21 agosto, 2019

Stopscapes, un glosario

por Francesco Careri

Tras mucho caminar, desde hace algún tiempo comencé a reflexionar sobre el detenerse y sobre un posible próximo libro que puede tener este título: Stopscapes: detenerse como práctica estética. ¿Qué produce el detenerse? ¿Qué hace que uno se detenga? ¿Cómo elegir el lugar para parar? ¿Cuando llega el momento de parar? ¿Hay una parada arquetípica? ¿Hay artistas que hacen del detenerse su práctica poética? Se trata de una serie de cuestiones que había tratado de escribir en Walkscapes y que aún permanecen abiertas, sobre todo si se las traslada hacia la duración: de la pausa de un momento en el caminar nómada a una parada prolongada, casi sedentaria. El paseo parecía expresar una naturaleza antiarquitectónica y luego, contar la caminata como una arquitectura era un concepto que debía construirse y argumentarse. En cambio, en el detenerse la relación con la arquitectura parecería más fácil y directa: cuando uno se detiene surge la arquitectura. En el próximo libro preferiría tratar de extender incluso en el detenerse una forma nómada de abordar el tema.

Caminar y detenerse no como términos contradictorios sino como parte de un mismo proceso. Visto en esa perspectiva, la parada es una gran oportunidad para seguir actuando con el mismo espíritu de ir, pero en un espacio de estar. En resumen, estamos acostumbrados a pensar en un espacio natural «estacionario», pero sin la conciencia de lo que es estar quieto en una relación inestable con el andar. Si uno se detiene es porque antes estaba caminando.

Detenerse es la culminación de muchas obras de arte, o al menos de todos aquellas «completadas». E incluso en estos casos, el «cuándo parar» es una práctica estética a aprender por completo. Nosotros aprendemos de niños cuando, haciendo un dibujo bello, lo continuamos hasta que la hoja entera es un pastiche y nos damos cuenta de que no podemos volver atrás. Del mismo modo, un último golpe dado al mármol puede hacer añicos la escultura y una palabra de más en un diálogo hace que toda la película se deslice a la banalidad. Pero este no es el lugar donde quería profundizar: cualquier proceso creativo camina sobre una delgada línea donde se puede deslizar continuamente de un lado a otro de la montaña.

Para los que hace cosas que no tienen el aspecto físico de los objetos y que nunca están «terminadas», como caminar, y por lo tanto permanecen perpetuamente «sin terminar», una reflexión sobre el detenerse requiere nuevas ideas. Se puede arruinar un paseo por alargarlo o acortarlo demasiado, hacerlo demasiado monótono y aburrido o demasiado distraído y ligero y así sucesivamente. Pero lo que no perdonamos, si nos perdimos algo en el camino, es seguir nuestra ruta sin darnos el derecho de escuchar las llamadas de la ruta: nos hemos puesto en la posición de no caminar y detenernos.

Yo no tengo una teoría a proponer, o al menos no todavía, pero cuando hablo de detenerse y trato de comunicarlo me encuentro con una serie de palabras. Muchas de ellas han cambiado de significado con el tiempo: se gastan o desgastan por resultar inadecuadas, pero también sucedió que antes de volverse insignificantes, fueron cada vez más importantes en mi práctica como artista, profesor y arquitecto. Las palabras que siguen aquí no pretenden ser una receta para el arte de detenerse sino, más bien, los ingredientes con los que se cocinan platos diferentes y que nos pueden ayudar en este pasaje de un estado a otro, desde caminar hasta detenerse.

 

Metodología. Palabra que siempre he evitado,  dándole la vuelta con «modo», «actitud» o «práctica». Siempre me sonaba como algo dogmático, estático, poco interpretable y poco maleable. Todo lo contrario del «tal cual» en mi trabajo y del «¿cómo hago que suceda?» Pero Paola Berenstein Jacques me recordó su etimología: «método» proviene del methodos griego (meta, más allá, y hòdos, camino o ruta): “más allá del camino» pero también «a través del camino.» La metodología pertenece indiscutiblemente al caminar, a construir «en el camino», «en marcha» y el método se puede entender como “en tanto que usted está haciendo algo.» Un método para detenerse no puede construirse más que en el camino y deteniéndose.

Proyecto. La misma renuencia y por las mismas razones he sentido siempre por la palabra «proyecto». Me enseñaron que significa un producto terminado y listo para ser ejecutado, un diseño ejecutivo o una partitura en la que no hay lugar para la improvisación, un proceso determinado de una vez por todas. Pero la experiencia demuestra que con método el proyecto puede ser y permanecer indeterminado: se desarrolla en el camino. Esta es la base de la pérdida de la exploración urbana consciente, así como la práctica de producir transformaciones materiales e inmateriales, como una obra de arte, la arquitectura o una investigación.

