19 enero, 2022

Solsticio, La noche más larga, el día más largo

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Hace ya muchos años (más de 30) pude viajar por primera vez a Quito, Ecuador, con mi familia y en la travesía visitar el monumento “La mitad del mundo”, que está a unos kilómetros de la capital ecuatoriana y que representa el punto por donde pasaría la línea imaginaria que divide a nuestro planeta en los hemisferios norte y sur. Ya cursados dos años de arquitectura, y habiendo sido bautizado durante la carrera con el trazo y comprensión de la “gráfica solar”, el manejo de los eventos solares esenciales como el equinoccio de primavera, el solsticio de verano, el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno, era un discurso común a la hora de proponer soluciones proyectuales. Sin embargo, esa visita fue la primera vez en que, a través del juego imaginario y pueril de cruzar con un pequeño salto de un hemisferio a otro, cambiando automáticamente de estación, comenzó a germinar esa semilla que ha alimentado mi introversión hacia la reflexión y significado de los opuestos complementarios.

Nuestro bello planeta con su forma de geoide y sus dos movimientos continuos, el de rotación sobre el eje imaginario norte sur, y el de traslación que le hace orbitar por gravedad alrededor del sol, sumado a la inclinación de 23” 27’ que tiene el eje norte sur ya mencionado, propicia situaciones de opuestos complementarios que, siendo racionalmente obvias, no dejan de inspirar una sensación metafísica que llevada a la vida cotidiana, determina consciente o inconscientemente, los devenires de las numerosas ideologías que hemos construido los grupos sociales humanos.

La luz y la sombra, el día y la noche, pueden narrarse desde una perspectiva astrofísica cuya lógica es irrefutable. Es lo que la cultura racionalista del pensamiento occidental se ha ocupado de hacer al menos durante los últimos 500 años. Pero también pueden narrarse desde una visión místico-poética cuya traducción encantada no contradice, aunque algunos así lo crean, al conocimiento astrofísico, solo cuenta la historia de otra forma.

La danza interminable de luz y sombra es percibida por todos los seres vivos que habitan esta casa que llamamos Tierra los humanos, como decía antes yo, por el juego de movimientos y relación axial comentado un par de párrafos antes. En esa dinámica, en ese baile astronómico continuo, se generan ciertas sensaciones que nuestra especie ha documentado en todos sus procesos culturales, con nombres diversos de acuerdo con cada idiosincrasia. Son sensaciones que tienen un vínculo directo con el ciclo de la vida, que será representada como luz, y el de la muerte que se asocia con la sombra.

Así, estimadas y estimados lectores, según la latitud con respecto al ecuador el la que ustedes se encuentren, el día en que se celebra la noche más larga, es decir el solsticio de invierno en una parte del mundo, en la otra se está celebrando su opuesto complementario, el día más largo en el equinoccio de verano. Mientras que para unos diciembre representa el inicio del invierno, para otros representa el inicio del verano y junio sería el mes inverso. Lo mismo sucederá con la primavera y el otoño: El hemisferio norte estará celebrando la llegada de la primavera en marzo, y ese mismo día, el hemisferio sur celebrará la transición al otoño, teniendo septiembre como el mes inverso. En el caso de la primavera y el otoño, es el punto de balance en que el día y la noche, duran exactamente la misma cantidad de horas para ambos hemisferios, la diferencia será a cuál solsticio se transita.

Si bien, y como ya hemos comentado antes, cualquier cultura en el planeta ha desarrollado calendarios donde estos fenómenos se registran como parte de la comprensión macrocósmica, es la consciencia global, la que nos ha enseñado más hacia la actualidad que hacia el pasado, la simultaneidad planetaria que hoy les comparto. No deja de ser por lo tanto, un ejercicio de severa reflexión autocrítica, que el norte global, por ejemplo, a nivel de mercadotecnia, imponga sus imágenes estacionales a todo el planeta, sin importar lo que suceda en el hemisferio vecino sur y si algunas amistades que habitan por allá se lo toman a chunga y se burlan de la brutalidad norteña, no deja de ser una falta de respeto.

Pero al final, lo que quisiera compartir en imágenes hoy, habiendo finalmente superado el terrible bloqueo creativo que me impidió escribir desde hace ya un mes, son fragmentos del ejercicio fotográfico en que, durante ciertas ocasiones, mi reflexión sobre el espacio se da a partir de la danza entre la luz y la sombra, y el cómo una y otra se alimentan entre sí, para regalarnos en un recuadro, la naturaleza de todo el universo, aprovechando que acabamos de celebrar hace ya tres semanas, ese momento simultáneo donde al mismo tiempo, y en el mismo planeta claro, se genera la noche más larga y el día más largo.

Que la búsqueda de la verdad, múltiple, compleja y compartida, nos ayude a seguir escarbando nuestro camino a la libertad, como dicta el lema jesuita de mi adorada Universidad.

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