10 julio, 2017

Star Trek: del territorio a la nave

por Arquine | @arquine

Texto de Fernando Diez publicado en el número 17 de la Revista Arquine, otoño del 2001 | #Arquine20Años

Las disciplinas del arte, del hacer, desde la arquitectura al planeamiento, de la ingeniería vial o hidráulica al diseño de artefactos y máquinas, constituyen un monumental y articulado esfuerzo por transformar el mundo, por adaptar el medio ambiente a nuestras conveniencias o a lo que creemos son nuestras conveniencias. Operamos sobre el ambiente según una visión del mundo, de acuerdo a nociones y creencias. Nuestros conceptos son como un cristal, la ventana por la cual miramos y entendemos el mundo. Hasta no hace mucho, la velocidad con la que el mundo cambiaba era relativamente lenta, al punto que podía parecer completamente estable a una o varias generaciones, pero esa transformación se aceleró a tal punto que se ha abierto una brecha entre nuestros conceptos y el mundo. Por otro lado, el mundo se ha hecho más democrático e intercomunicado y las opiniones y los gustos de las mayorías son más importantes que nunca, siempre auscultadas en sus preferencias por las encuestas de mercadotecnia o las organizaciones políticas. Esto último ha dado una nueva importancia a la opinión de las masas, una opinión estadística pero también organizada por conceptos y creencias comunes que dan forma a una visión dominante plasmada en los símbolos mediático, expresión contemporánea de los mitos modernos. La opinión de la mayoría no e más un mero dato ilustrativo sino que gravita en forma radical sobre las decisiones tanto públicas como privadas, lo cual produce el efecto de desafiar aun más la evolución de los conceptos, desde que ya no es suficiente que una minoría estudiosa e informada pueda reformular sus sistemas de pensamiento y creencias. Para hacer operativo ese cambio es necesario también que la mayoría participe en esa revovación.

El mundo ha cambiado pero no hemos renovado al mismo ritmo los conceptos con que lo descubrimos, lo denominamos y operamos sobre él. En esa situación no sorprende que nuestras acciones y previsiones fracasen, que la ilusión del control sobre nuestro destino y sobre el planeta comiencen a resquebrajarse. Entre los conceptos que requieren urgente revisión está, en primer lugar, el del mundo mismo. Natural y artificial forman un par opuesto en nuestro sistema de coordenadas conceptuales que ya es a todas luces insuficiente para describir la nueva realidad del mundo.

 

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La condición natural

Lo natural aparecía tradicionalmente a nuestro pensamiento como un ámbito extenso, por fuera de nosotros mismos, que nos envuelve, nos contiene y nos regula y a cuyas «leyes» (naturales) todo se somete. Nuestra misión clásica fue comprenderlo antes que modificarlo. En contraposición, lo artificial conforma un universo próximo y controlado, que está enteramente determinado por nuestra voluntad. Convivimos con un concepto nació en un pasado remoto, cuando el territorio aparecía como una continuidad infinita e inconmensurable, como una vastedad respecto a la cual nuestras acciones eran insignificantes, incapaces de torcer su destino más que circunstancialmente. Todavía en el siglo XIX la visión de la naturaleza era la de algo temible y amenazante, expresada elocuentemente en las pinturas de tormenta las marinas, que someten a los navíos a la caprichosa voluntad del viento y el oleaje.

El siglo XX modificó sustancialmente esa visión de la naturaleza como algo ajeno, como lo otro, lo ignorado y lo incontrolable, asumiendo la transformación de la naturaleza a nuestra conveniencia, como un proceso también «natural» de nuestra misión en el mundo. Una visión que incorpora la naturaleza a nuestro mundo diario y el hombre o sus obras a cada rincón del paisaje. Pero lo curiosos de esta visión es que tal transformación no se ve como una mutación o una degradación sino como un perfeccionamiento de la naturaleza. Así, las visiones de comienzos de siglo, de la Ciudad Jardín a la Ville Radieuse, pueden aceptar la regularidad planificada y aun la irregularidad planificada, no como un sustituto sino como directa expresión de la naturaleza misma. La superficie uniforme y plana del lawn o la alineación de la alameda o el bulevar.

