23 septiembre, 2015

Sin casa, sin nombre

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El 23 de septiembre de 1920 Joseph Roth publicó un texto en el periódico berlinés Neue Berliner Zeitung titulado Con los sin-casa. El artículo empieza citando una declaración judicial que instruía al “Sr. [Sin Nombre]” a “encontrar él mismo un alojamiento alternativo en cinco días, a falta de lo cual y a pesar de los esfuerzos que hubiera realizado para hacerlo,” sería “castigado por convertirse a sí mismo en una persona sin hogar.

Joseph Roth nació el 2 de septiembre de 1894 en Brody, hoy Ucrania, entonces Galitzia, parte del Imperio Austro-Húngaro, en una familia judía que hablaba alemán. A los 20 años fue a la Primera Guerra como parte de la prensa oficial de la armada imperial. En su libro Las ciudades blancas, que cuenta su viaje por el sur de Francia en los años treinta, exiliado tras la llegada de los nazis al poder, Roth escribió:

Un buen día me hice periodista, desesperado porque ninguna profesión era capaz de colmarme. No pertenecía a la generación de los que abren y cierran la pubertad escribiendo versos. Tampoco formaba parte de la ultimísima generación, esa que recurre al futbol, al esquí y al boxeo para alcanzar la madurez sexual. Sólo podía ir en una modesta bicicleta de piñón fijo y mi talento poético se limitaba a precisas anotaciones en un diario.

Y agrega: “siempre me ha faltado corazón: desde que soy capaz de pensar, pienso sin piedad.” Ilse Josepha Lazaroms dice que cuando Roth regresó del frente, en 1918, se encontró en Viena con escenas de gran pobreza y desorden. También dice que cuando Roth se mudó a Berlín, en 1920, era una ciudad donde la modernización era visible en el paisaje urbano, los nuevos medios de transporte y el crecimiento de la industria y, al mismo tiempo, una ciudad donde “heridos de guerra podían verse pidiendo limosna en las calles, como penoso recuerdo de una catástrofe que muchos querían olvidar.” Roth no. “El «buen observador» —había escrito— es el informador más triste: registra todo cuanto está sujeto a cambios con los ojos bien abiertos, pero rígidos.”  Los sin casa y sin nombre le interesaban. Los sigue a un albergue, un edificio uniformado con el ladrillo rojo de otras instituciones: hospitales, prisiones, escuelas, edificios de correos. Describe el dormitorio: largo y relativamente estrecho; podrías correr adentro si no estorbaran las camas a cada lado como en una barraca, dice. Camas en las que se sientan y descansan los sin casa. Cientos por cuarto. Hombres y mujeres, de todas edades. Enfermos. Sucios. “Sus ropas no sobreviven la desinfección.” Habla con ellos. Con el teniente coronel, refugiado ruso, veterano de la guerra en China, de la guerra en Japón, de la Gran Guerra, que amontona libros y periódicos junto a su cama, que enseña su sombrero de oficial colgado en la pared con orgullo infantil, dice Roth. Por ahí pasan cientos sin nombre sin casa cada noche. Muchos vuelven cada noche. Residentes sin hogar, dice Roth, para quienes “lo provisional o la contingencia se han convertido en su forma de vida y se encuentran ahí en casa, sin casa.

Tras la declaración judicial que encabeza su texto, Roth dice entender el motivo de las revueltas de los sin casa de un par de días antes. Unos años después Le Corbusier escribirá Arquitectura o revolución, pensando que la arquitectura podría resolver un problema, la escasez de vivienda, que desencadenaría otro mayor, la revolución. Roth entiende que la ciudad también era un campo de batalla. En Las ciudades blancas escribe:

Porque estamos en guerra, y lo sabemos; nosotros, expertos en campos de batalla, nos dimos cuenta enseguida de que regresábamos de un pequeño campo de batalla a uno grande.

Roth pensaba que la guerra no había terminado —hoy hay quien le da la razón: no hubo dos grandes guerras sino una que empezó en 14 y terminó en 45, con un par de décadas en medio donde la modernización y la pobreza convivieron. Aunque Roth no vivió para ver completo el segundo acto. Débil y alcohólico, dice Lazaroms, colapsó en el Café Le Tournon de París y murió unos días después, el 27 de mayo de 1939, en un hospital para pobres. La guerra, para algunos, nunca termina. Los sin casa y sin nombre.

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