiéndose en un valor cultural posteriormente. ¿De qué manera queremos estructurar la formación de nuestras futuras generaciones? ¿Será cargando el péndulo hacia el discernimiento, la evolución y el aprendizaje perene, o hacia el rigor estático de una sola idea dogmática y preestablecida?

Yo prefiero inevitablemente la primera, y asumo las consecuencias ante la contradicción de ser un académico, anti academicista.

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