En esa visión, el césped, superficie homogénea regularizada por la acción del hombre, puede ser vista como perfecta imagen de naturaleza, cuya regularidad se corresponde a la de los materiales «artificiales» también homogeneizados mediante las técnicas industriales. Todo el proceso de control sobre el mundo que establece la era industria consistirá en gran medida en un proceso de mediación, clasificación y homogeneización. Los materiales serán separados de las «impurezas» —eufemismo que describe aquello inútil a los propósitos del hombre— para constituir substancias homogéneas, superficies regulares y formas «puras»; e la misma manera que los cultivos serán liberados de «malezas», o sea las plantas que el hombre cree inútiles o perjudiciales para sus propósitos. Una visión y un principio de orden comandado por las necesidades de la técnica mecánica.

Si máquina y naturaleza pudieron configurar el para dialéctico de una visión del mundo comandada por el sueño de control sobre nuestro propio destino fue porque nos maravillamos midiendo el poder y la productividad de la máquina, pero no el residuo que produce al mismo tiempo. Inevitablemente ese optimismo se desplomaría a medida que toma´ramos conciencia de sea faceta negativa, a medida que las fuerzas liberadas por la técnica demostraran estar fuera de control. Aun después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, de la doctrina de la Mutua Destrucción Asegurada (conocida por las siglas en inglés MAD: loco), aun despee´s del año 86 en que simultáneamente se producen las explosiones de la nuclear de Chernobyl y la nave espacial Challenger, que representan las hazañas del control del átomo y la técnica espacial, aun despee´s de los desengaños sobre el mágico poder redentor de la máquina, la noción de una naturaleza infinita, benévola y protectora pervive en la creencia general. Todavía preferimos pensar que vivimos en un mundo natural.

Sin embargo, como un golpe a la inocencia y a nuestro sistema de creencias, debemos aceptar que el mundo, el planeta en que vivimos, ya no es natural. Una comprobación para muchos dolorosa, como la de un insoportable y fatal desencanto: que ya ni siquiera vivimos en un mundo parcialmente natural. Hemos llegado al fin de lo natural, al menos en uno de los sentidos que más frecuentemente le damos a esta palabra tan familiar: el de un ámbito, el de un espacio.

 

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La condición cultural

Efectivamente, alguna vez el mundo fue completamente natural, cuando las acciones humanas eran apenas más intensas que las de las culturas animales. Sin embargo, el pensamiento humano pronto devino en propósito y determinación y los procesos conscientes, inteligentes de los hombres comenzaron a grabar permanentemente la superficie de la Tierra con los rasgos de su cultura acumulativa.

La historia humana se caracterizó por producir transformaciones profundas, dominando el fuego, los cultivos y las demás especies animales. Pronto, el paisaje del planeta se vio adornado con regadíos, cultivos aterrazados, pirámides, canales y la Gran Muralla china, visible desde el espacio exterior. Construimos así un mundo natural-cultural. Aunque al principio en mayor proporción natural, fue recientemente signado por la cultura humana, expresada en las obras de su inteligencia y determinación transformadora. Despejar la tierra de piedras y con ellas construir una cerca, sembrar las vides y obtener uvas, es un proceso complejo cuyo resultado no puede llamarse artificial. Si bien las vides son el resultado de una selección milenaria y el viñedo es una construcción humana, todo el conjunto y su producto están ligados también a los procesos de la vida. Se trata de una relación de acomodación al sitio y condición de las fuerzas naturales articulado por la oportunidad que se expresa inigualablemente en el cultivo. La agricultura ejemplifica esta relación a la que se asimila también la transformación del medio, la construcción, la arquitectura. La transformación del suelo en ladrillos, del bosque en viga y techumbre. A esta condición cultural corresponden también la lengua y la ciudad. Como el cultivo, no son solamente el producto de un plan o de una determinación, son más bien una manifestación , el epifenómeno de la vida humana.

