8 abril, 2014

Sobre el descrédito de los parquímetros

por Rodrigo Díaz | @pedestre

Los parquímetros no nacen de la iniciativa de un urbanista, ni de un ingeniero, ni de una autoridad ávida de capturar nuevos recursos públicos, sino de la de los miembros de la Cámara de Comercio  de Oklahoma City, quienes a mediados de la década del 30 del siglo pasado vieron que la falta de clientes en sus tiendas se debía en gran parte a las dificultades que estos encontraban para estacionarse cerca de los locales. Espacio sí había en la calle, pero éste se encontraba permanentemente ocupado por los mismos empleados de los comercios, algo que siempre será un mal negocio. El establecer un cobro por el uso de los cajones de estacionamiento de acuerdo al tiempo de utilización ahuyentó a los acaparadores de pavimento, aumentando la rotación de los cajones existentes y con ello la disponibilidad de los mismos para los potenciales clientes. A su vez, esto ayudó a disminuir la congestión vehicular en el barrio, ocasionada en gran medida por conductores desplazándose a baja velocidad en busca de los tan esquivos cajones. Finalmente, y aunque no era lo buscado en un principio, las arcas fiscales encontraron en los parquímetros una fuente —no muy cuantiosa pero sí confiable— de recursos con los cuales financiar el mantenimiento y construcción de obras urbanas.

A lo largo de 80 años los parquímetros han demostrado ser una efectiva herramienta para administrar un bien escaso como es el estacionamiento en la calle, y de paso desincentivar el uso del automóvil, algo que, al menos en el discurso, hoy busca toda ciudad que guste de presentarse como sustentable. A pesar de esto, en la ciudad de México, la Meca de la congestión vehicular, el sólo anuncio de su instalación pone en pie de guerra a gran parte de una ciudadanía que tolera sin mayores problemas cosas harto más escandalosas. ¿Qué explica esta reacción, por qué tanto rechazo a un sistema que es de uso común en cualquier ciudad que se toma en serio el problema de la congestión vehicular y sus nefastos derivados?

Gran parte de los reclamos ciudadanos hace mención a un supuesto derecho humano esencial al estacionamiento. “No autorizo a una empresa extranjera a cobrarme por estacionarme afuera de mi casa ni a los ricos hacerse más ricos a mi costa”, reza un panfleto pegado en un poste de Coyoacán. ¿Acaso al comprar una vivienda o instalar un local también se adquiere la propiedad de la primera franja de calle? En la práctica muchos creen que sí y si un privado se puede adueñar de una banqueta, algo común en la ciudad, también puede apropiarse del cajón de estacionamiento adyacente utilizando una amplia gama de objetos —cubetas rellenas de concreto, cajas, piedras, fierros, sillas, cadenas- demarcadores de un territorio de dudosa propiedad.

Por supuesto que esa no es la única razón. Si los parquímetros enfrentan un amplio rechazo se debe en gran medida a que gran parte de la ciudadanía los percibe más como un impuesto arbitrario que como una medida de administración y ordenamiento del espacio público. Las explicaciones que da la autoridad no ayudan a hacer la diferenciación. En el módulo de consulta instalado en el centro de Coyoacán se reparten unas postales publicitarias que hablan del parquímetro como una máquina milagrosa que resuelve por sí sola los problemas de congestión, contaminación, inseguridad y deterioro del espacio público. No se explica por qué va a ocurrir esto, ni tampoco qué se va a hacer los recursos recaudados, ni a cuánto estos ascenderán, tema más que sensible en sectores como Coyoacán, plagado de denuncias de corrupción de todo tipo.

La experiencia en otras colonias de la ciudad da algo de razón a los vecinos disconformes. Se supone que la llegada de los parquímetros se traduce en un mejoramiento del espacio público, pero esto todavía no se ve en muchas de las accidentadas banquetas de las colonias donde impera el reino de Ecoparq. Se supone que la llegada de los parquímetros significa el fin del estacionamiento informal, pero basta dar un breve recorrido por la Roma y la Condesa para ver que el segundo carril de muchas calles está tomado por servicios de valet parking que siguen actuando con total impunidad. En Polanco, donde el sistema funciona mejor, los choferes y guardaespaldas de ese estado paralelo de políticos, empresarios, gentlemen y ladies siguen estacionando sus gigantescas camionetas en los pasos de cebra, bloqueando las rampas o derechamente arriba de la banqueta (la policía come tacos en la esquina). Sí se sanciona al que no paga, pero no al que estaciona en la más completa ilegalidad, el sistema se desprestigia, cobrando fuerza la imagen de éste como un arbitrario sistema recaudador de impuestos sin beneficio evidente para la ciudadanía.

El problema no es el parquímetro sino la debilidad con que se aplica esa cosa tenue, difusa, que es el estado de derecho en el espacio público en nuestra ciudad y que es parte fundamental para el correcto funcionamiento del sistema. ¿Debe haber parquímetros en Coyoacán? Por supuesto que sí. También en la totalidad de la Condesa, de la Roma, en la del Valle, en la Nápoles y en tantas otras colonias que viven los estragos que se originan cuando el estacionamiento es regulado por la ley del más fuerte. Una política de desincentivo del uso del automóvil parte por cobrar por los costos económicos, sociales y ambientales que éste ocasiona, muy superiores a los ocho pesos por hora. Pero esto debe hacerse de manera informada y transparente. La gente tiene derecho a saber por qué se instalan, a participar del monitoreo de su gestión, a conocer cuánto recauda el sistema y cómo se utilizan estos dineros. A su vez, su instalación debe complementarse con medidas que hagan más amigable el acto de bajarse del coche, como una mejora en las redes de transporte público (miserable en Coyoacán) y la provisión de infraestructura ciclista (el combo parquímetros-bicicleta pública ha demostrado ser bastante virtuoso).

Los parquímetros son una herramienta demasiado valiosa como para desperdiciarla con una implementación incompleta o una operación deficiente. Deben ser parte de una estrategia mayor de movilidad y de recuperación y revitalización del espacio público. Sólo así se podrá explotar al máximo todo su inmenso potencial.

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