Indeterminado. ¿Cómo funciona un proyecto indeterminado? Mientras, tanto el autor como el proyecto, estén preparados para aceptar contratiempos o incluso causarlos o ir en su búsqueda. Si el proyecto predeterminado no establece ninguna relación ulterior con el contexto pues supone que ya las tiene todas construidas, el proyecto indeterminado es, en cambio, completamente contextual, relacional e impredecible. Avanza, cambia de dirección y se detiene de repente y sin previo aviso. Abandona las certezas de la posición alcanzada y su objetivo es ir donde el viento es más fuerte, donde el mar se agita por los vientos, pone el ancla y para donde encuentra algo inesperado. El proyecto indeterminado se puede permitir corregir el rumbo inesperadamente para virar y también para detenerse. No sabe nada de sus resultados y es por naturaleza incompleto.

No hay vuelta atrás. Dondequiera que hayamos terminado se debe seguir adelante, sabiendo encontrar una manera de salir. Por experiencia, siempre hay una manera de no volver al punto de partida para ir más lejos: un agujero en la valla, una pared para escalar, una puerta que se abre. Quien camina no quiere enredar el hilo de su trayectoria en una madeja. Pero en caso de que suceda no debemos perder el ánimo: el camino opuesto ve otro paisaje, el ambiente ha cambiado, tal vez en este momento te encuentras con alguien que no estaba allí antes. Tal vez sea posible que finalmente tropieces.

Tropiezo. En el andar indeterminado se debe mirar como bizco: un ojo en el camino y otro en la desviación. Una cosa que hay que aprender es a ponerse en posición para tropezar en las zonas donde el proyecto no podría jamás llevarte. Estar dispuestos a encontrarse perdidos en situaciones inesperadas e incluso peligrosas. Las zonas de tropiezo son aquellas en las que adviene lo inesperado y se tiene que renunciar a los caminos establecidos y también a aquellos en los que es bueno acampar. Son los lugares donde se decide detenerse a perder el tiempo.

Perder el tiempo, ganar espacios. Sabemos que quienes andan con una meta y un tiempo definido pierden todas las posibilidades que ofrece la deriva. Saber perderse trae consigo una gran pérdida de tiempo y energía. Pero sólo perdiendo el tiempo se ganan otros espacios. Si el tiempo ya no es un problema, como para los nómadas, se llega a explorar áreas nunca dibujadas en mapas de la tierra, se conocen especies jamás conocidas por la humanidad. Sólo perdiendo el tiempo se puede tener un encuentro con el Otro y lo Otro.

El Otro. Una buena razón para detenerse es que uno se ha encontrado con el Otro. Es un momento importante que la Biblia pone inmediatamente después de la escisión de los nómadas y los sedentarios. Caín, una vez castigado por Dios por su pecado fratricida, debe caminar errante en los desiertos donde antes deambulaba Abel. Y Caín sólo tiene un temor: el encuentro del Otro. La primera vez que tuvo un conflicto con el Otro, su hermano, lo mató. Dios le enseña entonces una metodología: el saludo no beligerante: proceda con las manos en alto, muestre no portar armas, el símbolo del Ka y del eterno vagar. Para encontrarse con el otro tiene que inventar una metodología.

Participación. Palabra consumada y que debe evitarse cuidadosamente. Trampas y ambigüedades ocultas. A menudo se utiliza con demagógica, sobre todo por los arquitectos y planificadores urbanos y políticos que la han convertido en pura creación de consenso para sus proyectos. Las afirmaciones de que los otros deben participar en un proyecto participativo, para defender lo que queda de su libertad en peligro de extinción por causa misma de ese proyecto. La gran moda de la participación fue de hecho creada en la era neoliberal, antes se llamaba democracia. Hoy en día incluso los territorios de lo Otro piden leyes y reglamentos sobre la participación, impulsando la producción de nuevos profesionales, los facilitadores, expertos de la participación. Lo difícil de la participación no es elegir la metodología correcta que se utilizará para enganchar al Otro en su propio proyecto, sino entender cuál es el proyecto que los Otros ya han activado y, si están de acuerdo, participar.

Activar procesos. Quien ha entendido que las palabras proyecto y participación comenzaron a perder encanto comienza a imaginarse al Otro como activador de los procesos. Una vez más, estas son palabras que vamos desenmascarado. Es muy difícil que del exterior seamos capaces de activar procesos verdaderamente duraderos. A menudo, este tipo de procesos termina con las fotos habituales de un banquete o una gran asamblea que luego ya sigue. Parece más honesto actuar como un explorador deseando en su lugar procesos. Es más honesto y proyecta participar en un proceso en curso y alimentarlo aportando energía. Queda la esperanza de que continúe incluso después de nuestra salida del campo de juego.