Pero la acción del hombre no genera solamente las maravillas que desarrolla como parte de esa construcción cultural y ambiental. También produce residuos involuntarios, los subproductos indeseados que genéricamente denominamos basura. Por largo tiempo estos fueron simplemente neutralizados por el poder de dilución de las enormes vastedades terráqueas. Repentinamente descubrimos que la capacidad de dilución del planeta se ha agotado, que los subproductos indeseados de la actividad humana ya no desaparecen en la inmensidad de océanos y cielos que parecían infinitos sino que reaparecen en la forma dañina de la salificación de los suelos, la contaminación de las aguas o mutaciones repentinas.

Hemos llegado al punto en que los residuos de la actividad humana producen efectos inevitablemente globales. Ya antes el hombre había extinguido especies completas, pero nunca como ahora los residuos de su actividad industrial fueron capaces de afectar los océanos, la atmósfera y el clima del planeta entero. En este sentido, el mundo natural es cosa de un pasado ya casi remoto. Incluso el mundo natural-cultural que le siguió ha dejado de existir. Hasta el último rincón de la Tierra está siendo afectado por la violenta explosión energética que desata nuestra actividad diaria.

 

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El agujero de ozono, la lluvia ácida, el nivel de los océanos, el derretimiento del Polo Norte, el retroceso de las nieves eternas, procesos comprendidos en el llamado cambio climático, pero también la erosión de los suelos o la extensión de las especies más allá de nuestra previsión, todo esto forma parte de un ambiente definitivamente modificado pro el hombre hasta en sus más recónditos rincones.

Sin embargo, esto no quiere decir que tenemos control de ese ambiente, que el estado actual de las cosas es el resultado de nuestro deseo, de nuestro artificio. Todo lo contrario.

Es nuestra falta de control, nuestras emanaciones no programadas lo que ha cambiado más radicalmente la condición del mundo, incluso más que nuestras construcciones cuidadosamente planeadas. Por lo que tampoco se trata de un mundo artificial, en tanto lo artificial es aquello controlado por la voluntad, determinado por el plan del hombre. La noción misma de artificial es la de un poder sobre lo que se hace, de un control al que no escapa ningún ámbito del engendro credo ni de su funcionamiento. Una nueva condición se hace necesaria para describir al mundo: la condición residual.

El mundo natural-cultural ha cedido paso a un mundo cultural-residual. No podríamos hablar de un mundo artificial, pues no es como desearíamos que fuese, pero a la vez es evidente que su estado es el inevitable resultado de nuestra actividad. Su condición cultural obedece mayoritariamente a las transformaciones que el hombre realiza como parte de su voluntad y sus propósitos, mientras que su condición residual, a consecuencia de que están fuera de nuestra voluntad y aun de nuestras previsiones. Al inevitable residuo que acompaña a todas nuestra acciones. La categoría de residuo adquiere así un sentido completamente nuevo, pues estábamos acostumbrados a percibir el residuo como unidades discretas de lo indeseable y lo no clasificado, como montones o bolsones discontinuos que podíamos esconder o confiar a puntos concentrados o, en el extremo opuesto, que podría disolverse en la inmensidad del mundo dispersándose y reintegrándose a lo natural. Pero lo que necesitamos aceptar ahora es una nueva condición residual que no se asimila a una situación puntual, sino a una situación extendida y abarcante, esencialmente difusa, como una condición que embebe hasta el último rincón del mundo, convirtiéndose en la condición misma del mundo.

Lo residual aparece ya no como lo inútil, lo indeseable o el desperdicio sino como toda alteración involuntaria. Empieza a percibirse no ya como un perjuicio a los intereses aparentes o inmediatos del hombre exclusivamente, sino relacionado a la estructura más compleja de la vida, del conjunto de las especies, a conceptos más abstractos como los de biodiversidad o sustentabilidad. Si lo natural ya no puede ser entendido como un ámbito espacial y geográfico, puede en cambio ser entendido como un proceso. Como los procesos inexorables del equilibrio térmico y los procesos químicos que tienden a reequilibrar las partes según los principios generales que tan detalladamente fuimos capaces de descubrir en el campo de la física. Estos son los procesos de compensasión, que tienden a reducir las diferencias, más precisamente llamados entrópicos. Pero también están los procesos que aumentan la complejidad en vez de disminuirla, que aumentan la diferenciación y especialización de las partes, entre ellos la vida misma, un proceso de continuo crecimiento y diferenciación. Pareciera que la palabra «natural» sólo tiene sentido hoy día como la descripción de estos últimos procesos. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Hasta que la ingeniería genética, la biotecnología y las nanomáquinas logren diluir definitivamente la frontera entre nuestra voluntad y la independencia de la vida que todavía podemos llamar «natural»? Ya antes podía cuestionarse si las cruzas y razas animales eran naturales, si las plantas domésticas radicalmente modificadas por una selección milenaria lo eran. ¿Hoy debemos considerar naturales a las plantas manipuladas genéticamente y a los animales clonados? Estas son preguntas que debemos saber responder en los próximos años y para ello es necesario construir un nuevo arsenal conceptual.

