7 agosto, 2012

Soundtrack de una metrópoli

por Aura García | @aura_antonia

El solo de clarinete con el que abre la Rapsodia en azul de Gershwin devela una de las primeras piezas con fuertes influencias jazzísticas que se han convertido en el soundtrack de la ciudad de Nueva York. La composición fue escrita en tan sólo cinco semanas para Un experimento en música moderna, evento educativo que buscaba  tirar abajo la idea de las limitantes del jazz y que se presentó en el Aeolian Hall de Manhattan.

La relación entre la ciudad y la música de Gershwin no es fortuita, pues él mismo admitiría haberse inspirado en los sonidos metálicos del tren en el que viajaba y en el caos de las ciudades escuchando “música en el corazón del ruido”, poniendo el punto final al decir que la Rapsodia en azul era un caleidoscopio de América. La urbe que cobijó alguna vez en el Carnegie Hall a la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák, con sus raíces de “música negra e india” reconociéndolas como propias, también se adueñó de la composición de Gershwin, convirtiéndola en un referente automático y en la música de fondo para la construcción de símbolos arquitectónicos como el edificio Chrysler, el Empire State o el Puente de Manhattan.

Estas continuas manifestaciones artísticas, así como la acelerada urbanización de la ciudad de Nueva York, ayudaron a la Gran Manzana a posicionarse una vez más como una de las metrópolis llenas de esplendor y cultura; éxito conjunto de inmigrantes y nativos, cuyo ánimo vibrante de los années folles también está presente en otras grandes ciudades como París, Londres, Filadelfia y Chicago, por mencionar algunas. El hombre –y en este caso, el compositor– no está pensando en la naturaleza o en algún motivo lírico, sino en el desarrollo, en la emoción de los salones de fiesta y el humeante bullicio de las calles.

En la cultura popular ya existen elementos que tocan la unión entre Nueva York y la Rapsodia en azul: desde el filme de Allen, Manhattan, pasando por la animación que Disney hizo en Fantasia 2000, hasta repetitivos comerciales de aerolíneas. Cierto es que durante los años veinte la música joven era el jazz –pues de ahí es de donde toma fuerza esta pieza–, Duke Ellington se hacía de fama en el Club Hollywood, mientras que Armstrong comenzaba a tocar con la banda de Fletcher Henderson y estos fueron los legendarios cimientos del género. Pero sin duda alguna, la Rapsodia en azul consigue fusionar todos estos ritmos y sobrepasa su época.

Hay aún más ejemplos que buscan encontrar el delicado punto de unión entre música y arquitectura, desde la abstracta arquitectura digital y su relación con patrones de ritmos hasta su representación real, como el Pabellón Philips de Iannis Xanakis y Le Corbusier, inspirado por una composición musical del arquitecto. Mientras que la verdadera similitud que pudiera existir entre una edificación y un compás quedará para resolver por los académicos y profesionales, al menos todos podemos entender la belleza de las ciudades y la música que éstas han inspirado.

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