5 agosto, 2016

Signo y ciudad: ideas para el futuro

por Pablo Martínez Zárate

 

Los signos son señales, indicios de fenómenos de diversa índole operando en el mundo. El signo es una huella, una marca de algo distinto a él, una figura indispensable para la intelección de nuestra experiencia situada. El signo convoca: llama a la luz realidades (materiales o imaginarias) que habitan más allá de lo evidente. El signo auxilia nuestra interpretación del entorno humano, permite la exploración de territorios no visibles y así, el signo puede ser una invitación al descubrimiento.

En su imprescindible historia de las ciudades, Lewis Mumford dedica un capítulo a guiarnos de la promesa de la Megalópolis a la pesadilla de la Necrópolis. Toma a Roma como ejemplo: la grandeza urbana revestida de “signos” del poderío imperial, caminos, acueductos, templos, plazas, foros que son reflejo de una sociedad prominente. Pero este “reflejo”, advierte Mumford, puede convertirse en espejismo. Su argumento es que así como la magnificencia romana alzó templos de dimensiones ciclópeas, también la degradación y la maldad alcanzaron proporciones monstruosas. “Sólo un símbolo puede hacer justicia a los contenidos de dicha vida”, dice Mumford, y ése es el de “una cloaca abierta”.

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Como Roma, todas las ciudades transitan entre los extremos de esta dualidad creación-destrucción. En ambos polos, los signos urbanos abren brecha para el análisis de los valores de la sociedad que anima los entornos citadinos. Buscar los signos de la sociedad contemporánea en las grandes ciudades de nuestro tiempo arroja un diagnóstico poco halagueño, especialmente en zonas urbanas como el Valle de México (aunque parece que, bajo el dominio del capitalismo transnacional, todos los centros urbanos muestran señales de enfermedad).

Mumford advierte que “Roma sigue siendo una lección significativa de qué evitar: su historia presenta una serie de señales clásicas de peligro que advierten sobre cuando la vida se mueve en una dirección equivocada (…) Síntomas del final: magnificaciones de un poder desmoralizado, minimizaciones de la vida. Cuando estos signos se multiplican, la Necrópolis está cerca, aunque ninguna piedra se haya desmoronado todavía.”

A nuestra sociedad le cuesta trabajo entrar en discusiones morales, casi provocan repulsión, pero en tiempos de crisis vale la pena preguntarnos con honestidad cuáles son los signos de salud de la Ciudad de México (u otras ciudades), qué sociedad se esconde detrás de ellos y si podemos o no anticipar el desastre. ¿Monumentos históricos en total abandono, avenidas desgajadas, basura apilada en las calles, inundaciones de dimensiones bíblicas? ¿La normalización de la contingencia ambiental, la corrupción y el cinismo rampante en todos los niveles de la estructura social, ciudadanos incluidos? ¿Qué tipo de sociedad se esconde detrás de las grandes torres donde la vida se compartimenta en pequeñas burbujas impermeables, detrás de la confrontación irreconciliable entre los esqueletos de acero de las grandes torres y los cascarones de tabicón como uno de los tantos rostros de la inequidad y la injusticia?  ¿Qué valores subyacen detrás de los grandes proyectos de privatización del espacio público como artimaña de políticos y empresarios sin ojos ni vergüenza, detrás de la tala desmedida de árboles para la construcción de vías que privilegian el uso del automóvil sobre la condición universal del peatón, detrás de la neurosis colectiva que se contagia como virus entre la población?

Las señales de este sistema voraz revelan las pistas para el futuro. Un futuro incierto, ambivalente. Un dilema entre la supervivencia y la Necrópolis. La historia lo comprueba: las señales no son solamente guiños del pasado y del presente, son sobre todo advertencias de los tiempos por venir. Un individuo dispuesto a arrollar a un ciclista para llegar treinta segundos antes al siguiente alto es un signo innegable de autodestrucción y podredumbre moral; anuncia, ultimadamente, la predominancia de un mundo orientado a la muerte. Con demasiada frecuencia parece que la ciudad contemporánea se inclina a esta “ciudad de la muerte” descrita por Mumford. ¿Hay señales también de desarrollo positivo, creativo? Sin duda: la resolución colectiva de un dilema como el suscitado tras las acciones del Lord Audi, entre tantas otras señales de participación cívica para la resistencia y reinvención de la vida pública, son también señales que pueden apuntar en la dirección de la vida. ¿Será que la tendencia suicida ha tomado control de todos nosotros? ¿Hay antídotos contra esta pulsión de muerte latente en nuestra sociedad? Me gusta creer que sí, y sobre todo, me gusta creer que vale la pena seguir creyendo (y actuando en dirección de la vida).

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