 

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Star Trek: un mundo artificial

Por largo tiempo lo natural aparecía como un territorio insondable e infinito, limitado por abismos y peligros indescriptibles, como un confín misterioso que necesitaba ser explorado en un acto que es la aventura misma. Esta noción comenzó a disolverse con la primera circunnavegación e inició en las naciones europeas una vocación irrefrenable por la exploración, el «descubrimiento» y la colonización del mundo. Una vocación por llegar a todos los confines expandiendo la influencia de su conocimiento y sus creencias, lo que ellos mismos consideraron la «civilización.» Esta vocación, aunque pudiera estar signada por la ambición, iba más allá del mero poder territorial o la vocación catequista y se extendió hasta el siglo XX, cuando pro primera vez el hombre llego a la última frontera, el Polo Sur (Amundsen, 1911) y a la última cumbre, el monte Everest (Hillary y Norkay, 1953).

La colonización adquiere en el siglo XIX el carácter de una sacrificada epopeya de simples granjeros, como la «conquista del oeste norteamericano», que es la manifestación de una voluntad expansiva completada con el ferrocarril y el telégrafo, la expulsión del indio y la fundación de escuelas, simétrica a la realizada en la Argentina por la generación de 1880. Una visión expansiva que ve al territorio como una extensión a ser controlada, ocupada, medida, cartografiada y finalmente colonizada y «civilizada» con la cultura normalizada del conocimiento que se cree «universal.» Existe una profunda vocación de control del territorio cuya misión es establecer una unidad de funcionamiento con los núcleos seguros de los centros políticos que son las ciudades. En esta visión, la seguridad y la justicia, la educación y la salud deben extenderse desde la urbe a todo el territorio, estableciendo una homogeneidad cualitativa y completa.

El mismo éxito de este control territorial produce un paisaje cartesiano de sembrados regulares, líneas férreas, canales y lagos artificiales. Esta visión exige una alianza con la naturaleza, en la que ésta es domesticada y sus fuerzas orientadas al beneficio del hombre. Expresión paradigmática de esta actitud es el cultivo, que no es artificio ni naturaleza sino la conducción de las fuerzas naturales. Pero si esta visión dominó todo el siglo XIX y la mayor aparte del XX, una percepción opuesta comienza a desarrollarse desde comienzos del siglo XX. La percepción de la naturaleza como algo esencialmente peligroso comienza a diluirse en una confianza que encarna el barco de vapor. El trasatlántico se convertía en imagen de la máquina capaz de imponer su voluntad al capricho de los vientos. El vapor ya no debería adaptarse a la dirección de los vientos sino que podría navegar en la dirección deseada cuando y como quisiera, incluso contra el viento.

Le Corbusier se encontraría fascinado por el trasatlántico, símbolo paradigmático de la máquina moderna (el trasatlántico de los años 20 y 30) a la vez habitación y vehículo, que encarna el artificio del hombre, el control supremo sobre la forma. Junto con el aeroplano, el trasatlántico contiene una idea más general: la de la nave. En la nave todo es artificial, todo está determinado hasta su última instancia por la voluntad del proyecto, las funciones mecánicas y la tecnología humana. A diferencia del cultivo, la nave prescinde de la naturaleza, le es ajena. Configura un mundo artificial, habitable, capaz de transportarnos a través de la naturaleza, que invita a contemplarla con la displicencia del voyeur, convirtiéndola en paisaje. En esta proposición, el paisaje es algo afuncional, puramente externo, esencialmente estético. Es un recurso pero no un hábitat.