Cuidar. Un buen criterio de selección para encontrar el territorio en el cual detenerse para participar en un proceso y, al mismo tiempo, asegurar la continuidad después de la salida, es elegir ahí donde uno siente que el suelo es fértil. Si llevamos nosotros las semillas es bueno plantarlas donde alguien las pueda regar, transformando el espacio donde alguien puede cuidar las obras dejadas. Si quieres participar en su transformación con acciones arquitectónicas, debes elegir el lugar basándote en el cuidado que se tiene por las arquitecturas que ahí se producen.

Campo de juego. Con el Otro no hay necesidad de crear expectativas y es bueno no hacerlo. Asimismo, no debe actuarse como experto de sus problemas, sino como una persona que también puede tener problemas. Una buena manera que no generar miedo y que nos hace levantar las manos en un gesto de rendición es proponerse como artista: presentarse como no-funcional, juguetón, definitivamente inútil e inofensivo. Una vez hallado un buen terreno para construir las condiciones para iniciar la actividad creativa: dibujar juntos el campo de juego. Empieza a jugar e invitar al Otro al juego. Elige los personajes, los jugadores, identifica a las personas que tienen el deseo de involucrarse, desafía el prejuicio atávico de los demás habitantes. Dejemos que sean ellos quienes encuentren otros jugadores siguiendo sus relaciones y dejándolos entrar en su plan de diversiones. Las reglas del juego deben ser metodológicamente incomprensibles e indeterminadas. Este paso crea siempre problemas.

Provocar. No es necesario entrar de puntillas en el Otro lugar, ni ser siempre obediente y acrítico con el Otro si queremos producir una interacción creativa. Pero a menudo, si no quieres obtener resultados mediocres y banales, es bueno saber cómo provocar y mover constantemente la posición del Otro así como la nuestra. También se corre el riesgo de provocar alguna lesión menor, pero debe ser tal que no comprometa la confianza y no recibir a cambio heridas más grandes. Pero es bueno ser un poco grosero si queremos que el Otro reaccione quitándose la máscara y comience a jugar con nosotros en un área no protegida. El Otro y lo Otro a menudo se esconden bajo una capa de banalidad. El arte está en saber cómo ir allí atrás.

Movimiento. Mover el punto de vista y las convenciones desde las que se piensan las cosas es, básicamente, las más fructífera de las transformaciones que podemos efectuar. Mover constantemente los deseos y las expectativas, los miedos y los prejuicios. Poner fuera de lugar, mover muros, abrir agujeros, construir puentes para vincular a las personas y lugares que no se comunicaban con anterioridad. Una vez que te das cuenta de que todo se mueve constantemente, incluso las palabras, entonces parece claro que caminar puede ser abordado con la misma mentalidad nómada. Podemos parar en un lugar donde todo va a continuar moviéndose y donde podemos contribuir a sus microdesplazamientos.

Cuerpo. Por último tenemos el conocimiento de tener con nosotros un tiempo y un espacio distintos y en movimiento perpetuo. Ahora bien, es bueno saber que en este nuevo sistema de espacio y tiempo nosotros somos cuerpo. Es como nadar de muerto cuando nos relajamos de espaldas sobre la superficie silenciosa del agua. Ahora, donde antes no podíamos oír nada, percibimos a nuestro alrededor el agua; es una sensación táctil extendida por todo el cuerpo, una sensación acústica que nos hace sentir el aliento de los pulmones resonando en el líquido en el que estamos inmersos. Cierras los ojos y somos un solo cuerpo. Incluso en esta dimensión empezamos a tener la certeza de que todo va a suceder como resultado de nuestro cuerpo. Caminar, fatigarse, sudar, lesionarse en los arbustos, pero tambié mover piedras alineadas y luego inventar herramientas. Construir el espacio que nos rodea como producto exterior de nuestro cuerpo.

One to One. Es el cuerpo a cuerpo con la ciudad. No se puede conocer el espacio sin cruzarlo con nuestro cuerpo; no podemos empezar a transformarlo «in situ» a menos que comience de nuevo desde el cuerpo, desde las relaciones que crea su propia presencia, con los objetos que se pueden utilizar y construir. Detenerse implica un mundo de proximidad en expansión desde el cuerpo hacia el infinito. El mundo se convierte en una obra en construcción permanente de «re-crea-ción» del cuerpo: un lugar de creación, la acción y la transformación común. El paisaje se transforma en acción hombro con hombro, usando el taladro, los clavos y el martillo. Los que construyen su propio espacio perderán el tiempo para cuidarlo.

Saludar. Además de aprender cómo permanecer en la otra parte también es importante saber cómo empezar, ritualizando la salida del campo de juego, saludar al Otro y alejarse con un hasta luego pero nunca un adiós.

Fin. …siempre dejar abierto el final…

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