Este principio de la nave que tan bien personifica la situación del crucero visitando costas cuyas bellezas o pobrezas pueden disfrutarse desde la nave misma, se traslada crecientemente a la arquitectura y si los pilotis sirven para «despegar al edificio del suelo» la terraza-jardín sirve de cubierta desde donde contemplar el horizonte del mundo. La Unité d’Habitation simula magníficamente la nave que vaga por una naturaleza casual, equipada en su cubierta media con los servicios, provisiones y amenidades que permiten una autonomía de la ciudad.

La exploración del espacio no sólo aumentó la percepción poética de la nave, sobre todo cambió la percepción de aquello que se contrapone a la nave: el paisaje. El paisaje se amplió pero además se hizo más hostil y aleatorio, siembre ajeno.

Durante todo el siglo XX puede apreciarse un crecimiento sostenido de la preponderancia de la nave en detrimento del territorio. El deseo y el esfuerzo de control se desplaza del territorio a la nave. La nave se convierte en un paradigma poético definido sobre todo por la artificialidad, pero que también redefine al territorio como algo que deja de ser objeto de un deseo expansivo, de una voluntad de control. Comienza el repliegue del territorio, éste es visto como algo pasajero, como un paisaje residual donde pueden abandonarse los desperdicios de la nave que parte en dirección a otros mundos.

Si la serie televisiva Star Trek se ha convertido en objeto de culto para una legión de seguidores o trekkies, es porque encarna de manera insuperable el paradigma de la nave. El navío Enterprise (o el Voyager) es el hogar de sus tripulantes, que recorren distintos mundos para verlos sufrir, perecer o simplemente subsistir, ajenos a la estabilidad artificial de la nave. La nave encarna el sueño de un mundo, pero también se contrapone a la necesidad de mundos inhabitables, hostiles, incluso bellos, pero siempre ajenos, mundos residuales respecto a los intereses de la tripulación del Enterprise.

Esto exige una nueva visión del territorio que privilegia un control mayor sobre un ámbito menor. Prefiere el control absoluto sobre la artificialidad de la nave y por lo tanto se repliega en el territorio. En la arquitectura esto se manifiesta elocuentemente en la construcción de una serie de sitios y edificios que se definen por su autonomía y su aislamiento del territorio inmediato, denominados «enclaves». Puede tratarse de los clubes de campo o de los barrios cerrados protegidos con cercas. Pueden ser los shoppings, los pasajes de compras o los grandes contenedores del entretenimiento o la cultura. Pueden ser los grandes parques temáticos o las grandes torres de viviendas aisladas de su entorno urbano, que se han convertido en modelo de desarrollo residencial en Buenos Aires. Puede ser el «parque de oficinas» suburbano o el «parque industrial». Se trata de un  nuevo repertorio programático de situaciones cada vez más difundidas cuya condición común es la del enclave.

El paradigma de la nave orienta la construcción de enclaves cada vez más autónomos y también de edificios más grandes y más aislados del contexto. También imprime una expresión a la arquitectura y al diseño en general que adopta la metáfora de la nave. Así el edificio se vuelve convexo, totalmente autogenerado, objetual, atectónico, unitario. Como la nave, el edificio pretende atravesar el territorio más que asentarse en él, la nave penetra el espacio, lo abre y lo desplaza, nunca lo configura, con había sido la tradición del urbanismo.

En todos los casos, se trata de un repliegue en el territorio cuyo control se abandona o se debilita a favor de un mayor control sobre la nave-enclave. La seguridad se consigue acorazando el perímetro menor de la nave. El efecto es, inevitablemente, que la condición del territorio es cada vez más residual en detrimento de su condición cultural. Sin embargo, el abandono del territorio y sus instalaciones no es visto como una claudicación sino que se percibe como una pérdida de interés, un interés que se ha desplazado a la nave, a un control más preciso. El interés ha pasado de lo cultural a lo artificial. La nave representa un nuevo sueño de estabilidad y previsibilidad, un sueño que se ha desplazado del territorio a la nave.

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